Así es votar en una escuela que suspendió las clases por los tiroteos

Así es votar en una escuela que suspendió las clases por los tiroteos

En la escuela Emaús, ubicada en una barriada del oeste de Godoy Cruz, hay gran tranquilidad en este día de elecciones. Sin embargo esa paz parece ser una tregua en medio de un conflicto que afecta sobre todo a los nenes que -desde los 4 años- asisten cada día al lugar. La democracia, en deuda.

Facundo García

Facundo García

Son las diez de una fresca mañana en el oeste de Godoy Cruz (Mendoza), y la gente hace fila para votar. A un costado de la escuela 1-419 Emaús, varias motos se van estacionando, y algunos perros del barrio pasean por la vereda en busca del un mimo de los electores. No fue una semana tranquila, pero las elecciones se desarrollan con normalidad.

"Anoche mismo tuvimos tiroteo", revela a MDZ un vecino del campo Pappa que -como tantos- pide reserva. Al preguntarle por el origen de las peleas entre bandas, él responde con un rosario de nombres que incluye a jóvenes muertos, a los padres de esos muertos y a los padres de los padres, también enemistados. En medio de la tormenta persiste la escuela, que el miércoles debió suspender las clases porque a pocos metros volaban los plomazos.

En el relato de los vecinos, el mapa del Fachi y su zona de influencia reconoce a por lo menos dos grupos enfrentados, los de la "Yaqui" y los "Colorados". "Hay una curvita que hace la calle donde se cruzan los territorios de las dos bandas. Ahí suelen darse los enfrentamientos", resume el entrevistado.

 

Virus de violencia

Según confirman los docentes, en la escuela Emaús funciona el nivel inicial y la primaria, es decir que van niños desde los 4 años. El martes pasado, a eso de las cuatro y media de la tarde, un enfrentamiento entre grupos narco en las inmediaciones de calles Chuquisaca y Chapadmalal -a dos cuadras del centro educativo- obligó a suspender las clases. 

Aquel hecho terminó con heridos -habría al menos uno de gravedad- y el ambiente se puso denso. "Ese martes, después de los tiros, las mamás empezaron a llegar a la escuela antes de que sonara el timbre, porque se querían llevar a los chicos. Algunas venían llorando", describe una docente de salita de 4.

La fila para votar esta mañana, donde todo se desarrolló con normalidad.

 La maestra se sorprende cada día al comprobar la naturalidad con la que estos chicos de los barrios populares de Mendoza conviven con la violencia urbana hasta el punto de considerarla casi natural: "Se acostumbraron a buscar un lugar seguro cuando escuchan detonaciones. Dos por tres me dicen 'seño, anoche hubo muchos tiros'. Y te lo cuentan como si fuera un cuentito de esos que una les relata...es fuerte, porque una siente que aunque los llenes de amor ellos vuelven a su esquina y tienen que enfrentar eso. El campo Pappa y los alrededores están llenos de gente buena, esto se debería poder solucionar", sigue la maestra.  

Por el tiroteo del martes, los chicos no pudieron ir a la escuela el miércoles. Las autoridades consideraron que no había garantías suficientes para que asistieran a las aulas. "Les mandé a los chicos una tarea por WhatsApp, como hacíamos durante la pandemia", cuenta la maestra entrevistada.

La escuela tiene dibujos para motivar a los chicos, pero hace falta más apoyo.

Desde siempre, ¿hasta cuándo?

Mientras este cronista oye la historia que le cuentan docentes y vecinos, no puede evitar el recuerdo de su propia infancia en la manzana B del barrio El Ruiseñor, durante los noventa. Fue hace 30 años, cuando entre El Ruiseñor y el Campo Pappa mediaba sólo un enorme descampado, con un rancho de barro solitario en el medio y una iglesia evangélica que ocasionalmente armaba una carpa en medio del baldío.

En las noches de verano, aquel chico que ahora escribe estas líneas se acurrucaba en su cucheta porque se oían los plomazos allá afuera. El miedo era que entrara alguna bala perdida por la ventana y le diera a él o a su hermano, que dormía abajo. Entonces uno aprendía a rezar en silencio para no despertar a nadie y para que los plomazos se alejaran del cristal. 

Hoy la zona está más urbanizada, con más asfalto, escuelas, comercios. Pero las balas siguen. Otros chicos se duermen mirando de reojo a la ventana por si la muerte viene por ahí a buscarlos. Es una pesadilla que nunca termina; una nada romántica historia de Montescos y Capuletos a cinco minutos del centro. 

Los policías van llamando a la gente para que ingrese al cuarto oscuro.

"¿Hasta cuándo van a seguir cagándose a tiros?", se pregunta otro de los vecinos que está esperando en la fila en este domingo de elecciones. "A veces creo que hasta que se maten todos".  

Los policías que hacen guardia en la puerta de la escuela van ordenando a la gente que ingrese. El deber cívico llama al muchacho, que se despide y entra a votar. Si en el cuarto oscuro existiera una boleta que dijera "que haya paz en mi barrio", seguramente él, como la señora que le sigue o la parejita que está más atrás, la meterían en la urna sin dudar. 

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