Macri - Pichetto: Mil años de peronismo, más que un movimiento, una cultura

Macri - Pichetto: Mil años de peronismo, más que un movimiento, una cultura

Otras lecturas posibles para el debate sobre la política argentina. La irrupción de un peronista clásicamente cambiante en la fórmula de Cambiemos deja varias ideas latiendo, una de las cuales es que lo que se busca, más que refundar la política, es no perder. Algunas palabras sobre lo que representa el peronismo para la Argentina, sin definir si es bueno o malo, cosa que queda a criterio de cada uno. La opinión de Gabriel Conte, en este caso.

A estas alturas al peronismo ya no solo se lo puede calificar con la definición laxa de "movimiento", sabiendo claramente que no constituye un partido político de formación clásica. El peronismo, con todas sus mutaciones superpuestas cual capas geológicas y no transformado, como algunos pretenden, es al sistema político argentino lo que China a la humanidad: aquel no es un país, sino una cultura que avanza y se va quedando con todo. El peronismo, ídem a lo anterior.

Con la queja sintetizada en la frase remanida y a esta altura, hueca, informe, inconducente de "... 70 años de peronismo..." el macrismo y sus circunstancias no consiguió ser la bisagra histórica de un gobierno "ni peronista ni radical", sino que sucumbió. Cual erupción piroplástica, el "movimiento" arrasó con todos y no solo con la fórmula presidencial. Hay peronismo en todos lados y puede ser el resultado de dos acciones políticas genéricas que resultaron mal:

1- Querer negarlo y eliminarlo como alternativa política, por un lado, y

2- Pretender superarlo con innovación política.

Solamente contuvieron una fuerza geológica a presión que estalló ante el primer movimiento telúrico.

De aquella "misión" de Cambiemos de generar una nueva cultura política, solo se consiguió repartir los restos de la explosión volcánica, pero arde por todas partes con un fuego que es señal de vida.

La fórmula de Mauricio Macri con Miguel Pichetto le da larga vida al peronismo. Si alguna vez se pensó que Macri no sería una nueva configuración de esa cultura política nacida del golpe militar de 1944, ya no queda duda de que es así. El mismo presidente reconoce su incorporación a la vida política de la mano de uno de los líderes temporarios de la fracción, Carlos Menem.

Ahora, con el radicalismo se intenta una vez más, como lo pretendieron Raúl Alfonsín con Antonio Cafiero, organizar el despelote de fuerzas y la dispersión de convicciones en una derecha y una izquierda. 

Actualizado a estos días, el radicalismo plantea, desde las bambalinas de este acuerdo, una Argentina que se pueda prever desde dos bloques: uno republicano y otro populista. 

Pero, ¿a que no adivinamos en manos de quién está el fiel de la balanza para que eso ocurra? Sí, del peronismo.

Y sucederá solo si les conviene para algo que consideran superior a cualquier cosa: controlar el ejercicio pleno del poder.

El marco teórico para estas decisiones son más parecidos a un libreto desesperado que a un gran pacto de gobernabilidad en respeto por la Constitución. Lo que se llamaba "Cambiemos" ahora es "Intentemos no perder porque lo que viene del otro lado sería peor".

Una vez más, la política -como la actividad minera- está necesitando de "licencia social" para que siga siendo "el arte de lo posible" sino una actividad humana confiable y previsible. Que la sorpresa sea que gobiernen en favor del bien común y no las jugadas inexplicables.

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