Puerta de Hierro y Porta Santa Anna
Pueden reconocerse cuatro etapas en la relación de Cristina Fernández de Kirchner con Jorge Bergoglio, el papa Francisco. La primera, cuando el pontífice oficiaba de arzobispo de Buenos Aires y cardenal. La relación allí fue tensa. El Gobierno –con Néstor Kirchner todavía vivo- no toleraba sus críticas e intromisiones. Lo ignoró; lo “castigó” mudando los tedeum de los días patrios a cualquier otro lugar, con tal de no darle “prensa” a sus homilías para nada parabólicas (como lo son hoy sus mensajes como papa).

Un segundo momento se vivió cuando fue elegido por el Colegio Cardenalicio como sucesor del renunciante Benedicto XVI. En un instante, sino la Presidenta, sus más dilectos “hijos”, los militantes y escribas, lo tildaron de un “cura encubridor de la dictadura”. Sería largo hacer un repaso de quiénes lo trataron así, pero son asesores directos de la mandataria. Gente “de su riñón”: son ella.
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La tercera circunstancia fue un clic, minutos después del anuncio de que el jesuita porteño había sido elegido como el “sucesor de Pedro”. Sucedió cuando, en Tecnópolis, ante una multitud de seguidores que en sus cánticos se acordaron hasta de la madre de Bergoglio, les puso un freno directo. Los hizo callar, detener su frenesí tuitero y hasta borrar lo que estaban diciendo de aquel “enemigo del modelo” que, repentinamente, se transformaba en el líder de la iglesia católica y conmovía al mundo con sus gestos de humildad. Fue inteligente y práctica.
El cuarto momento vino más tarde. Una tras otra visita al Vaticano hicieron ver a una Cristina cada vez más sumisa ante el pontífice hasta la última, la del sábado, que se animó a llenarle la cocina de amigotes y de hablarle en forma “canchera”, como lo hacen dos pares.
Este último cambio sufrió una metamorfosis real en el proceso de consolidación de la relación. Las personas más cercanas al papa Francisco aseguran que la Presidenta, en una de sus visitas, se “quebró”. Le adjudican el “milagro” a Bergoglio, a su carisma y a sus dotes de político. Los testigos indican que le tomó una mano con las dos suyas y la miró fijo a los ojos. “Fue suficiente”, dicen algunos colaboradores papales en territorio vaticano.
Hay en el papa Francisco un líder. Dicen que es peronista, pero es a la inversa, ya que el peronismo tiene mucho de lo que representa el complejo entramado de lealtades y traiciones de la curia. Tal vez por ello, gran parte de la dirigencia de cualquiera de los peronismos vigentes en el país crea ver en Bergoglio a un Perón de este tiempo: necesitan que así lo sea; buscan un padre, una referencia, un paraguas contenedor y quieren ser todos –tras el cambio de posición con una voltereta en el aire- sus intérpretes. Se apretujan en la Porta Santa Anna, la entrada lateral derecha del Vaticano, para entrar a visitarlo y estrechar su mano en el minuto contado por reloj que puede durar ese acto.
Durante los años del exilio del general Juan Domingo Perón, sus seguidores (o acólitos, dado que la lealtad más que el convencimiento fue siempre el eje de esa relación) iban y venían con mensajes e interpretaciones de lo que el líder quería para la Argentina y el movimiento.
Sucedió clandestinamente. Reuniones subterráneas entre los que lograban viajar, por ejemplo a Puerta de Hierro, en Madrid, y regresar, servían para ser “esclarecidos”. Esos “apóstoles” trajeron instrucciones que, como el juego del teléfono, fueron cambiando, agrandando o mistificando su versión original, debido a esa concesión casi divina de la que no gozaba el resto de los mortales peronistas: llegar a Perón. Así, el peronismo logró contener a su variopinta y contradictoria composición durante décadas.
Algo similar, aunque no del todo deseado por él, sucede alrededor del papa Francisco, el jesuita Jorge Mario Bergoglio. Aunque mucho se ha analizado en torno a su formación política y su actuación en ese plano, en realidad no hay que comparar al pontífice directamente con Perón, sino al peronismo con la iglesia católica: culto único, lealtad cerrada, contención de sectores extremos y enfrentados, prevalencia mientras más se lo cuestiona, resiliencia eterna.
Lo que sucede es que los peronistas argentinos (y se ha dicho que todos los argentinos lo son, pertenezcan al partido que fuere) sintetizan y han encontrado en el papa Francisco a “su Perón” contemporáneo.
Debería generarse una línea de estudio de lo que implica económicamente el larguísimo besamanos que se constituye en Roma día tras día. Los guardias del Vaticano, cuando alguien llega a su puerta de ingreso, la Porta Santa Anna, preguntan: “¿Argentino?”. Si la respuesta es “sí”, hay una cola, de miles. Si es no, pasan directamente al siguiente punto del trámite.
En esa lista hay mucha gente que siente propio al pontífice, de buena fe. Pero también hay concejales, intendentes, diputados, dirigentes políticos, gobernadores, funcionarios de todo rango y nivel que llegan a “hablar de todo” con él y transmitir su presunto mensaje a quien los escuche. A veces, es un pueblito perdido en el país quien porta la foto con Bergoglio se vuelve, contagiado, en eterno, como el papa en su cargo. Otras, son funcionarios de relevancia nacional y vuelven, tras dos minutos con el jefe de la Iglesia Católica, con 10 horas de programas de radio y TV reinterpretando su mirada, su apretón de manos, su “rece por mí”.
Como si se tratase de un Perón en el exilio, pretenden acapararlos para darle mística a la militancia y justificarse bendecidos para el lugar que ocupan en la política. Y lo hacen todos.
Pero el problema que ve el entorno del papa Francisco es que esa en principio “simpática” horda de argentinos que acude al besamanos se vuelve molesta cuando tienen que salir a desmentir o morigerar el peso de las supuestas palabras que Bergoglio “les encargó” que trajeran a los medios de la Argentina. Y hay un asunto: si Bergoglio es un Perón, lo es en más de 150 países.
Bergoglio en este momento es el segundo argentino que es jefe de Estado, junto con Cristina Fernández y tiene su propia agenda, de otro Estado y sus propios desafíos políticos, en el mundo entero. De hecho, comienza una “conquista” de la parte del globo que ha sido más impermeable al avance del catolicismo, Asia, cumpliendo un viejo anhelo jesuita y un sueño propio que quedó trunco cuando se enfermó de un pulmón y lo perdió, recién ordenado sacerdote, cuando quería misionar en Japón.
“El papa –insisten en su entorno “bueno”, el que lo protege, porque hay, como en el peronismo, de todo tipo- está podrido de que lo interpreten todos los días. Tiene un tremendo trabajo en el Vaticano y temas complejos en todo el mundo y no tiene tiempo ni por qué negociar, por ejemplo, con los fondos buitres, aunque le preocupe el tema, aunque no tanto como que estén degollando católicos en Irak”.
Así, es probable y hasta justificado, entonces, que se siga pensando en Bergoglio como “un Perón”. Pero la dirigencia que lo usa a su gusto, sabiendo lo que le cuesta a un pontífice desmentirlos día tras día, tendrá que empezar a converse que, si lo es, ya tiene a su propio “ejército” militante de 500 mil sacerdotes y religiosas que intentan, todos los días, de hacer lo mismo que ellos en toda la Tierra.


