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La escuela y las palabras

Desmontar una “problemática” implica una operación particular, un ejercicio, un “esfuerzo intelectual” que no está al alcance de todos, por el simple hecho que nadie puede tener una opinión independiente del status quo per se. No se nace con juicio crítico.
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La vulgarización del lenguaje no sucede por casualidad. Las palabras, lejos de constituir un terreno meramente intelectual, significan mucho más de lo que parecen. “Se dicen” de muchas maneras las cosas, se nominan y clasifican situaciones individuales y sociales; circulan las palabras en una economía lingüística. Claro que en este territorio es la escuela la que modela, homogeniza y formatea “las maneras” del habla. 

Si bien la escuela representa una “unidad”, esta, es más bien ilusoria. Intenta neutralizar el origen de clase de sus miembros y mucho más las consecuencias; es decir, el nivel de instrucción que adquieran aquellos en la pirámide educativa (lo que llaman “fracaso escolar”) Esto es, “no todos pueden terminar el ciclo educativo completo desde la primaria hasta la universidad”. El sistema social “necesita” de los expulsados como mano de obra barata o semicalificada. A la vista está, quiénes pueden terminar la secundaria y quiénes la universidad.

Si bien la escuela “integra” bajo un concepto de unidad del lenguaje, también “expulsa” códigos y dialectos clandestinos, lenguas originarias, jergas y argots de resistencia cultural, erigidos bajo cuerda por sujetos subordinados en el orden social. 

Es así que, el niño, adquiere habilidades sociales a partir del habla, en una tensión permanente entre su origen social y cultural, y lo que se le imparte en la escuela. Por tanto la escuela recorta, ordena, demarca, sitúa y delimita el espacio de “los actos del habla”, según los saberes dominantes que habilita un orden social y económico establecido. Nadie va a la escuela a aprender a transformar el orden social; mucho menos a rebelarse contra el mismo. La escuela más bien refuerza (no sin contradicciones a su interior) y reproduce un orden, (el imaginario del dominio) naturalizando las relaciones sociales. En todo caso sensibiliza pero no apunta a “la ruptura” de ese orden.

El sujeto social acumula (desde la infancia) herramientas de conocimiento que permitirán, en el mejor de los casos, un juicio crítico sobre lo establecido, toda vez que aquel se ejercite y reconozca como necesario en el marco de valores que sitúen una problemática particular. Y esto no se aprende desde el vamos ni en la escuela ni en los medios, y en muy pocos casos, en la universidad. Se cultiva con la experiencia y la práctica, sean estas políticas, sociales, culturales o teóricas. 

“Desmontar” una problemática implica una operación particular, un ejercicio, un esfuerzo intelectual que no está al alcance de todos, por el simple hecho que nadie puede tener una opinión independiente del status quo per se (hoy la demagogia democrática y política alientan esta idea) “naturalmente” por efecto de participación.

En fin, si bien en la escuela se intenta enseñar a pensar (eso sí, en el marco de valores de cohesión social) hoy en los medios se enseña a repetir, a reproducir, a imitar, a mimetizarse con el lenguaje y los titulares de las noticias; mucho más que a elevar el juicio crítico sobre aquellas. Porque no existe más que opinión interesada, opiniones de grupos con intereses, diversos y diferentes, que necesitan de la “captura ideológica” para reproducir en las ideas lo que necesitan conservar en el territorio de sus intereses materiales. Hoy, la información excesiva por la competencia de intereses en juego, es vital para la confusión masiva. Es desde allí que se construye ingenuidad democrática. En definitiva, como beodos de información “libre”, se termina en la adicción independiente.