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Opinión

Impunilandia, la tierra prometida

Érase una vez un lugar donde nadie pagaba por sus errores o delitos, ya que la principal producción nacional eran los perejiles.

Cuenta la leyenda que hace mucho mucho tiempo, en una galaxia muy cercana, pasando el infinito y más allá, existió una extraña comarca llamada Impunilandia, o tierra de la impunidad y los impunes, donde se percibía una curiosa inversión de algunos términos socio-jurídicos que eran normalmente aceptados en el resto del cosmos, lo que resultaba en una especie de mundo paralelo respecto a regiones similares y bastante cercanas. Impunilandia era la capital de la República de Garkonia, en el subcontinente conocido como Trastís Mundis, zona de contrastes surrealistas, riquezas que azuzaron las peores ambiciones de los más osados filibusteros de la galaxia, y líderes que confundían gobernar con viajar por el firmamento y pronunciar encendidos discursos en nombre de una democracia que en realidad despreciaban.

En tiempos agitados, bajo el mando de una gobernante elegida muy democráticamente pero que mostraba ciertos modales más propios de alguien surgido por instancias menos prolijas, se registraron algunos episodios en los que quedó palmariamente demostrado (por si hiciera falta, porque antecedentes similares sobraban) que allí sólo pagaban los platos rotos quienes tenían poco y nada que ver con el problema por el que se rompieron esos platos. Es decir, las victimas que quedaron vivas de milagro. O que la justicia tardaba tanto que apenas revestía un carácter reivindicatorio, lejos de sus naturales funciones reparadoras y punitivas, centrando su acción en apresar a algunos “simbólicos” participantes de latrocinios pasados. Porque mientras estuvieran en funciones o poco después, mejor ni intentarlo. 

Por ejemplo, un vetusto ser que también supo ocupar las más altas jerarquías de esa comunidad que no era la del anillo precisamente, terminó condenado por contrabandear desde el Estado ciertos elementos letales rumbo a constelaciones en guerra, pero casi una década y media después de ser acusado. En el ínterin sus esbirros hicieron volar por los aires una ciudad entera, aunque eso no pareció importarle mucho a nadie. Uno de los máximos dignatarios en los tiempos que vieron su gloria también resultó penado, pero quedaron fuera de la resolución una media docena de otros que igualmente debieron conocer los rigores de la ley. Y ambos eran más que octogenarios, por lo cual su estadía en la cárcel sería breve, si es que se registraba, por cuestiones de unos mal entendidos “fueros” y de laxitudes legales diversas. Mucho se dudó, a esas alturas, que hayan sido ellos dos los verdaderos ideólogos inspiradores de la trapisonda y por lo tanto los culpables del desaguisado, porque aún cuando estaban en el cenit del poder no pasaban de ser simples amanuenses de otros seres muy superiores en poderío, que ni remotamente habitaban en la República de Garkonia. Fueron “perejiles” de lujo, pero perejiles al fin.

En la misma semana lunar una adolescente fue brutalmente asesinada (y todos recordaban que su caso era apenas uno más de tantísimos) y luego de especularse con la inseguridad feroz originada en inoperancias gubernamentales, con ciertas consideraciones empresario-políticas que involucraban a su padre biológico y de constatar que nada de eso tenía asidero alguno sino que debía indagarse en su entorno familiar, el único detenido por el sangriento asunto fue el portero del edificio donde la joven vivía, lo que se dice un “perejil” arquetípico hasta que nadie demuestre lo contrario. Lo peor (además del crimen en sí) fue que todos los integrantes de los sistemas comunicacionales se pusieron a jugar a los detectives, y entre medias palabras e insinuaciones enteras presentaban sus hipótesis como si fueran tres cuartas partes de la verdad. La Judicatura actuó rápido para indagar, pero mucho más ligera fue la “justicia mediática”, obnubilada por la trágica muerte de una jovencita de clase media-alta urbanísima, nacida y criada en un distrito famoso por ser una especie de faro de tendencias tilingoformes, por lo cual el asunto tenía mucho más peso que si la occisa fuera una residente de extramuros en provincias remotas. De esas había tantas que ya casi nadie las contaba. Pero eso es otro tema.

Como si fuera poco, ahí nomás cierto extraño artefacto destinado al transporte público, de los conocidos popularmente como “Trenes de mierda”, quiso montarse sobre otro cual un animal en celo, y casi lo consigue. En el intento fenecieron tres miembros de las clases sociales consideradas inferiores en ese planeta, y unos trescientos más sufrieron serias consecuencias físicas y psíquicas. Por muchos días sólo se habló de señales, de frenos, de repuestos y de una curiosa costumbre consistente en pagar a alguien con dinero aparentemente de nadie para que hiciera lo que sería responsabilidad de todos (“Subsidios”, le decían). Si bien era evidente de toda evidencia que la situación obedecía a una larga cadena de miserias y rapiñas viejas, el inculpado por excelencia y a la postre detenido con grilletes y cadenas fue quien conducía el aparato, acusado de impericias que si bien se miran implicarían una pulsión suicida  impropia de alguien juicioso. Otro “perejil” de manual, clamaron todos pero nadie pasó de eso.

No por casualidad, poco más de un año solar antes, en la misma ciudad capital del mismo feudo (conocido también como “La Tierra -de la clase- media”) hubo otro “accidente” parecido pero con un saldo en vidas mucho más grande, que ocupó miríadas de  horas en los sistemas de comunicación social y antisocial, en el cual murió una cincuentena de los mismos desprotegidos. Si bien algunos responsables reales del hecho fueron procesados judicialmente, pocos creyeron que vayan a pasar de ahí por tratarse de gente con alto poder de fuego monetario y enjundiosas relaciones con los que tienen la sartén por el mango y el mango también, al decir de una gran poetiza de esos andurriales cósmicos. El que está aún pagándola es el maquinista de la vetusta nave siniestrada, que por origen y definición no es más que un igual de los muertos y heridos. Pero fue el primero que aunque tenía razón marchó preso, conste. Lo que se dice un “perejil” considerable, que purgará esa condición entregando los mejores años de su vida. Mientras algunos Maestros Jedis de la divulgación se divertían en revolear culpas a izquierda y derecha (entre ellos destacamos a Obi Wan Grondona, Luke SkyBarone y Jaba-El-Lanata) los habitantes rasos de aquella capital planetaria continuaron pereciendo casi sin saber por qué, en una especie de genocidio lento pero ruidoso que unió en la desgracia a varias generaciones de los que no pudieron zafar del barro secular que los tenía apresados. “Perejiles” en acto o en potencia todos ellos.

Cada vez que sucedía algo así, la Suprema Gobernanta lo mencionaba como al pasar, a veces tarde o como una alusión algo perdida en sus copiosos discursos, y estaban quienes ponderaban descomedidamente sus palabras y quienes las condenaban con el peor de los anatemas. Casi nadie las evaluaba en su justa medida, por lo cual para la mitad de la audiencia era como si hablara Lord Voldemort y para la otra como si se tratara de lo dicho por el Gran Mago Gandalff, sin términos medios y para desgracia de los muchos interesados en conocer algo un poco más parecido a la verdad. O sea que nadie sensato le daba mucha vida a esa republiqueta menor con ínfulas de imperio decadente sin haber conocido ningún esplendor. Pero subsistía en los siglos y más allá de los acontecimientos, como si su destino fuera perdurar pese a todo y por más que los astros le jugaran en contra casi todo el tiempo.

No sabemos si George Lucas, Peter Jackson o Steven Spielberg querrán tomar estas informaciones como argumentos para sus films, pero humildemente creemos que tienen sustancia para serlo. O tal vez sea sólo una ilusión nuestra, que quisimos revestir de grandeza fantástica y cinematográfica a lo que no es más que triste manifestación de pobreza espiritual. Como sea, nos volvemos a encontrar la semana que viene... digo.