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Educación

Me cago en la excelencia

Los abanderados de lo excelso son cínicos satisfechos con sí mismos, sin el menor aprecio por lo comunitario.
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Estamos precisamente a treinta años de muchas cosas. Han pasado tres décadas de un año fundamental en nuestras vidas. Para aquellos que envejecimos, volver atrás significa un acontecimiento francamente encantador. Y es que, allá por 1983, vimos drásticamente cambiar nuestras vidas de saludable manera y nos juramos que para siempre. 

Ese año, salimos de uno de los capítulos más oscuros de nuestra existencia. Para aquellos que éramos muy chicos como para tener una determinada trayectoria política o social, atravesar la ominosa dictadura fue algo que se tatuó más en los gestos cotidianos, que en los acontecimientos relevantes para la memoria colectiva.  

Yo era un adolescente por entonces y justamente en 1983 egresaba de una escuela secundaria muy reputada en la que -especies de enciclopedistas castrenses, beatos, conservadores y bien pensantes- nos obligaban a tener el pelo muy corto y el nudo de la corbata muy ajustado, a estudiar cuestiones absurdas como los encantos de las ciudades europeas y las tablas de logaritmos y a marchar como militares en las clases de gimnasia ("¡izquierda, derecha, izquier!", nos gritaba el profe y nosotros, los muy idiotas, marchábamos, como colimbas).

Éramos considerados, tal vez, la mejor institución educativa de Mendoza. Ir a la escuela de comercio "Martín Zapata" era como ser parte de una nave con la nariz orientada hacia el futuro, pero -con los años lo fui comprendiendo aún más- a determinada clase de futuro, a uno que no asumía en lo más mínimo el contexto social y la preocupación por el otro. Los profesores y los directivos, en tanto, nos decían que buscaban la excelencia. Y los más excelentes eran los que memorizaban datos más rápidamente y luego los repetían como loros.  

Ahora, puedo decirlo: me cago en la excelencia. Sí: la excelencia, ese concepto que varios usan para cagarse en todo y salvarse solos y justificar sus decisiones. Y todo en un mismo acto de cinismo.

El argumento preferido de estos tipos fue y es asegurar a los desventurados que, con el debido esfuerzo, todo se logra en la vida. Así, mientras vos te rompés el lomo subiendo eternas escaleras para lograr algo, ellos van por el ascensor hasta el jardín de la azotea, con un diploma que dice que se han doctorado en "Excelencia". 

Sin embargo, aquella educación exclusiva no era todo en la vida, pues, por suerte, también estaba el barrio. Volver a la democracia dejó atrás todo un paisaje de infamia que se trasuntaba en lo cotidiano: no poder escuchar la música que te gustaba por la radio era una de las consecuencias, pero había más. 

Dictadura era ver que un camión celular se llevaba preso a tu padre y sus amigos por jugar en la vereda a las bolitas (¿hay algo más hermoso, genuino y constitutivo de comunidad que un grupo de vecinos jugando a las bolitas?). Lo era ver a policías con palos a la salida de los recitales de rock. Dictadura era no encontrar un puto libro de Henry Miller en las librerías. Lo era atesorar casettes y revistas como si fueran pruebas de homicidios. Lo era escuchar a tu madre aconsejarte que no levantaras paquetes de la calle, porque podrían ser bombas. Lo era terminar presos con tus amigos en cualquier seccional por el sólo hecho de ejercer adolescencia un sábado a la noche. Lo era tener que enterrar tu biblioteca en el patio. Lo era descubrir que los medios de comunicación sabían y saben ser como nadie un camaleón infame. Lo era no saber nada de lo que pasaba, mientras que a tres cuadras de tu casa los milicos se llevaban para siempre hermosos chicos y hermosas chicas que veías en las esquinas y, de pronto, dejabas de ver. 

Y más: atravesar la dictadura fue también transitar una pobreza sin dignidad ni derecho al pataleo. Entre las muchas pestes que generaron los militares y los civiles que los apoyaron, estuvo la de dejar un país aún más empobrecido y groseramente endeudado, con millones de personas pagando la fiesta sangrienta de los privilegiados de siempre. Nosotros, en el barrio, fuimos parte de los que pagaron. 

Todo aquello empezó a cambiar hace treinta años. Recuerdo que una de las primeras experiencias que tuve de los nuevos tiempos fue la de escuchar la canción prohibida "De nada sirve", de Moris, en la radio LV10. Una canción llena de ahogo, vacío y pesimismo fue -paradójicamente- una potente demostración de libertad: "De nada sirve, escaparse de uno mismo", se oía y yo debo entonces haber sonreído. En la calle, los muchachos decían entonces, que "ahora podés usar el pelo largo y la cana no te va a llevar preso". 

Tanto era mi entusiasmo, que, a días de que asumiera Alfonsín, me fui con mis compañeros de secundario en camión a conocer el mar y -con 18 añitos- en el mismo acto decidí quedarme a vivir a Buenos Aires.

Sobreviví en un conventillo de Barracas con un tío al que amaba y era el más grande súper fucking héroe del carpe diem; entrené en Independiente de Avellaneda bajo las órdenes de Pepe Santoro, alucinando con ser el heredero de Bochini con la 10 en la espalda, y supe, más temprano que tarde, de putas, de poesía, de drogas, de la porteñidad al palo, de la inaudita soledad y de rocanrol de los suburbios. 

Unos meses después, estuve de vuelta en casa, gracias a un tren que me devolvió a lo que amaba y empecé a estudiar Letras y a trabajar desde muy temprano y, en cada micro que me tomaba, me devoraba libros de  Whitman, de Oliverio, de Larra, de Bukowsky, de San Juan de la Cruz, de A.P., de Pessoa, Juarroz, Macedonio y el Gordo Soriano... 

A partir de entonces, hace tres décadas, llegarían los tiempos democráticos, tal como lo conocemos y con todas sus maravillas y  miserias (el primaveral alfonsinismo, la explosión del rock nacional, el Punto Final, el infausto menemismo y sus privatizaciones voraces, el periodismo honesto, el uno a uno del dólar, el pueril y cobarde delarruísmo, el helicóptero y los cinco presidentes, los muertos en las calles, la total desazón, el desembarco transformador del kirchernismo, la derecha travestida y, quién sabe, lo que venga después, fruto de nuestras elecciones).  

Jamás, jamás, habré de olvidar la alegría que, por entonces, experimenté cuando Alfonsín asumió como presidente. Ahora, ya en la segunda mitad de mi vida, me digo una vez más -ahora en voz alta- que, si es necesario, mi vida daré para que mi hijo y todos los hijos de esta tierra sigan creciendo en democracia y generosa libertad, éstas que supimos conseguir. Nació hace treinta años, pero se hace necesario alimentarla y cuidarla cada día, porque muchos cabrones siguen ahí, agazapados, esperando la noche. 

En fin, creo que me gusta mi vida. No necesito de mucho y me doy algunos gustitos y tomo mis decisiones. De hecho, tal vez me deje el pelo largo otra vez (estoy viejo, sí, pero aún me crece), tal vez juegue a las bolitas en el barrio, tal vez toque la de Moris en la viola, tal vez vuelva a leer la trilogía de Miller y me tome un vino y tal vez reparta unos besos a los míos. O tal vez agradezca en silencio a tantos que dieron la vida para que nosotros viviéramos lo que vivimos.

O tal vez haga todas estas cosas a la vez. Y vuelva a hacerlas, agradecido.

Ulises Naranjo.