Cagarnos a piñas o contar hasta diez: that is the question
"Nuestro amo juega al esclavo,
de esta tierra que es una herida,
que se abre todos los días,
a pura muerte, a todo gramo...
Violencia... es mentir".
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
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No es la única muestra de violencia de la que podría dar cuenta.
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Hace un par de meses, la tarjeta de crédito que poseo desde hace un año (sólo diré que empieza con “V” y sigue con “isa”) me di cuenta de que me estaba cobrando un seguro que jamás solicité. Me quejé y me dijeron que tenía que pagar ese seguro. Les dije que no iba a pagar algo que no había solicitado consumir. Me dijeron que la única manera de dejar de pagarlo, era pagándolo. Y claro, todo esto es un brevísimo resumen, luego de perder 40 preciosos minutos, yendo de una señorita aparentemente gentil a otra aparentemente gentil. “Si le entiendo perfectamente, pero tiene que pagar e ir a su sucursal a pedir la baja”, me dijeron. Lo mismo me ha pasado decenas de veces en mi vida con otras fucking empresas por naturaleza: las de telefonía. ¿Y a quién no? (ayer vi un video de una mujer que muy enojada, rompía algunas cosas en un negocio de telefonía; ¡cómo la entendí!). En fin estoy harto de la violencia de las empresas, sobre todo, las de tarjetas de crédito y de telefonía. Ah, y de los bancos, de todos los malparidos bancos, también.
No es la segunda única muestra de violencia de la que podría dar cuenta.
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Fui a una tienda de esas específicas de deportes, en las que la zapatilla más barata te cuesta mil mangos. Atendida por su propio dueño en un selecto barrio, cuando por mi nombre se entera de que trabajo en Mdz Online, comienza a despotricar contra el gobierno nacional y el provincial (¡quién sabe por qué!, je); a quejarse de las políticas sociales, del cepo cambiario que le impide hacer lo que él desee con sus dólares y de los derechos humanos que son “sólo para los delincuentes”. Le digo que sus visiones son parciales, cuando no, sesgadas, y que escuche más campanas y que yo no pienso como él. “¿Pero cómo? ¿Vos no trabajás en Mdz?”, pregunta si esperar respuesta, no obstante, le digo que, a veces, los periodistas sacamos conclusiones por nosotros mismos y a veces, no. Cambiamos de tema, mientras me muestra ropa e insólitamente me cuenta de River Plate, de Miami, de sus hijos y de su mujer. Al final, le compro un regalo para un amigo y, luego de envolverlo, me dice: “Si no te lo facturo, te hago un 10% de descuento; ¿hacemos así?” y pone la mano encima de su facturero, casi sin usar. Salgo a la calle alterado, violentado también, pero con mi factura. Otro comerciante cretino, los conozco por miles.
No es la tercera única muestra de violencia de la que podría dar cuenta.
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La otra vez hice una nota cuyo enfoque no gustó a una reluciente profesional, abogada ella, de nuestro medio. Según la señorita, que yo difundiera el caso y el paradero de un linyera (al que venía haciéndole notas desde hace años) serviría para que los políticos sacaran tajada de la situación. Ante semejante absurdo, le dije que quitaría el paradero del hombre y entonces, sin más, me aseguró que haría una demanda judicial. Para peor, después me tuve que fumar al novio, quien insistentemente, vía chat, me invitaba “a hablar”. Le ofrecí el diario, no quiso; le ofrecí la plaza frente al diario, no quiso. Quería "hablar" en un lugar alejado... Me puse a contar hasta cien, sin dejar de considerar que el muchacho, tal vez, actuara por amor y evité el encuentro y esperé una demanda judicial que no llegó. Me sentí, claro, violentado y violento, pero me porté como un caballero inglés (¿de dónde viene esto "caballero inglés"?, ¿acaso los ingleses alguna vez fueron más caballeros que los demás o acaso la caballerosidad no es otra cosa que una forma de impunidad de los poderosos, cuando saben que tienen las de ganar?).
No es la cuarta única muestra de violencia de la que podría dar cuenta.
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Ahí están los que se meten a tu Facebook o a Twitter para hincharte las pelotas. No lo hacen a menudo ni son francamente violentos, porque si lo son los eliminás de tu lista y a otra cosa. Sólo lo hacen cuando consiguen reunir determinadas circunstancias que sirven a lo que ellos, de manera predeterminada y despojada de cualquier tipo de contexto, entienden por ley. Entonces, ahí, agazapados, aguardan para ejercer sus cinismos o sus ironías, porque justo-justo, calza en sus intereses y sólo entonces es cuando opinan. Después, cuando pasan otras cosas, se hacen los zonzos como can que es fornicado por un otro can. Así se definen sus modos de pensar y participar: de a gotas y de vez en cuando; se trata de reflexiones despojadas de pasado y referentes; el objetivo es la sorna y el lugar de ejecución, un muro de Facebook que no es el de ellos. Uno, que ha visto violentado por sus irrupciones, desearía escribirles que se vayan a pasear a la vagina de alguna progenitora, hermana y incluso abuela, pero uno vive de comunicarse. Entonces, uno cuenta hasta diez e intenta ser gentil y de aprender, también de otra mirada, aunque teñida de cinismo.
No es la cuarta única muestra de violencia de la que podría dar cuenta.
El otro día iba a manejando con mi auto y un pelotudo me encerró. Entonces, lo alcancé, lo recontraputié, me le puse delante, lo hice ir despacito mientras lo miraba desafiante por el retrovisor y, al final, lo invité a que se bajara. El tipo, espantado, pero puteándome, se fue como loco. Yo lo violenté y seguramente no es la única muestra de violencia de la que él pudiera dar cuenta.
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Bueno, debo decirlo: a mí me pasa lo mismo que a usted; me siento sólo lo mismo que usted y me altero bastante, lo mismo que usted y lo controlo bastante lo mismo que usted.
También suelo ser el demonio, pero no tanto, bueno, lo mismo que usted. No hay ángeles.
Creo que debería irme un poco mejor, aunque me va muy bien, y no gano lo que quisiera ganar y trabajo más de lo que quisiera trabajar, como usted. No me siento identificado por ningún partido político en particular, ni con ningún músico y hasta perdí el fanatismo futbolero y hace tiempo ya que no me agarro a piñas con nadie, porque aprendí a contar hasta diez.
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Cerrremos así: la violencia como tal es parte del movimiento, pero también la aparentemente pacífica quietud lo es. Vivir también consiste en reposar la respiración, el afán y la mirada. Ganar también es perder. El silencio, a fin de cuentas, es espalda de la palabra. Y viceversa. El silencio y la palabra hacen la música y la poesía. Eso, nada más. Hagamos el amor, calma los nervios, esas violentas caricias.
Ulises Naranjo.








