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Venezuela, el repliegue europeo de Estados Unidos y el regreso descarnado del poder

Lo ocurrido excede largamente a Maduro y al tablero interno del país caribeño. La intervención debe leerse como una señal geopolítica mayor: tras su desgaste en Europa, Washington vuelve a concentrar poder en el hemisferio occidental.

El poder real en Venezuela, está en las fuerzas armadas.. Foto EFE

El poder real en Venezuela, está en las fuerzas armadas.. Foto EFE

EFE

Lo ocurrido en Venezuela no admite lecturas ingenuas ni aisladas. No se trata simplemente de un episodio venezolano ni de una anomalía táctica de la política exterior de los Estados Unidos. Estamos frente a una señal clara de que el mundo cambió de fase y de que Washington decidió actuar en consecuencia. La operación que “decapita” al liderazgo político venezolano debe ser leída como parte de un movimiento estratégico mayor, directamente vinculado a la nueva doctrina de seguridad nacional estadounidense.

Estados Unidos viene de una derrota flagrante en Europa, con una OTAN empantanada y sin capacidad de imponer resultados en Ucrania. Ese dato es central. Lejos de debilitar la voluntad de acción, esa pérdida de poder relativo empuja a Washington a mostrar fuerza donde todavía la tiene. Y ese lugar es el hemisferio occidental. No es casual: como quedó explícito en la doctrina recientemente presentada, la prioridad vuelve a ser clara y brutalmente clásica. América es para los americanos.

En ese marco, Venezuela aparece como un caso testigo. El problema venezolano nunca fue sólo Nicolás Maduro. El régimen, para decirlo sin rodeos, es el resultado de un control político-militar consolidado, con un peso decisivo de las Fuerzas Armadas y un esquema de seguridad e inteligencia proveído y sostenido por Cuba.

Cuba —experta en control, inteligencia y seguridad— fue la que garantizó la supervivencia del sistema, incluso cuando no todas las Fuerzas Armadas venezolanas estaban alineadas con Maduro. Por eso, la pregunta clave hoy no es quién ganó o perdió, sino qué quieren hacer las Fuerzas Armadas venezolanas ahora que Maduro ya no está.

Las opciones son limitadas y costosas. O se abre una transición política real, o se resiste y se profundiza un modelo de aislamiento “a la cubana”: sobrevivir, atrasados y golpeados, durante décadas. Pero ese dilema no se resolverá en la oposición civil ni en figuras electorales. Se resolverá en el interior del aparato militar, que es donde siempre estuvo el poder real.

Aquí aparece otro punto clave de la literalidad que no puede soslayarse: esto no parece una operación acordada. Todo indica que fue una acción directa, que Estados Unidos necesitaba mostrar después de su desgaste europeo. Mostrar que todavía puede operar, que todavía puede entrar, golpear y salir. Y eso, en términos geopolíticos, es un mensaje tanto hacia adentro como hacia afuera.

La señal no es sólo para Venezuela. Es para toda la región. Venezuela había devenido en el nodo central de una red donde Cuba aportaba control político, Rusia y China hacían negocios y proyectaban influencia, e Irán empezaba a acercarse por razones tecnológicas y estratégicas. Al golpear a Maduro, Estados Unidos no sólo golpea a un gobierno: desarma una arquitectura regional de poder extrahemisférico. Cuba y Nicaragua, privadas del sostén venezolano, empiezan a temblar. El objetivo es claro: sacar a China y a Rusia de la influencia decisiva en América Latina.

Este cambio se da, además, en un mundo que deja atrás las restricciones de la Guerra Fría clásica. Ya no estamos en el sistema de excusas, legalismos y equilibrios multilaterales. Volvemos al siglo XIX, al equilibrio de poder, al Balance of Power. Bombardeos selectivos, operaciones quirúrgicas, remociones directas de actores indeseables pasan a ser parte de la normalidad. No es propaganda. Basta mirar el orgullo con el que el propio secretario de Defensa estadounidense enumeró, públicamente, la cantidad de países bombardeados en el último año. Eso, hace décadas, era impensable.

Para América Latina, el mensaje es brutal: sin fuerza, sin poder militar, ya no sos un país. La soberanía formal, escrita en papeles, no alcanza. En el nuevo escenario, la debilidad no genera compasión: genera oportunidades para otros.

Argentina: cuarenta años desarmándose en el peor momento histórico

En la Argentina, este giro global encuentra al país en una situación particularmente delicada. Llevamos cuarenta años desarmando nuestras Fuerzas Armadas y de seguridad. No es una exageración ni una metáfora: las desarmamos. Y lo hicimos mientras el mundo volvía, lenta pero inexorablemente, a una lógica de poder duro.

La contradicción es evidente. Argentina es la octava superficie del mundo. Un país continental, con proyección sobre la Antártida, el Atlántico Sur, la Patagonia, recursos estratégicos y espacios críticos como el acuífero guaraní. Un país así no puede no tener Fuerzas Armadas. Puede elegir no tenerlas, sí, pero entonces debe aceptar la consecuencia: esa superficie se va achicando, las aspiraciones se entregan, una por una.

La idea de que la defensa es un tema “del pasado” o ideológico se vuelve peligrosa en el mundo que emerge. La soberanía no es un certificado jurídico: es una relación de poder. Y hoy el poder se mide en capacidades reales. Por eso, discutir aviones, helicópteros, control aéreo, presencia naval o logística no es militarismo. Es discutir si Argentina quiere seguir siendo un país o empezar a resignarse a ser un territorio administrado en función de intereses ajenos.

El esfuerzo reciente por recomponer mínimamente capacidades va en la dirección correcta, aunque llegue tarde y sea insuficiente. El dilema ya no admite ambigüedades: o se asume el costo de recuperar poder estatal —incluida la defensa— o se acepta, de hecho, que Argentina no está dispuesta a sostener su propia geografía.

En el mundo que se está configurando, la neutralidad débil no protege. Expone. Y la pasividad estratégica no evita conflictos. Los invita.

*Simón Bestani
Politólogo. Presidente Honorario Fundación Contemporánea