La peste como coartada
El nuevo miedo de la inteligencia artificial (IA) no es el que nos venden, y esa confusión no es un accidente.
Las empresas de Inteligencia Artificial más grandes del mundo hicieron un pedido curioso. Instaron a que los gobiernos regulen el ADN sintético. A primera vista parece una confesión de responsabilidad, pero en realidad es una manera elegante de correr la mirada hacia otro lado.
El pedido llega en el momento justo. Después del COVID, todos quedamos más sensibles, más dispuestos a creer que el fin del mundo entra por el aire. Y el miedo que hoy circula tiene forma de película. Una IA ayuda a unos fanáticos a fabricar un virus, y ese microorganismo, más contagioso y más cruel que cualquiera nacido de la naturaleza, nos devora en el desayuno. Es una vieja escena de Schwarzenegger en la que se construye una operación que no tiene relación con la verdad.
Qué es el ADN sintético y por qué ahora quieren regularlo
Conviene empezar por lo concreto, porque casi nadie sabe qué es lo que las empresas piden regular. El ADN sintético es material genético fabricado a pedido. Es decir, una empresa lo imprime como quien imprime una carta, letra por letra, y lo despacha por correo a un laboratorio. Sirve para cosas buenas y necesarias como vacunas, medicinas y herramientas de diagnóstico.
Este servicio existe de manera legal desde hace más de 20 años. Lo que se pide ahora es que las fábricas de ADN revisen a sus clientes y que nadie pueda encargar la receta de un veneno sin que alguien pregunte quién es y para qué lo quiere.
Hasta aquí el gesto parece noble. Los dueños de las máquinas más poderosas levantan la mano y dicen, nuestro invento es peligroso, regúlennos. Puede tratarse de una preocupación sincera y no hace falta suponer mala fe para ver el problema. Aun siendo sincera, la jugada produce un efecto político muy conveniente.
En verdad no señalan a la máquina, sino que apuntan el dedo solamente hacia el ADN fabricado, vendido en otra industria. No piden que se controle el programa que ellos mismos ofrecen. El mago confiesa un peligro y, con la misma mano, corre el control hacia un lugar donde él no está parado. La maniobra le sale gratis y le compra a cambio una imagen muy valiosa, la del guardián preocupado por el futuro de la especie.
El examen que alimentó el miedo a una IA capaz de crear virus
Falta todavía desarmar el corazón del miedo. Dicen que la IA ya supera a los virólogos con doctorado, y la frase es cierta pero engañosa. Este enunciado nació de un simple examen en el que a los expertos humanos y a las máquinas les hicieron preguntas difíciles sobre problemas de laboratorio, con varias respuestas para elegir.
Los virólogos, en su propia especialidad, acertaron apenas 22 de cada 100 preguntas. No acertaron poco porque sepan poco sino porque el examen estaba armado con preguntas de una dificultad extrema, pensadas para hacer tropezar al experto. La mejor máquina acertó 44, por lo tanto, superar a alguien que reprueba el examen no es dominar el oficio: es sólo aplazar un poco menos que él. Y ese examen medía respuestas en una pantalla, jamás la destreza de crear un virus en un laboratorio.
Entre saber y hacer se abre un abismo que ningún afiche muestra. La biología se resiste con terquedad porque un patógeno no es un archivo de computadora: es un ser vivo que hay que criar, alimentar, estabilizar y esparcir sin morir en el intento. Existe un conocimiento que no figura en ningún manual, está en las manos y en mil fracasos silenciosos del laboratorio. Tener la secuencia de un virus no es tener el microorganismo ni soltarlo sobre una multitud. La receta escrita nunca fue la comida servida.
Hay además un dato que casi no se cuenta: el ADN sintético se vende en el mundo desde hace más de dos décadas y, en todo ese tiempo, no existió un solo caso de uso malicioso públicamente documentado. El peligro es real como posibilidad y es rarísimo como hecho.
No conviene mentir en el sentido contrario. El riesgo existe de verdad en el mundo y la tendencia inquieta, y con razones válidas. Pero una cosa es una preocupación seria y otra muy distinta es una profecía de terror. El miedo actual además pide prestada su fuerza a una herida vieja. Muchos todavía sospechan que el COVID escapó de un laboratorio, aunque nadie lo probó del todo y tampoco lo descartó completamente. La sospecha igual alcanza para encender la imagen del laboratorio culpable justo antes de anunciar el próximo desastre.
Mientras todos miran el virus del futuro, el empleo cambia en silencio
Y aquí aparece el verdadero contraste del asunto. Cada vez que una empresa habla del virus del futuro, no habla del empleado que dejó de contratar este mes. El primer miedo pertenece al terreno de las posibilidades. El segundo pertenece al terreno de las estadísticas.
Porque mientras la multitud entera mira al monstruo exótico, la transformación verdadera avanza sin testigos. La IA no necesita la creación de una peste para cambiar el mundo, porque en silencio quita trabajo a las personas.
En la India y en Pakistán se observa el primer laboratorio de ese fenómeno. Oficinas enteras se vacían y oficios desaparecen sin ruido y sin sangre. Eso no es una hipótesis de película porque sucede hoy, se puede medir y alcanza a millones. Sin embargo, nadie legisla el desempleo que ya golpea la puerta. Entre tanto, el mago señala el virus para que la gente no mire el escritorio vacío.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.