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Esperado por todos: el telescopio espacial James Webb llegó al "Ojo de Sauron" y esto mostró

El telescopio espacial James Webb retrató la Nebulosa de la Hélice y reveló detalles clave del "último suspiro" de una estrella como la nuestra, el sol.

El telescopio espacial James Webb captó la Nebulosa de la Hélice, el popular “Ojo de Sauron”, con un nivel de detalle inédito.

El telescopio espacial James Webb captó la Nebulosa de la Hélice, el popular “Ojo de Sauron”, con un nivel de detalle inédito.

ESO/VISTA/J. Emerson. Acknowledgment: Cambridge Astronomical Survey Unit

El telescopio espacial James Webb volvió a dar una de esas imágenes que detienen el scroll. Esta vez apuntó a la Nebulosa de la Hélice, un objeto tan llamativo que, por su forma de gran ojo, muchos aficionados la apodan en broma el “Ojo de Sauron”.

Lo que se ve no es solo belleza: también es una pista directa sobre el destino final del Sol y del Sistema Solar.

La Hélice es una nebulosa planetaria, una etapa breve —en términos astronómicos— que ocurre cuando una estrella similar al Sol agota su combustible. Cuando el hidrógeno se termina, la estrella deja atrás la "vida estable" de la secuencia principal, se hincha, se vuelve una gigante roja y empieza a desprender sus capas externas. Con el tiempo, el núcleo que queda ilumina e ioniza ese gas expulsado y aparece el espectáculo: un anillo brillante que se expande en el espacio.

Según los datos conocidos de este objeto, la Nebulosa de la Hélice está a unos 650 años luz de la Tierra y se ubica en la constelación de Acuario. Es, además, una de las nebulosas planetarias brillantes más cercanas, lo que explica por qué se transformó en un clásico para astrónomos amateur y fotógrafos del cielo.

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La fotografía del telescopio espacial James Webb sorprende con su nivel de detalle.

La fotografía del telescopio espacial James Webb sorprende con su nivel de detalle.

Del retrato de Hubble al zoom del telescopio espacial James Webb

La Hélice ya era famosa por una imagen icónica tomada por el Hubble, lograda gracias a una campaña observacional planificada por un equipo de astrónomos voluntarios. Pero el telescopio espacial James Webb llevó esa postal a otro nivel: en vez de quedarse con la vista general, empuja la mirada hacia adentro y deja ver estructuras que antes aparecían más difusas.

Dentro del gas que la estrella fue soltando no todo se mueve igual. La luz y las partículas que salen del centro empujan el material hacia afuera, pero quedan zonas más densas que resisten ese empuje. En las imágenes se ven como puntos brillantes con una estela, parecidos a pequeños cometas de gas y polvo.

Los astrónomos creen que este tipo de estructuras es común en nebulosas planetarias, aunque solo se distinguen con claridad en las más cercanas. En la Hélice, se estima que hay alrededor de 40.000 de estos nudos, y lo más sorprendente es su escala: cada uno podría abarcar más espacio que todo nuestro Sistema Solar si se mide hasta la órbita de Plutón.

telescopio espacial james webb
El telescopio espacial James Webb, en datos: cuándo se lanzó, dónde está y qué tipo de descubrimientos permite observar en el universo.

El telescopio espacial James Webb, en datos: cuándo se lanzó, dónde está y qué tipo de descubrimientos permite observar en el universo.

Las nebulosas planetarias no son para siempre. La Hélice tiene, aproximadamente, entre 10.000 y 12.000 años, lo que ya la vuelve relativamente “vieja” dentro de esta etapa. Su estrella progenitora habría empezado a expulsar sus capas externas hace entre 15.000 y 20.000 años. A partir de ahora, lo esperable es que siga expandiéndose: el gas se irá adelgazando, la fuente de radiación se irá debilitando y la nebulosa se volverá cada vez más tenue.

En un lapso que podría rondar los 50.000 años desde su formación, el material terminará dispersándose por completo y pasará a integrar el medio interestelar. Esa es la idea central que conecta la imagen con nuestra historia: el final del Sol también incluirá la expansión a gigante roja, la pérdida de sus capas externas y el encendido de ese gas por un remanente que quedará como enana blanca, una especie de brasa estelar que se enfría lentamente durante miles de millones de años.

Y hay un último detalle que vuelve todo todavía más fascinante: ese gas no se "pierde". Es materia que se reparte por el cosmos y puede participar en nuevas generaciones de estrellas. En algún futuro lejano, parte de ese material podría terminar en planetas nuevos. Tal vez incluso en alguno rocoso, con agua líquida. En astronomía, la despedida de una estrella también es, muchas veces, el comienzo de otra historia.