El día después del Ayatollah Khamenei: ¿qué pasa en Medio Oriente y qué podemos esperar?
Un repaso histórico de las raíces profundas del conflicto en Medio Oriente, que permite analizar las posibles repercusiones futuras que se contemplan.
Al Khamenei, ex líder supremo de Irán, muerto en el conflicto de Medio Oriente.
EFESon innumerables los análisis que intentan explicar las consecuencias de los sucesivos conflictos en Medio Oriente. Cada nuevo episodio genera debates sobre energía, seguridad, terrorismo o equilibrios de poder. Sin embargo, mucho menos conocido, y a veces simplificado en exceso, es el origen milenario de las tensiones que atraviesan la región.
Por eso, más que sumarse al ruido inmediato de la coyuntura, lo que se propone en esta nota es hacer un brevísimo repaso histórico que permita entender las raíces profundas del conflicto y, a partir de allí, analizar las posibles repercusiones que los acontecimientos recientes pueden traer para la región y para el mundo.
La muerte de Ali Khamenei no es un episodio más en la historia turbulenta de Medio Oriente. Es un punto de inflexión. Durante más de tres décadas fue el centro del poder iraní y el arquitecto de su proyección regional. Su asesinato no implica automáticamente el fin del régimen, pero sí abre una etapa de enorme incertidumbre con Estados Unidos, Israel, Europa y el mismo Irán como protagonistas.
Para entender lo que está en juego, hay que recordar algo básico: el mundo musulmán está dividido desde el siglo VII entre sunitas y chiitas. No es sólo una diferencia religiosa; es una disputa histórica por liderazgo y legitimidad. Los sunitas, mayoría en el islam, dominan países como Arabia Saudita, Qatar o Bahréin. Los chiitas tienen su principal bastión en Irán.
Pero la diferencia actual no es teológica sino política. Varias monarquías sunitas del Golfo optaron en las últimas décadas por un alineamiento pragmático con Occidente. Albergan bases militares estadounidenses, mantienen vínculos estratégicos con Europa y, en algunos casos, avanzaron en procesos de acercamiento con Israel. Irán, en cambio, construyó su identidad política en oposición frontal a ese orden.
La Revolución Islámica de 1979 no creó el vínculo de Irán con el chiismo, que es histórico, pero sí lo convirtió en el eje de un nuevo régimen. Derrocó al Sha e instauró una teocracia autoritaria y sanguinaria que asumió como misión proyectar su modelo al resto de Medio Oriente, con un objetivo claro; eliminar la existencia del “ilegítimo” Estado de Israel. Desde entonces, Teherán financió y respaldó actores aliados en la región. Hezbollah en el Líbano fue el ejemplo más exitoso. Más tarde, el apoyo a Hamas y la influencia en Siria e Irak ampliaron el llamado “eje de resistencia”. Más importante aún, llevó adelante planes secretos de enriquecimiento de uranio para la producción de armamento nuclear, violando tratados internacionales.
Israel, desde su creación, luchó para asegurar su subsistencia. Sin embargo, el ataque de 2023 marcó un punto de quiebre. La respuesta israelí, con respaldo estratégico de Estados Unidos, comenzó a escalar contra estructuras vinculadas a Irán, desmantelación de su programa nuclear y eliminación de la cúpula política y militar. La muerte de Khamenei es la culminación de esa dinámica.
Las consecuencias de su muerte fueron numerosas y bilaterales. Los países sunitas pagaron el costo de su alineamiento con Occidente. Ataques con drones y misiles impactaron sobre consulados y bases militares estadounidenses, refinerías y población civil.
Pero la decisión más delicada de la cúpula de poder iraní fue otra: el cierre del Estrecho de Ormuz, por donde circula una parte sustancial del petróleo mundial. Interrumpir ese flujo, provocando el aumento del valor del barril de petróleo, no es sólo un mensaje político, sino que puede poner en jaque a las potencias y a la estabilidad geopolítica mundial.
China, principal importador de crudo iraní, enfrenta un escenario complejo si aumentan los bajísimos costos de producción que lo vuelven competitivo en el mercado global. Si la situación no se normaliza a su favor, el gigante asiático se verá casi obligado a entrar a una guerra de la que no forma parte.
Ahora bien, en cuanto a las repercusiones internas del país persa, sería ingenuo pensar que la caída de un líder autocrático conduciría automáticamente a la democracia. La experiencia en Irak tras Saddam Hussein, en Libia después de Gaddafi o incluso el frágil equilibrio del Líbano muestra que derribar un régimen sin una transición planificada puede generar algo peor: anomia, fragmentación y violencia prolongada.
La incógnita no es simplemente quién lo reemplazará, si bien es cierto que la prensa iraní nombra a su hijo como sucesor. La verdadera pregunta es qué tipo de orden emergerá si el equilibrio interno iraní se altera en profundidad.
Porque en el Medio Oriente el vacío rara vez trae estabilidad. Y cuando religión, petróleo y potencias globales se combinan, el tablero deja de ser regional y se convierte en mundial.