El águila que nunca voló: el dron ignorado de Estados Unidos en los setenta
La historia del fallido dron del programa Aquila expone un patrón en defensa que hoy resurge en el desarrollo de camuflaje térmico militar propio.
El programa Aquila terminó en nada y ahora, más de cinco décadas después, Estados Unidos apela za la tecnología de este dron.
Serge Yatunin / Shutterstock.comEn los años setenta, el Ejército de los Estados Unidos necesitaba un pequeño dron capaz de localizar blancos enemigos y guiar a la artillería con precisión. Israel enfrentaba el mismo problema, sin embargo estos países lo resolvieron de maneras distintas, y esa diferencia explica algo que ocurre hoy.
Israel encargó el desarrollo a una empresa pequeña, con presupuesto ajustado y la consigna que funcione. Para 1978, los comandantes israelíes tenían drones operando en el campo. El costo total de desarrollo fue inferior al medio millón de dólares.
El Pentágono tomó otro camino y adjudicó el contrato a Lockheed en 1979, acumuló requerimientos que se contradecían entre sí, trasladó equipos técnicos entre ciudades destruyendo la continuidad del proyecto, y agregó funciones hasta que el aparato resultante era demasiado complejo para funcionar de manera confiable.
El programa se llamaba Aquila, del latín “águila”. En los ensayos finales, el Aquila cumplió sus objetivos de misión en apenas 7 de 105 vuelos. Por lo tanto, fue cancelado en 1987, dejando un costo total de aproximadamente mil millones de dólares. Con cero drones operacionales entregados.
Un analista de la época lo resumió con precisión quirúrgica: Israel no tenía el presupuesto para construir mal su armamento y Estados Unidos sí tenía ese presupuesto, y lo usó exactamente para eso.
Pasaron cuatro décadas y el Cuerpo de Infantería de Marina anunció que busca proveedores para desarrollar un manto de camuflaje térmico que haga invisibles a sus combatientes ante los sensores infrarrojos de los drones enemigos. La lógica táctica es impecable, ya que en la guerra en Ucrania se demostró que un soldado detectable por sensor térmico es un soldado en peligro de muerte. La invisibilidad térmica dejó de ser una ventaja para convertirse en un requisito básico de supervivencia.
El problema, nuevamente, no es la lógica sino el método. Los Royal Marines británicos ya utilizan en operaciones reales el manto Barracuda, fabricado por la empresa sueca Saab. El sistema existe, está probado en campo y está disponible. La decisión racional sería evaluarlo, negociar su adquisición o una licencia de fabricación, y tenerlo en manos de los Marines estadounidenses en el menor tiempo posible. En cambio, el programa prevé desarrollar una versión propia, con entregas que se extenderán hasta 2030.
Hay además un riesgo técnico que no debería ignorarse. Los rusos en Ucrania intentaron algo similar con mantos de fabricación barata. En varios casos, el resultado fue el opuesto al buscado porque el manto convertía al portador en un punto frío sobre un fondo más cálido, haciéndolo más visible, no menos. Una solución mal ejecutada puede ser más peligrosa que ninguna solución. Ese margen entre un manto que salva vidas y uno que no, se alcanza con experiencia de campo acumulada, no el desarrollo doméstico desde cero.
El Aquila no fue una anomalía, sino el resultado predecible de un sistema de adquisición que recompensa el desarrollo propio sobre la solución eficaz, y expande requerimientos hasta que ningún diseño satisface a todos. Sucede cuando se mide el éxito en contratos firmados, no en equipos que funcionan. Cuatro décadas después, esa estructura de incentivos sigue intacta.
La pregunta que el programa del manto térmico debería responder antes de avanzar es la misma que nadie le hizo al Aquila en 1979: ¿por qué fabricar lo que ya existe?
Las cosas como son.
*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
