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Donald Trump acelera un realineamiento regional tras Sharm el-Sheikh: Argentina, China y la disputa global

Tras Sharm el-Sheikh, Estados Unidos busca reducir la influencia china en América Latina y usa a la Argentina de Milei como efecto demostración.

Donald Trump con el tratado de paz de Sharm el-Shiekh.

Donald Trump con el tratado de paz de Sharm el-Shiekh.

EFE

“Israel y Hamás no estaban preparados para un acuerdo de paz global”, dijo días atrás el jeque Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, primer ministro de Catar. Fue en una entrevista con The New York Times en la que habló de la presión clave de Donald Trump para que el entendimiento se concretara lo antes posible. El presidente estaba apurado.

La razón es clara: Trump cree que el conflicto en Medio Oriente es una distracción de lo verdaderamente importante: el juego de poder global que lo enfrenta a las otras grandes potencias. En rigor, a la única que le preocupa realmente: China.

De ese apuro se derivan las grietas que se están viendo en lo acordado el lunes en Sharm el-Sheikh. Y de ahí surge también la decisión de mantener, a pesar de los problemas de agenda, la reunión con Javier Milei en la Casa Blanca. Para enfrentar a China, Estados Unidos tiene que empezar por revertir su influencia en el barrio. La Argentina de Milei se presenta entonces como caso testigo de un alineamiento que Washington quiere convertir en un efecto dominó en la región.

Al mismo tiempo, Trump abrió un nuevo canal con Vladímir Putin. Hubo una inesperada llamada que terminó con el compromiso de una segunda cumbre entre ambos, que se celebrará —tal vez en dos semanas— en Budapest, con el primer ministro Viktor Orbán como anfitrión. ¿Putin querrá negociar de verdad esta vez o solo busca ganar tiempo, como las veces anteriores? Trump está dispuesto a darle otra oportunidad porque sabe que para contrarrestar a China no alcanza con correrla de América: tanto o más importante es romper su alianza con Rusia.

La entente de Donald Trump con los líderes del mundo islámico

Donald Trump firmó el acuerdo de paz en Medio Oriente junto a tres líderes del mundo islámico que, en pie de casi igualdad, oficiaron de mediadores clave para que Israel y el grupo terrorista Hamás pactaran el final de la guerra. Fue un acuerdo para que termine: una novedad después de dos años devastadores, sobre todo por cómo empezó, con la mayor masacre sufrida por el pueblo judío desde la Shoá.

¿Quiénes eran los otros líderes que firmaron allí? Primero, el anfitrión: Egipto, representado por el general Abdel Fattah al-Sisi, dictador que gobierna desde hace años en la tradición de regímenes egipcios próximos a Estados Unidos y con una política de combate firme al islamismo radical. Egipto es una dictadura laica y mantiene una relación estratégica con Israel que se remonta a casi 50 años: fue el primer país árabe en normalizar vínculos tras dos décadas de guerra. Allí fue decisivo Jimmy Carter: un presidente fallido en otros planos, pero uno de los grandes artífices de la paz entre Egipto e Israel, un paso clave para la legitimación de Israel en la región. Nadie imaginaba entonces que el siguiente presidente estadounidense en condiciones de influir positivamente en Medio Oriente sería un emprendedor inmobiliario que recién se abría paso en Nueva York.

El segundo actor relevante fue Catar, principal sponsor de Hamás, además de la República Islámica de Irán. Un emirato pequeño, con una política a dos puntas y recursos extraordinarios por sus reservas de gas, que le dan incidencia global: aliado de grupos islamistas y, al mismo tiempo, con una alianza estrecha con Occidente, en particular con Estados Unidos, al que le ofrece la mayor base militar en la región. Convencer al emir Al Thani de presionar a Hamás —a cambio de beneficios como un acuerdo de seguridad por el cual Estados Unidos se compromete a defender a Catar— fue clave para sentarlo en la mesa.

La cuarta pata fue Turquía, representada por Recep Tayyip Erdogan. Tras décadas de alineamiento con Occidente, Ankara gana influencia desde una reconversión interna hacia un régimen cada vez más autoritario e islamista. En el plano externo juega un papel similar al de Catar: vínculos estrechos con movimientos islamistas y con dirigentes de Hamás —a quienes elogió y recibió tras la masacre del 7 de octubre—, pero sin romper puentes con Estados Unidos. Ese rol de pivote, compartido con Catar, resultó central para rubricar el acuerdo, con el respaldo de los principales líderes del mundo islámico. La única ausencia relevante fue Irán, hoy más aislado y debilitado que nunca: un paria dentro del propio mundo musulmán a nivel estatal, un resultado interesante para la región y para el mundo.

Detrás, estuvieron también líderes europeos invitados, a los que Trump dedicó ironías. En especial Emmanuel Macron, pionero en impulsar el reconocimiento del Estado palestino a contramano de los esfuerzos de negociación de Washington.

Una paz incierta en Gaza: liberaciones, cuerpos y un desarme que no llega

El acuerdo del lunes trajo un impacto inmediato: la liberación de 20 rehenes vivos tras 738 días de cautiverio —entre ellos, tres argentinos: Ariel y David Cunio, y Eitan Horn—. Donald Trump lo presentó como la “resolución” del conflicto palestino-israelí después de 3000 años, con su grandilocuencia habitual. Pero, transcurridos los primeros días, la imagen de una paz absoluta empezó a desdibujarse. La clave es Hamás: se había comprometido a desarmarse en la fase 2 del acuerdo, condición para consolidar el cese del fuego. Eso no ocurrió. Al contrario, dio señales de reafirmar su control en la Franja.

Durante el repliegue de las Fuerzas de Defensa de Israel, células de Hamás patrullaron las calles y cazaron a palestinos señalados como colaboradores, además de miembros de clanes rivales que venían tanteando un Gaza post-Hamás. Hubo ejecuciones y torturas públicas. El contraste con buena parte del activismo de derechos humanos occidental —muy vocal ante muertes por bombardeos israelíes, hoy callado frente a crímenes contra palestinos cometidos por Hamás— revela que para esos sectores el problema nunca fue la muerte de niños gazatíes, sino el Estado de Israel en sí mismo.

A la par, surgió otro incumplimiento: los cuerpos de 28 rehenes asesinados debían ser devueltos. El miércoles, Hamás informó que ya entregó todos los que podía: en total, nueve desde el inicio del proceso. Quedan 19 en zonas que los terroristas juran inaccesibles, como túneles colapsados o áreas devastadas. Las familias piden al Gobierno israelí que reanude la ofensiva. Benjamín Netanyahu advirtió que, si esto sigue, habrá que dar por terminado el alto el fuego.

Los mediadores intentan sostener el andamiaje: Egipto y Turquía se ofrecieron a enviar equipos y expertos para localizar restos; Estados Unidos primero concedió el beneficio de la duda y luego endureció el mensaje. “Si Hamás sigue matando gente en Gaza —lo cual no era parte del acuerdo—, iremos nosotros a matarlos”, publicó Trump el jueves. La frase expone la fragilidad del entendimiento: hay un antes y un después tras la firma de Sharm el-Sheikh, pero estamos lejos de que esa firma signifique el fin del conflicto.

De Sharm el-Sheikh a Buenos Aires sin escalas

Aunque la Argentina ocupa un lugar pequeño en el mapa mental de Trump —quedó claro en la reunión con Milei—, decidió no cancelarla: la demoró, pero menos de 24 horas después de la firma en Egipto lo recibió en la Casa Blanca y dedicó más de dos horas a la delegación argentina, con todo su círculo de poder en la mesa. La señal fue geopolítica y la expresó con claridad Scott Bessent, secretario del Tesoro, junto a Marco Rubio, secretario de Estado: el alineamiento argentino debe ser caso testigo en la región.

La lógica, según Bessent, es construir puentes económicos con aliados hoy —a través de swaps y respaldo financiero— para evitar mañana tener que hundir narcolanchas como en Venezuela. El objetivo es reducir la influencia china y ordenar la región como parte del realineamiento global de Washington. De ahí que Milei deba funcionar como ejemplo. En esa línea, Trump buscó condicionar la ayuda: dijo que el apoyo sería total si Milei gana las elecciones, pero que no sería tan generoso en el caso contrario. El mensaje, pensado para ayudar, golpeó a los mercados y le dio aire al peronismo con la vieja lectura Braden o Perón.

Washington mira también el calendario electoral regional. Bolivia va a balotaje el domingo: Rodrigo Paz y Jorge “Tuto” Quiroga —con diferencias entre sí— proponen acercamiento a EE. UU. Las encuestas sorprenden con ventaja para Quiroga; si se confirma, Bolivia sería otra ficha en una plaza que desde hace 20 años es hostil a Washington. En ese caso, EE. UU. se metería de lleno para pulverizar el poder de Evo Morales. En Colombia, mayo del año que viene abre una oportunidad. Termina su mandato Gustavo Petro, enfrentado a Washington y alineado con Maduro, y se elige un nuevo presidente. En Brasil, la fecha es octubre del año próximo, con Lula analizando si se presenta o no a la reelección. Para todos, la premisa es la misma: si a Milei le va bien, puede ser un camino a seguir por las oposiciones colombianas y brasileñas.

El trío Trump-Putin-Xi, entre desaires y nuevas oportunidades

El objetivo, no se puede dejar de insistir, es parar a China. Por más que Bessent dijo que no se le exigirá a Argentina cancelar el swap, aclaró que sí buscan evitar inversiones en infraestructura crítica —puertos, por ejemplo— y acuerdos militares. El apuro por reforzar el control sobre América Latina tiene un telón de fondo: las tensiones en alza con Xi Jinping tras un par de meses de tregua. Nuevas empresas chinas ingresaron en la lista negra tecnológica de EE. UU., y Pekín anunció controles adicionales sobre tierras raras. Trump volvió con la amenaza de aranceles del 100 % desde el 1.º de noviembre. Es la guerra de suministros que define quién controla la tecnología y la industria del siglo XXI.

En el frente Rusia–Ucrania, emergen señales mezcladas. Volodímir Zelenski pidió misiles Tomahawk a EE. UU.; Trump, que antes reclamaba un acuerdo con Vladímir Putin, ahora insinúa que podría dárselos. Pero hubo una larga llamada entre Trump y Putin que, según el republicano, acercó posiciones y habilita negociaciones de alto nivel la semana que viene entre Marco Rubio y Serguéi Lavrov, como antesala de una reunión en Budapest con Viktor Orbán como puente entre Occidente y los aliados de Moscú. La incógnita persiste: ¿Putin cambió por temor a un salto cualitativo en el apoyo a Kiev o gana tiempo con una nueva ronda de promesas?

El hilo conductor es el mismo: gran competencia entre potencias, menor margen de independencia para países periféricos y un realineamiento que exige decisiones. Es la geopolítica de 2025: el poder se expresa de forma más cruda y hay menos lugar para los matices.