¿Dispuestos a recibir la lección?

Es esencial estar abiertos y receptivos a las señales que nos va dando la vida a fin de poder comprender profundamente su revelación. En conclusión: estar siempre listos para aprender. 

alfredo diez

Parte del aprendizaje para comprender y manejar las emociones es reconocer que no hay emociones buenas y malas.

En el transcurso de nuestra vida se van sucediendo distintas experiencias, y día a día ellas nos dejan mensajes que indican los diferentes caminos posibles y las mejores opciones a seguir. Pero está claro que el aprendizaje que esos mensajes tienen reservado depende de nuestra apertura para recibirlos y de la capacidad que tengamos para descifrar sus lecciones.

Aunque muchas veces recibimos señales que nos indican el mejor camino a seguir o cómo comportarnos ante tal o cual situación, nos encontramos tan cerrados que somos totalmente insensibles a su sabiduría. Y lo peor es que no vemos lo que nos quieren transmitir aunque lo tengamos frente a nuestras narices.

Es esencial, pues, estar abiertos y receptivos a las señales que nos va dando la vida a fin de poder comprender profundamente su revelación. En conclusión: estar siempre listos para aprender.

De hecho, muchos de nosotros no aprendemos nada hasta que nos damos de boca contra el suelo. ¿Por qué? Porque para la mayoría es mucho más sencillo no cambiar, persistir en rutinarios hábitos y pretender dejar de lado las lecciones que nos tiene reservada la vida. Es difícil abrirse e intentar entender los mensajes que nos dejan nuestras vivencias; por eso seguimos empecinados hasta que nos golpeamos.

De manera metafórica, podemos decir que la vida nos habla en susurros al oído; si no logramos escucharla, nos habla más alto; si aun así no la entendemos o no le hacemos caso, nos sigue hablando cada vez más alto, hasta gritarnos sus verdades.

Una actriz famosa le dio en cierta ocasión una gran oportunidad a un joven actor, al confiarle uno de los papeles principales de la obra que iba a estrenar. El actor, que nunca había fallado en los ensayos, se equivocó en una frase durante la escena, justamente la noche del estreno. Estaba desconsolado en su camerino, cuando entró la actriz.

—No valgo para nada —dijo él—, he fallado absurdamente. Sería mejor que me dedicara a otra cosa.
—¿Tan alta opinión tenía usted de sí mismo que se creía incapaz de cometer una sola equivocación? —le preguntó calmadamente la actriz—. Yo me equivoco; todos nos equivocamos. El único que nunca se equivoca es Dios, y usted no es Dios, joven amigo. ¡Vuelva a la escena y verá como todo sale bien!

El joven obedeció, y no tuvo por qué arrepentirse de seguir su carrera. Hoy es un gran actor.

Es sensato reconocer nuestros errores. Pretender que nunca nos equivocamos equivale a colocarnos a nosotros mismos en un pedestal. No tenemos por qué cumplir las expectativas de otros. Seamos independientes y hagámonos responsables solo de nuestros actos, desechando las valoraciones que en nada favorezcan nuestro equilibrio personal.

Por: Alfredo Diez, escritor, conferenciante y consultor de empresas / Instagram: alfredo10coach

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