Del mundo digital a Pokrovsk: la trampa mortal de romantizar la guerra
La llegada de voluntarios extranjeros sin entrenamiento a Pokrovsk expone el choque entre la guerra real y la ilusión digital creada por videojuegos.
La romantización digital de la guerra a llevado inexpertos al frente de batalla.
ShutterstockLa guerra atrae a personas que llegan desde lejos con una idea formada por imágenes digitales, relatos fragmentados y competencias adquiridas en pantallas. Tal es el caso de los voluntarios neerlandeses que viajaron al frente de Pokrovsk. Esto demuestra hasta qué punto la romantización digital de la guerra crea una ilusión persistente.
Ellos creyeron que la operación de drones se apoya en destrezas similares a las de un videojuego. Sin embargo, la experiencia real los llevó a una zona donde el margen de error desaparecía y donde cada movimiento quedaba a merced de enjambres de drones rusos que recorrían el aire. La transición entre el mundo virtual y el campo de batalla reveló que no existe continuidad lógica entre un entorno y el otro. Una de las diferencias es que una consola permite fallar infinitas veces al tiempo que un escenario bélico no otorga segundas oportunidades.
Te Podría Interesar
La romantización proviene de varias capas. Los videojuegos generan la sensación de control absoluto. Entre tanto, el relato épico en redes sociales construye la idea de que la guerra funciona como una misión personal donde se despliega habilidad y coraje. Y la propaganda oficial de cada bando utiliza imágenes de precisión quirúrgica y elimina el caos de la contienda.
Todo forma un ecosistema que fabrica expectativas que colisionan de inmediato con la realidad. Los voluntarios de Pokrovsk describieron rutas de abastecimiento cortadas, presión continua de drones que rastrean posiciones y un ritmo de agotamiento que transforma cada día en una tarea de supervivencia. Nada parecido al estímulo rápido de un juego electrónico.
Este fenómeno no es nuevo. A lo largo del último siglo hubo jóvenes que soñaban con batallas heroicas sin conocer los mecanismos logísticos, técnicos y sanitarios que sostienen un frente. La diferencia actual surge del impacto del mundo digital. La interfaz del videojuego sugiere una proximidad ilusoria entre habilidad lúdica y competencia militar. La tecnología impulsa la idea de que operar un dron equivale a manipular un joystick. La realidad militar exige protocolos, coordinación, lectura de terreno, experiencia táctica y resistencia física. La ausencia de esa preparación convierte a los voluntarios en objetivos extremadamente vulnerables.
El caso de Pokrovsk invita a preguntar cuántos más llegaron con la misma percepción y cuántos ya no pueden contar su historia. Entre tanto, la presencia de extranjeros sin entrenamiento previo no es marginal. La guerra atrae perfiles que buscan un sentido narrativo que el mundo civil no provee. La romantización funciona como un imán y al mismo tiempo como un velo que oculta el riesgo extremo. La comparación con quienes buscan una selfie en un acantilado resume este comportamiento, la distancia entre el acto y la catástrofe es mínima.
El avance de la cultura visual amplifica estas distorsiones. La viralidad de escenas de combate genera la impresión de que la guerra se puede entender desde clips de pocos segundos. Esa dinámica alimenta la creencia de que un individuo puede insertarse en un conflicto con habilidades superficiales adquiridas en entornos digitales. Pokrovsk muestra el contraste total y explicita que la guerra funciona con física real, fatiga, destrucción auténtica. La romantización digital conduce a decisiones que ignoran esa diferencia y multiplica el riesgo para quienes confunden un avatar con un cuerpo expuesto.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
