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De "Causa Justa" a "Sindoor": el extraño mundo de los nombres de guerra

Con un símbolo íntimo y femenino, India nombró su represalia militar como Operación Sindoor: duelo, mensaje geopolítico y relato de guerra en una sola palabra.


En semanas recientes, un nombre suave y cargado de simbolismo comenzó a circular en los titulares: Operación Sindoor. A diferencia de los habituales nombres marciales que evocan fuerza o justicia, esta operación de la India no tomó el nombre de un arma, un dios de la guerra ni un valor abstracto como la libertad.

El “sindoor” es el polvo rojo que las mujeres hindúes casadas colocan en la raya del cabello. Es señal de vínculo, de compromiso, de vida compartida ¿Qué hacía un símbolo doméstico, íntimo y femenino, en el centro de una operación militar transfronteriza entre dos potencias nucleares?

India eligió ese nombre para responder al atentado en Pahalgam, donde murieron 26 personas, muchos de ellos recién casados. Al bautizar la represalia como Operación Sindoor, el mensaje era claro y doble: una forma de duelo nacional que abrazaba el dolor de las viudas, y al mismo tiempo una manera de reducir el tono de provocación hacia Pakistán. Era una advertencia sin estridencias, una acción militar con envoltorio de luto. Pero también era otra cosa: una muestra de que el nombre de una operación puede decir tanto como las bombas que lanza.

Los nombres de las misiones y operaciones militares

La práctica de poner nombres a las operaciones militares no es tan antigua como la guerra misma. Aparece recién durante la Primera Guerra Mundial, cuando el ejército alemán comenzó a utilizar palabras clave identificando sus ofensivas. La idea era proteger la información si caía en manos enemigas, pero también organizar con claridad los movimientos complejos en distintos frentes. No es lo mismo ordenar “el avance de la tercera división al este de Ypres” que decir “inicia la operación Tormenta de Acero”.

Desde entonces, los nombres de operaciones dejaron de ser solamente etiquetas prácticas y se convirtieron en herramientas de narración. A mediados del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial popularizó nombres que aún resuenan: Barbarroja para la invasión nazi a la Unión Soviética, Overlord para el desembarco en Normandía, Torch para la entrada aliada en el norte de África. Cada palabra tenía su carga simbólica: historia, poder, iluminación, conquista.

Pero a medida que la guerra entró en la era de los medios masivos, los nombres se pensaron como mensajes al mundo. Estados Unidos perfeccionó este arte. Al principio, lo hizo con cierto desparpajo: la invasión a Panamá se llamó originalmente Operation Blue Spoon —Cuchara Azul, un nombre que sonaba más a receta que a despliegue militar. Pero el general Colin Powell insistió en cambiarlo por uno que justificara la acción ante el público. Así nació Just Cause, “causa justa”. Powell fue claro: aunque los críticos atacaran la operación, debían hacerlo usando esas dos palabras. El nombre ya imponía un marco.

Con el tiempo, el Pentágono institucionalizó un sistema de generación de nombres. Hoy, muchas de las designaciones no se eligen por significado, sino por un sistema automatizado que reparte combinaciones de palabras de acuerdo a códigos regionales. Así nacen nombres como Odyssey Dawn (2011, intervención en Libia), que no remiten a nada salvo a una vaga sensación de epopeya. Pero el nombre debe sonar bien en televisión, debe tener una cadencia que lo haga repetible, fuerte, evocador o al menos inofensivo. En 2014, la campaña contra ISIS recibió el nombre de Inherent Resolve. Suena firme, pero no se arriesga a mucho. Internamente, muchos oficiales del Pentágono dijeron que el nombre era “blando”. Pero cumplía la función: no ofendía a nadie.

Otros países usan los nombres con intenciones muy distintas. Israel, por ejemplo, las convierte en una afirmación cultural. Pilar de Defensa, Margen Protector, Carros de Gedeón: cada uno sugiere un relato bíblico, una defensa ancestral, un mandato divino o histórico. En esos nombres hay una voluntad de legitimidad, de identidad profunda. Es un mensaje hacia el exterior, pero también hacia adentro.

Rusia toma otro camino. En lugar de evocar grandeza, opta por el eufemismo. Su invasión a Ucrania no se llamó Operación Castigo ni Recuperación del Donbás. Se llamó simplemente operación militar especial, una fórmula que evita el término “guerra” y que minimiza, ante su propio pueblo y ante el mundo, la magnitud de lo que hace. No es nuevo: en Chechenia, en Georgia, en Siria, Rusia usó términos grises como restauración del orden constitucional o mantenimiento de la paz. El nombre no dice lo que pasa. Dice lo que el Kremlin quiere que se crea que pasa.

China, por su parte, evita por completo la idea de conflicto. Sus operaciones militares se llaman ejercicios conjuntos, maniobras marítimas, o se agrupan bajo la categoría general de MOOTW —Military Operations Other Than War. El nombre disuelve el hecho en un marco de estabilidad, desarrollo o cooperación. El silencio, en este caso, también es un mensaje.

El peso de los nombres en la guerra

Pero no siempre los nombres cumplen su función. Hay casos donde fueron un problema en sí mismos. En 2001, EE.UU. anunció su campaña en Afganistán con el título de Operation Infinite Justice. El nombre se retiró a los pocos días, tras quejas del mundo islámico: solo Dios puede impartir justicia infinita. Se cambió por Enduring Freedom, menos pretencioso, más político. En 2011, cuando se mató a Osama bin Laden, el nombre código del objetivo fue “Gerónimo”. Para los pueblos originarios de EE.UU., fue una afrenta. ¿Comparar a un terrorista con un héroe apache que resistió la opresión blanca? El nombre fue condenado públicamente. Otro ejemplo: durante la Guerra de Vietnam, la ofensiva Operation Masher —que puede traducirse como “triturador”— fue tan brutal en su forma que se le cambió el nombre por White Wing, “ala blanca”. Lo mismo ocurrió con tanques apodados The New Testament en Irak, que generaron incomodidad por su carga religiosa en un territorio musulmán.

En algunos casos, el nombre mismo se convierte en campo de batalla ¿Es una operación, una misión, una incursión, una liberación? Cada término arma un relato. Nombrar es decidir qué historia se cuenta.

Volviendo al principio, Operación Sindoor no fue solo una respuesta militar. Fue un ejemplo moderno de cómo los nombres dicen más de lo que parece. India no habló de venganza ni de gloria. Habló de una viuda, de muchas viudas. El enemigo queda señalado, pero no exaltado. Y en ese pequeño giro del lenguaje se juega una parte de la guerra. Porque en los nombres, a veces, está la paz.

Las cosas como son

*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.