Cuando el cerebro sufre el dolor social

Exclusión, discriminación, segregación, ¿le duele al cerebro el aislamiento social? Hacete amigo, te lo contamos 

cecilia ortiz

[MISSING]binding.image.description

Los dibujos animados de Walt Disney logran transmitir con una habilidad increíble los estados de ánimo. Recuerdo la cara y las actitudes corporales del “patito feo” cuando todos los plumíferos integrantes de su familia lo rechazaban. La mirada triste, la reclusión, el aislamiento, creo que generaron a más de uno (yo incluida) un nudo en la garganta y alguna que otra lágrima compasiva.

¿Qué fibra nos mueve esa escena? ¿Por qué nos congraciamos con el pato/cisne segregado? La desdicha que genera el rechazo, el abandono. Nos angustia la sola posibilidad de pensar en no pertenecer.

Y es que el hombre es un ser social por naturaleza. Ya Aristóteles decía que somos seres que precisamos vivir en comunidades políticamente organizadas, donde se preserve el orden fundamental y básico para la vida humana.

Somos gregarios, necesitamos pertenecer a grupos que sostengan la construcción de nuestra identidad.

Si hasta adoptamos insignias que nos identifiquen como parte de alguna entidad. Somos de Boca o de River. Somos anti o pro aborto. Somos católicos o protestantes o evangelistas o agnósticos. Somos vegetarianos o veganos. Tenemos nuestro grupo de buraco, el de canasta, el de lectura, el de running. Y hay miles, millones de opciones más, que proporcionan ámbitos para pertenecer. Y llevamos determinado color, o decimos determinadas frases, o nos juntamos en ciertos lugares, formas para enrostrarle al mundo que “somos” de ese grupo. Ese pertenecer genera emociones positivas, entre ellas la felicidad.

Pero, las diferencias separan. Y las personas tenemos la tendencia a alejar aquello que es distinto o que no “encaja” en nuestros esquemas mentales (a veces, bastante limitados). Así, prejuicios mediante, vamos formando y manteniendo estereotipos a través de palabras, actitudes, gestos y “dejamos de lado” lo que no podemos hacer cuadrar en esas estructuras rígidas.

El aislamiento social genera emociones negativas como ansiedad, estrés, depresión, disminución de la autoestima, celos, envidia, culpa, hostilidad. Además, conlleva a alteraciones en la salud física y a desajustes conductuales en el medio.

Y no me refiero a las acciones de exterminio o de genocidio. El dolor social también pasa por lo singular.

El dolor social se relaciona con las vivencias de exclusión. El dolor social se siente cuando no te eligen en el equipo porque sos descordinado, el dolor social está cuando pasás al lado de alguien que está pidiendo limosna y mirás para otro lado, el dolor social hace estragos cuando te hacen la vida imposible en el trabajo porque faltaste un mes por enfermedad. El dolor social aparece cuando a la trama del grupo que nos sostiene se le hace un agujerito y caes a través de él y el resto queda protegido en la trama y estirás el brazo para que alguien te tienda una mano y…..nada, indiferencia.

Los psicólogos Naomi Eisenberger y Matthew Lieberman lo definen como la experiencia angustiante que surge de la distancia real o potencial con grupos sociales y explican que activa los mismos circuitos neuronales que el dolor físico.

La distancia social incluye percepciones de rechazo, exclusión, no inclusión o cualquier indicación que señale a la persona que es poco importante o poco valorada por aquellos que considera relaciones importantes.

El psicólogo social Roy Baumeister, profesor de la Universidad de Princeton, lleva años estudiando sobre la necesidad de pertenencia. Él especifica que “buscamos emociones positivas dentro de relaciones grupales que impliquen cuidados y contención, que den la sensación de pertenencia y que, además duren mucho tiempo”.

El mismo autor apunta que la situación de sentirnos excluidos es la vivencia más dolorosa que debemos encarar. De hecho, muchos de nosotros soportamos situaciones o actuamos roles indeseados, con el sólo fin de “seguir perteneciendo”.

En una investigación que condujo el neurólogo Tor Wager en Michigan, EE. UU., y que fue publicada por la Academia Nacional de Ciencia, se sometió a 40 voluntarios a experiencias de segregación social. Los resultados reforzaron una hipótesis que sobrevolaba sobre la cabeza de varios científicos: el dolor social realmente duele y gatilla actividad en las mismas regiones cerebrales que se encienden ante el dolor físico.

De hecho, en estudios realizados a través de resonancia magnética nuclear, se detectó que las mismas áreas en nuestro cerebro se activan ante el dolor físico y el dolor social.

El integrar un grupo nos da sensación de pertenencia, de tener algo en común con otros. Refuerza la identidad. Por ello es que el dolor social es una experiencia altamente nociva, que conduce, por un lado a manifestaciones físicas: problemas gastrointestinales, cardiovasculares, migrañas, fatiga profunda, insomnio, disminución del apetito, acentuación de problemas de salud preexistentes.

Las manifestaciones psicológicas pueden ser agudas o crónicas e incluyen: angustia, depresión, ira, distorsión de la percepción, paranoia y hasta automutilaciones y suicidio.

Por otro lado, la experiencia de sentirse apartado va moldeando nuestro cerebro, es decir que nuestro sistema nervioso se modifica con el dolor social, generando alteraciones cognitivas como dificultad para concentrarse, para aprender, para organizar información y tomar decisiones.

No es sólo la tristeza del patito feo, la exclusión genera cambios físicos y cerebrales, modificando emociones, sentimientos, cogniciones y conductas.

Como dijo Bono, voz líder de U2, “uno no puede ser humano en el aislamiento. Todos nos necesitamos”.

Lic. Cecilia C. Ortiz/Mat.: 1296/ licceciortizm@gmail.com

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?