Barcelona, París, Londres y Nueva York: cuatro modelos frente al crimen organizado
Crimen transnacional, migración y respuesta estatal: el caso de Londres contrasta con los modelos de París, Barcelona y Nueva York.
La laxitud en las políticas migratorias en el Reino Unido permitió el ingreso de estructuras criminales organizadas, principalmente en Londres
El mapa del crimen organizado en las grandes ciudades occidentales no puede entenderse sin observar el vínculo entre inmigración, estructura estatal y control policial. El caso de Londres es paradigmático: a lo largo de las últimas décadas, el Reino Unido adoptó una política migratoria notablemente laxa, especialmente desde los años 90. Esto permitió el ingreso masivo y sin demasiada regulación de personas de regiones con estructuras criminales muy desarrolladas: Turquía, Albania, Somalia, Nigeria y Pakistán. A diferencia de lo que ocurrió en otras capitales, en Inglaterra no hubo ni un filtro institucional fuerte, ni una adaptación rápida del aparato policial al nuevo tipo de crimen, transnacional, étnico y violento.
El resultado es el paisaje actual de Londres, en donde el crimen organizado no tiene jefes visibles ni estructuras piramidales tradicionales, sino que se dispersa en múltiples células que responden a códigos familiares, comunitarios o tribales. Las bandas somalíes, los clanes turcos, las mafias albanesas y las redes asiáticas no solo compiten por el territorio sino que muchas veces ni siquiera interactúan: cada grupo trabaja con su propio idioma, su sistema de castigos, su código de silencio. Lo que hace más difícil el control estatal es que estas estructuras se mimetizan con comunidades enteras. La policía, en ese contexto, quedó superada. Mal financiada, con escasa presencia disuasiva y con una lógica aún adaptada al crimen inglés tradicional, no contiene la fragmentación y la violencia.
La inmigración en Barcelona
Barcelona, aunque también con una gran población extranjera, no presenta el mismo tipo de estructura. No hubo una inmigración permanente, sistemática y de gran escala de grupos mafiosos organizados como en Inglaterra. Lo que tiene Barcelona es tránsito. La ciudad funciona como hub logístico y lugar de paso. Allí operan mafias nigerianas, georgianas, albanesas y marroquíes, pero no se arraigan en la ciudad: usan su localización, su apertura fronteriza, su sistema judicial lento, y su carácter turístico para actividades rápidas y rotativas. El crimen en Barcelona es más fragmentado, menos territorial y más táctico.
París y una estructura más clásica
París, en cambio, presenta una estructura más clásica. Si bien también recibió olas migratorias, muchas de ellas se asentaron hace décadas, particularmente desde el Magreb. El crimen organizado en París tiene anclaje territorial, jerarquías claras y control de barrios definidos. Las bandas trafican drogas y ejercen poder social, imponiendo reglas internas. La diferencia clave está en la policía. En Francia, la policía tiene mayor respaldo político e institucional y conserva un prestigio fuerte. Actúa con firmeza, tiene recursos y ejerce un control visible del espacio urbano. La disuasión funciona, incluso frente a bandas bien armadas.
Nueva York, crimen contenido por una estructura efectiva
En Nueva York, la situación es aún más distinta. Allí, la inmigración siempre existió, pero fue acompañada de una evolución policial institucional sin pausa. Las mafias italianas, irlandesas o rusas existieron, pero también existió un sistema de control especializado, con departamentos como el NYPD, el FBI y la DEA trabajando en forma coordinada. Además, el crimen organizado neoyorquino supo moverse hacia el delito económico, financiero y sofisticado. La ciudad no es ajena a las pandillas, pero las mafias estructuradas fueron, en su mayoría, absorbidas o neutralizadas. El respeto por la autoridad y la capacidad de respuesta contienen la violencia en niveles más bajos que los de Londres.
El caso inglés es una combinación de inmigración irrestricta de grupos organizados, desinversión policial y fragmentación institucional. París y Nueva York mantuvieron estructuras estatales firmes que limitaron la expansión descontrolada del crimen. Barcelona es más bien un escenario de tránsito, no de arraigo mafioso. Y Londres, por haber abierto todas las puertas sin adaptar sus mecanismos de control, se convirtió en un mosaico explosivo.
Las cosas como son.
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