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Australia, potencia en gas: ¿por qué sus ciudadanos pagan precios caros?

Australia, potencia en gas, enfrenta la paradoja de ciudadanos que pagan precios internacionales por el combustible a pesar de sus vastos yacimientos.



Australia es el segundo exportador mundial de gas licuado, detrás de Estados Unidos y por encima de Qatar. Uno supondría que semejante abundancia beneficia primero a sus habitantes, sin embargo ocurre así.

En las cocinas de Sídney y en las fábricas de Melbourne se paga el gas al precio internacional. El australiano común sufraga cada invierno lo que los mercados fijan en Róterdam o en Singapur, como si viviera en un país sin yacimientos.

La explicación tiene nombre y tiene procedimiento. Los productores australianos firmaron contratos de largo plazo con compradores japoneses a precios modestos, establecidos cuando el gas valía poco y Tokio aseguraba demanda estable. Japón compró entonces grandes cantidades con la promesa implícita de consumirlas. Hoy Japón consume menos, pues reactivó su parque nuclear y su demanda interna cayó cerca del 20% en seis años. El gas contratado sobra y los japoneses descubrieron que esa abundancia tiene un mercado mayor del previsto.

Las cifras son elocuentes. En el año fiscal 2024 las reventas japonesas de gas licuado alcanzaron cerca de 1,7 veces el volumen que Japón importaba directamente desde Australia según el Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero. Un informe de Jubilee Australia estimó que el valor de mercado de esas reventas se situó entre $7,3 y $9,3 mil millones de dólares americanos, con utilidades superiores a $664 millones. El destino preferente fue Taiwán, Corea del Sur, Tailandia e Indonesia, donde los japoneses habían financiado antes las terminales de recepción mediante créditos de su banca pública, asegurando así clientela cautiva por décadas.

Qatar comprendió el peligro temprano y prohibió las reventas mediante cláusulas estrictas de destino. El australiano, menos precavido, firmó contratos flexibles. La consecuencia es geométrica. El gas se extrae del subsuelo australiano, viaja en buques japoneses, atraca en puertos tailandeses y deja su ganancia en Tokio. El australiano lo paga dos veces, una vez como habitante de un país cuyos precios internos siguen la referencia exportadora, otra vez como ciudadano de un Estado que recauda impuestos irrisorios sobre esos envíos. Seis de las diez plantas australianas de gas no pagan regalías. Qatar, con exportaciones comparables, recauda cinco veces más que Australia.

El fenómeno no es único del gas. Estados Unidos produce más petróleo que ningún otro país y sin embargo importa volúmenes considerables, porque sus refinerías fueron diseñadas en los años setenta para crudos pesados. El país exporta su crudo ligero y compra el crudo espeso de Arabia Saudí y de Canadá. Algo semejante ocurrió durante décadas con la Argentina petrolera, que exportaba crudo y compraba combustibles refinados, o con Nigeria, que vende petróleo al mundo e importa gasolina por falta de refinerías propias. El mecanismo varía pero el resultado es el mismo: el país poseedor queda fuera del circuito del valor agregado.

Hay una arquitectura común en todos estos casos. Las élites exportadoras negocian contratos que convienen al comprador y se desentienden del consumidor interno. Los gobiernos sucesivos ratifican la desatención invocando la confianza de los inversores. Los intermediarios descubren la lógica del arbitraje y convierten la ventaja geológica ajena en renta propia. La materia prima se despide de su dueño original sin saludar. Entre Australia y Japón media un contrato; entre Japón y Tailandia media un buque; entre el minero de Pilbara y la factura de su casa media el mercado global, con su cotización indiferente.

Australia discute ahora un impuesto del veinticinco por ciento sobre las exportaciones de gas, promovido por sindicatos, obispos y músicos. La industria advierte sobre fugas de inversión y el ciudadano, mientras tanto, enciende la estufa y paga. La paradoja australiana no es una anomalía, sino la regla silenciosa del comercio moderno, donde quien posee un recurso raramente controla su destino.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.