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Cómo la Casa Blanca se convirtió en la mayor fuente de inestabilidad global

Bolsas del mundo experimentaron un mes negro, con caídas que interrumpieron un ciclo positivo de más de dos años. Todo, por la incertidumbre que proviene de la errática política comercial de Trump.
Las economías del mundo miran con preocupación cada paso de Donald Trump Foto: Shutterstock
Las economías del mundo miran con preocupación cada paso de Donald Trump Foto: Shutterstock

La economía global entró en una nueva fase de inestabilidad, que cortó uno de los ciclos alcistas más importantes de los últimos tiempos en los mercados internacionales. Desde los meses finales de 2022, cuando comenzó a bajar la inflación que había tocado máximos en 40 años por el efecto combinado de la pandemia y la invasión de Rusia a Ucrania, empezó un rally que llegó a récords históricos entre diciembre y comienzos de febrero, según el índice que se mire.

La tendencia empezó a cambiar desde hace un mes. El S&P 500, que reúne a las 500 empresas más importantes que cotizan en Wall Street, cayó 8% en estos 30 días. El NASDAQ-100, que nuclea a las 100 más grandes de la industria tecnológica, se desplomó 11% en el mismo período. 

Lo único que sube es el oro, que este viernes superó por primera vez los US$ 3.000 la onza. Toda una señal de la aversión al riesgo que se está instalando. El oro sube porque es visto como una garantía de estabilidad. Es lo que se conoce como “flight to quality" ("huida hacia la calidad"): vender activos riesgosos y comprar los seguros. 

Si sube el riesgo país y el dólar en Argentina cuando pasa eso es en gran medida porque los inversores prefieren refugiarse, entre otros activos, en bonos del tesoro estadounidense. Porque se supone que es la última economía que va a entrar en default. Es el país que tiene el monopolio de la impresión de dólares y es visto por todos como el entorno más seguro para operar. 

Por eso es inédito lo que está ocurriendo ahora, donde Estados Unidos se convirtió en la mayor fuente de la inestabilidad económica mundial. Para ser más precisos, la Casa Blanca, que con Donald Trump está provocando un desconcierto pocas veces visto.

Entre la guerra comercial y el caos

Lo interesante es que Trump está haciendo exactamente lo que había prometido en campaña: desatar una guerra comercial contra sus principales socios, bajo el argumento de que durante demasiado tiempo se aprovecharon de la excesiva apertura que mostró Estados Unidos, no siempre correspondida por los demás. En todos sus discursos previos a ganar las elecciones dejó en claro que iba a usar los aranceles como una herramienta multipropósito: desde potenciar la industria estadounidense hasta forzar a otros países a someterse a sus requerimientos. 

Pero eso no asustó a los grandes jugadores de las finanzas, que siguieron apostando al ganador. La creencia generalizada, inspirada en el recuerdo del primer mandato de Trump, era que la política comercial iba a ser mucha amenaza y poca concreción. Que algunos aranceles iban a subir, pero que no iba a pasar nada verdaderamente disruptivo. 

Lo que no vieron es que este Trump no es el mismo que gobernó entre 2017 y 2021. La vindicación que significó un triunfo categórico, que nadie creía posible dos años antes, lo persuadió de que nada podía impedir que cumpliera sus objetivos. Es que la forma en la que ganó lo convirtió tal vez en el presidente más poderoso de la historia reciente. Hay que retroceder hasta Franklin D. Roosevelt (1933 - 1945) para encontrar a un mandatario con un control tan centralizado de la política estadounidense.

Ese poder entendido en su estado puro, como la capacidad de imponer la voluntad propia a otros, se materializó en una serie de logros muy impactantes. Sobre todo, en su política exterior, la más agresiva de Washington en un siglo. 

La presión descomunal ejercida contra México por lo que en un principio fue la amenaza de aplicar aranceles del 25% sobre todo lo que le vende a Estados Unidos aterrorizó a la aletargada Claudia Sheinbaum. Nunca antes el gobierno mexicano hizo tanto para satisfacer a su difícil vecino del norte en sus dos principales demandas: terminar con la inmigración irregular y con el narcotráfico. Los cruces irregulares en la frontera sur cayeron de 166.010 en febrero de 2024 a 8.326 en 2025, casi un 95%.

Los principales carteles tuvieron que reducir drásticamente sus operaciones por el nivel de las redadas policiales impulsadas por el Gobierno, que necesita bajar como sea la cantidad de fentanilo que ingresa a Estados Unidos. Y como muestra de buena voluntad, fueron extraditados 29 narcos de alto nivel en un solo día. Algunos de ellos estaban entre los más buscados por la DEA desde hacía mucho tiempo.

Algo parecido está pasando con Panamá. La obsesión con recuperar el control del canal bioceánico llevó al gobierno de José Raúl Mulino a hacer todo tipo de esfuerzos por saciar la sed de Trump. Los cruces reportados por el tapón del Darién, la selva que atraviesan los migrantes que buscan llegar al norte desde Sudamérica, cayeron 99% en un año. Además, Mulino anunció que Panamá se retiraba de la Iniciativa de la Franja y la Ruta impulsada por China y que dos puertos que eran controlados por una empresa con base en Hong Kong pasaron a capitales estadounidenses.

El caso de Colombia tuvo cierta comicidad, por cómo dejó expuesto a Gustavo Petro cuando quiso hacer patrioterismo anunciando un sábado a la madrugada que no recibiría a aviones con colombianos deportados por haber ingresado ilegalmente. Trump anticipó aranceles del 50% a todas sus importaciones y, horas después, la Fuerza Aérea colombiana enviaba a sus propios aviones para repatriar a sus connacionales.

Algo parecido le sucedió a Doug Ford, el primer ministro de Ontario, la provincia más poblada de Canadá. El anuncio de un impuesto del 25% a la electricidad que le vende a estados como Nueva York, Michigan y Minnesota duró menos de un día. Bastó que Trump dijera que le iba a cobrar 50% en lugar de 25% a las importaciones de acero y aluminio.

Nada de esto provocó pánico en los mercados, porque es el juego que se esperaba. El desconcierto empezó el 3 de marzo, cuando el Presidente comunicó que desde el día siguiente se le aplicaría un 25% a todo los que le venden México y Canadá, una medida que había sido anunciada originalmente el 1 de febrero, pero suspendida ante los compromisos de Sheinbaum y Justin Trudeau. 

¿Por qué Trump insistía con aranceles cuando la llegada de inmigrantes y de droga había disminuido claramente? La falta de una respuesta clara a esa pregunta descolocó al mercado. Los peores temores se hicieron realidad el 4 de marzo, cuando a pesar de los intentos de la presidenta mexicana y del primer ministro canadiense, las tarifas entraron en vigor. 

¿Cómo no se dio cuenta Trump de que esa medida amenazaba a todo el complejo industrial estadounidense, que tiene cadenas de producción integradas con México y Canadá? Otra pregunta sin respuesta que agravó el desasosiego. Fue necesario que los CEOs de Ford, General Motors y Stellantis fueran a la Casa Blanca a explicarle las consecuencias de su orden ejecutiva para que el presidente decidiera el 5 de marzo exceptuar a la industria automotriz de la suba de aranceles. 

El 6 de marzo, sin ningún compromiso nuevo de México ni de Canadá —más allá de una muy buena conversación con Sheinbaum—, Trump levantó la imposición de aranceles para todos los bienes contemplados dentro del T-MEC, el tratado de libre comercio de América del Norte, que contempla el 99% del intercambio entre los tres países. Al menos hasta el 2 de abril, cuando —se supone— entrarán en vigor aranceles recíprocos para todo el mundo: si un país cobra un recargo de 15% sobre las importaciones estadounidenses, pasará a pagar ese mismo porcentaje para ingresar a ese mercado. Nadie sabe cómo se implementará en tan poco tiempo.

Estas marchas y contramarchas son una muestra de algo que preocupa mucho más que una guerra comercial: un comportamiento errático e imprevisible por parte de la mayor potencia del mundo, donde la regla es prueba y error, pero con billones de dólares en juego. La preocupación aumentó ante algunas apariciones televisivas en las que dijo que no le preocupaba si había turbulencia en los mercados, que había que mirar a largo plazo como China y que no se animaba a descartar la posibilidad de una recesión. Intentos de proyectar que tiene un plan, pero que no parece ser sostenible. Y aunque lo fuera, las idas y vueltas fueron un golpe letal a su credibilidad, que es pilar de cualquier programa económico.

Trump está a tiempo de cambiar el curso de la nave. Siempre fue un líder pragmático, no ideológico, que piensa la política en términos transaccionales. Quizás lo más difícil sea admitir que no puede hacer todo lo que quiere. Que la economía estadounidense está tan integrada con el resto del mundo que ya no se puede cerrar ni devolver a tiempos previos a la globalización. Eso implicaría reconocer que no es el líder omnipotente que él creía ser. 

Si puede procesar esa herida narcisista, tal vez pueda evitarle al mundo una gran recesión. Si no, las consecuencias pueden ser dramáticas. Sobre todo para los países más vulnerables.