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El placebo democrático: ¿una desilusión necesaria?

Los valores democráticos son ampliamente defendidos en gran parte del mundo, pero cada vez crecen más sus opositores.
La democracia se enfrenta a quienes la cuestionan y la acusan de ser un placebo. Foto: Santiago Tagua/MDZ
La democracia se enfrenta a quienes la cuestionan y la acusan de ser un placebo. Foto: Santiago Tagua/MDZ

Vivimos en un mundo donde la democracia se presenta como el pilar fundamental de nuestras sociedades. Tenemos la creencia de que votar es la máxima expresión de nuestra libertad, un acto sagrado que define el curso de nuestras vidas y el futuro de nuestras naciones. Pero, ¿y si todo esto no fuera más que una ilusión? Un placebo cuidadosamente diseñado para aliviar una angustia fundamental: la sensación de falta de control sobre nuestras vidas.

Para entender esta afirmación, debemos profundizar en lo que significa un placebo. En el campo de la medicina, un placebo es una sustancia sin efectos terapéuticos, que, sin embargo, logra aliviar ciertos síntomas porque el paciente cree que está recibiendo un tratamiento real. La clave está en la percepción. El sufrimiento, en muchos casos, tiene dos componentes: uno real, tangible, y otro subjetivo, emocional. El placebo no elimina la causa real del dolor, pero puede disminuir el sufrimiento asociado al mismo. Si te duele la pierna y tomás una pastilla de azúcar creyendo que es un analgésico, puede que parte del dolor desaparezca, no porque la pastilla haya curado el problema subyacente, sino porque modificó tu relación con ese dolor.

De manera análoga, la democracia opera como un placebo en nuestras vidas políticas.

Vamos a votar con la creencia de que nuestro voto tiene un impacto significativo. Sin embargo, desde un punto de vista estrictamente estadístico, la influencia de un solo voto en una elección nacional o provincial es nula. Es como comprar un billete de lotería esperando ganar: la probabilidad es tan baja que resulta irrelevante, pero la acción de participar nos da la ilusión de que estamos haciendo algo importante, fundamental.

Este placebo democrático apunta a un sufrimiento específico: la falta de control que experimentamos en nuestras vidas. Nos enfrentamos a la realidad de que, en su esencia, la vida es una experiencia solitaria: nacemos solos, sufrimos solos y morimos solos. Esta soledad existencial es una fuente de angustia profunda, y la democracia, como otros placebos, nos ofrece un alivio temporal. Nos hace sentir parte de un todo, de una comunidad, donde nuestras acciones, como votar, parecen tener un impacto.

Podemos comparar esto con ser parte de una hinchada de fútbol. Alentamos al equipo, creemos que nuestros gritos tienen un efecto directo en el desempeño de los jugadores, aunque, en realidad, nuestra influencia individual es insignificante. Sin embargo, esta participación nos da una sensación de pertenencia y de poder, de estar contribuyendo a algo mayor que nosotros mismos.

Ahora, volvamos a la democracia. El sufrimiento que este placebo trata de aliviar es nuestra sensación de impotencia frente a las fuerzas que gobiernan nuestras vidas. Al votar, sentimos que estamos ejerciendo nuestro poder como ciudadanos, que estamos influyendo en el destino de nuestra sociedad. Pero la verdad es que nuestro voto, no cambia nada. La estructura del sistema es tal que los resultados de una elección no dependen de un solo voto, sino de millones, y nuestro aporte individual siempre se diluye hasta volverse inexistente.

Esto no significa que el placebo sea inútil. Como todos los placebos, cumple una función importante: nos alivia. Nos permite sentir que, de alguna manera, estamos en control. Pero esta sensación de control es obviamente solo una ilusión. La realidad es que las fuerzas que verdaderamente determinan el rumbo de nuestras vidas están fuera de nuestro alcance.

Un ejemplo claro de cómo el placebo democrático puede fallar es la situación en Venezuela. Durante años, el acto de votar sirvió como un alivio para la población, una forma de lidiar con la sensación de impotencia frente a un gobierno opresivo. Sin embargo, cuando llegó el momento de la verdad, quedó claro que los votos no contaban, literalmente. El régimen se encargó de que nadie los contara, y así se desvanece la ilusión. El placebo dejó de funcionar porque la mentira en la que se sustentaba fue expuesta descarnadamente .

¿Qué queda cuando el placebo falla? El sufrimiento vuelve con más fuerza, ya que la ilusión que lo mitigaba se ha desvanecido. En el caso de Venezuela, la población se encontró de nuevo frente a la realidad de su impotencia, sin el consuelo que antes les ofrecía la democracia. Este es el peligro de depender de placebos: cuando dejan de funcionar, el dolor y la angustia que habían estado ocultando vuelven, a menudo con mayor intensidad.

Entonces, ¿es la democracia simplemente un placebo? sí, es un mecanismo que nos permite enfrentar una realidad incómoda: la falta de control real que tenemos sobre nuestras vidas y sobre el destino de nuestras sociedades. Pero como todos los placebos, tiene su límite. Funciona solo mientras creamos en él. Y cuando esa fe se rompe, la realidad nos golpea con toda su dureza.

Es importante entender que no hay nada inherentemente malo en los placebos. Cumplen una función necesaria en la gestión del sufrimiento humano. Pero debemos ser conscientes de su naturaleza. La democracia nos ofrece una sensación de control, una ilusión de participación, pero al final del día, sigue siendo un placebo. La pregunta que debemos hacernos es si estamos dispuestos a vivir con esa ilusión, o si queremos enfrentar la realidad, por dura que sea.

Yo no pretendo dar respuestas, ni aliviar. Simplemente expongo una verdad incómoda: la democracia, tal como la vivimos, es un mecanismo que alivia nuestro sufrimiento, pero no lo elimina. Nos da la ilusión de control, pero ese control es más aparente que real. Y en algún momento, como todos los placebos, puede dejar de funcionar. ¿Estamos preparados para ese momento? Eso es algo que cada uno de nosotros debe responder por sí mismo.

Las cosas como son.

*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.