No hay en Chile "milagro chileno": el pueblo vuelve a copar las calles

No hay en Chile "milagro chileno": el pueblo vuelve a copar las calles

Impecable columna del escritor y docente chileno-argentino Dionisio Salas Astorga: "Una paz armada o la armada es la que impone la paz. En Chile se espera que marzo 2020 sea el comienzo de una batalla final y sin cuartel por los derechos de las mayorías. La derecha mira llover balas".

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Nicanor Parra, el poeta chileno que contrarió eso de que nadie vive 100 años -él vivió 103-, escribió décadas atrás que «Chile creía ser un país y era apenas un paisaje».

Por estos meses en que todo el mundo ha descubierto Chile -especialmente los chilenos- recuerdo estos versos de Parra que nunca me parecieron graciosos, ni siquiera poéticos, porque no había entendido lo que tenían de proféticos.

Como otro hijo natural del exilio de los 80, Chile nunca fue un milagro para mí, qué milagro puede atribuirse a un país que exilia al 15% de su población en poco más de una década, los obliga a atracar en los extremos del mundo, a disimular su vocación de pobre hijo de pobres, nieto de pobres de Valparaíso o Tocopilla. Miles de personas agarrándose a los remos de culturas vikingas, cenas judías, abriendo y cerrando ascensores en Barcelona.

Dato duro que no repite TVN: en Chile no existe una persona que no tenga un exiliado cercano. En Chile no hay una familia que no tenga un pariente mandando saludos desde Canadá para el 18 de setiembre (Fiestas patrias); pidiendo fotos de empanadas criollas, llorando porque la abuela se murió o la madrina o la mamá o todas en un mismo año. Y él estaba en Sidney, ella dando clases en Oslo, limpiando casas de ricos en Las Canarias, justo esa mañana.

Chile era un milagro, tenía lo impostado, lo falso, lo premeditado, lo dogmático de los milagros. Y duró hasta que se rompió esa cadena de fe ciega, la cadena del baño viejo de la fe. Y la obediencia.

Hasta que el león sordo, dice el chiste, se arrimó al flautista que calmaba a los animales de la selva.

Allá por los 80 nos conmovía Yamilé, por si alguno se atrevía a dudar de que en Chile sucedían milagros. Yamilé era él o ella «vidente» y en Peña Blanca, cerquita de Valparaíso, había visto y hablado con la Virgen María. La virgen María hacía que Miguel Ángel Poblete, adicto al neoprén o poxi ran, adicto al abandono y el travestismo, llorara lágrimas de sangre y corriera en trance por esos cerros pedregosos de Peña Blanca. Auspiciaba el Ejército de Chile. Cien mil cristianos iban algunas veces. El ejército de Chile cargaba camiones con creyentes de día para llevar a los cerros, los mismos camiones que cargaban a otros creyentes de noche, para fusilarlos en algún descampado.

La realidad de Chile, para quienes nos fuimos para siempre de ese paisaje, los que no estamos en ninguna foto de encuentro de ex alumnos o curaos con un muy amigo un 18 de septiembre en su patio sin revoque; la realidad para los que nos fuimos es «sin anestesia». La realidad para nosotros es en tetas. Los que nos fuimos, nos fuimos porque nunca íbamos a ser mirados por un médico de cerca, cuando el cepillo de dientes era para los pitucos, porque nos bañábamos debajo de la manguera del patio; porque el pantalón de la escuela era el único pantalón y si servía para la semana servía para el fin de semana, y alguna fiestita casera ocasional (para ser pobre y seguir vivo, hay que perder la vergüenza). Pobre vergonzoso no come, no camina, no ama. En Chile, no llegaba a ser ciudadano si quiera.

Pobreza en Chile (foto ElMinutoCl). 

La diáspora chilena es el mayor legado político y cultural del gobierno de Pinochet. Es lo que olvidan los especialistas extranjeros y la síntesis de noticias local. El intocable, corrupto, despótico general decía en sus buenos tiempos, por el servil canal nacional, plagado de series yanquis: “el único que se rebela en este país soy yo”, “si hay dos o tres por fosa es porque estamos ahorrando tierra”. Por ejemplo. Era sincero, era el patrón. Era el Artemio Cruz de Carlos Fuentes; era el General en su laberinto, de G. Márquez, era Yo el Supremo de Roa Bastos. Y como estos, podía vender (y vendió), la tierra, el cobre, las aguas, el mar, los peces, al pueblo entero.

Augusto Pinochet, enterrado con todos los honores de la patria y una jubilación eterna de prestigio, en un fundo verde ventilado por el mar, lejos de cualquier mortal que perturbe su merecido descanso de salvador de la patria, es el autor de esta tragedia. El impoluto soldado que no robó un peso al Estado (y que muchos añoraban para su propio país); ese valiente que nos salvó de caer en las manos ásperas del comunismo donde todos serían iguales y condenados a repetirse en sus mamelucos grises, ese, nuestro general Pinochet, hoy tiene cientos de cuentas embargadas en Suiza o las islas, allanamientos a los herederos, pruebas irrefutables de corrupción al Estado de Chile.

Kissinger y Pinochet. 

De ese ejemplo “moral” y por extensión de ese ejemplo que fueron las fuerzas armadas y Carabineros de Chile (nombre redundante y hasta ridículo, por demás), nació la Constitución que hoy impide los cambios que los chilenos exigen hace meses en las calles.

De ese gobierno militar, irreverente, in máculo, alcahuete de Kissinger y Cía, amancebados 17 años en el poder, nacieron las administradoras privadas de pensiones (que pueden llegar a decir que Ud. vivirá 110 años) y son un modelo perfecto de injusticia para los jubilados y los condenan a morirse en la indigencia. Y de ahí, de ese gobierno militar siempre victorioso en los llamados a la defensa de la patria, la salud pública precaria y mínima para las mayorías, las universidades privatizadas a la manera de EEUU: hoy en manos de empresas norteamericanas y Bancos.

Si en el primer semestre del 2017 murieron más de 6000 personas esperando atención médica pública, es cosa de multiplicar. ¿Cuánta gente muere en Chile por esos 10 minutos de atención sugerida para ser observado asépticamente por un médico general, llegado su ansiado turno? De ahí a conocer a un especialista, otro cuento. 

Si calculamos que una familia de clase media debe pagar de 500 a 1000 u$s mensuales para que su hijo/a vaya a la universidad, es decir, todo o el doble del sueldo mínimo promedio de un trabajador chileno, se deduce que salud y educación son un privilegio que no tiene la mayoría. Un derecho perdido.

Las cifras probablemente aburran a nuestro hipotético lector. El lector quiere imágenes. Veamos las imágenes. Durante meses grupos enormes de estudiantes y gente común, cortan las calles, incendian el metro de Santiago, atacan edificios públicos, exigen a Piñera la renuncia. Se resisten al toque de queda con militares muy bien vestidos para la guerra urbana en sus carros y escudos, suspenden su modesta, delimitada vida cotidiana. Tres meses es mucho tiempo para protestar por una tarifa de transporte. Y es muy poco tiempo para protestar por una vida de desprecio.

Se protesta por todo. Los privilegios de los militares y la policía –ellos poseen hospitales especiales y sueldos que en caso de oficiales mayores se heredan a las hijas-. Una jubilación de un oficial puede ser 7, 8 veces la de un profesor universitario.

Entonces se protesta porque el trabajo es de lunes a sábado (las 8 horas son optativas para el trabajador, en la práctica son 12 horas por día); porque no existe sindicato que defienda colectivamente a nadie; porque los impuestos del fisco corren para todos y todas, porque se paga por entrar al baño, por salir al camino, por estacionar frente al mar o acercarse a los lagos, por subir a la montaña, por respirar aire limpio, para tomar el agua de una canilla china y el agua vendida a España.

Chile vuelve en marzo a las calles. Los mall están vallados. Los guardias famélicos, vestidos con talles únicos para todos (estilo comunistas) deben vigilar las puertas forradas en chapa, en la calle, y con palos repeler las hordas que se acercan con el único propósito de robar (dice TVN).

Ha sido un mal verano. Ha sido un mal año. Ha sido un mal país para estar vivo y consciente. Pero los chilenos, con todos sus defectos y su fútbol de solo dos copas, esta vez quiere ganarle solito al capitalismo mundial, en un partido donde siempre se dan las batallas más memorables: las avenidas y plazas con palomas asustadas por las balas y el aletear de las banderas.

Por Dionisio Salas Astorga, profesor de Literatura, escritor y editor chileno-argentino. Ha publicado entre otros Las aventuras de Cepillo el león, Últimas oraciones, Experiencia de la fatalidad.

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