Lío
De liar.
1. m. Porción de ropa o de otras cosas atadas.
2. m. coloq. embrollo (enredo, confusión).
3. m. coloq. Barullo, gresca, desorden.
No es la clase de "lío" que reclamaba el papa Francisco, a poco de asumir. Demasiado tiene ahora con los turcos, Bergoglio, en su plan de hacer líos, luego de su paso por Armenia y condenar un brutal genocidio, al que el mundo despierta, por fortuna.
Hoy el lío se desprende del mejor jugador de fútbol, al anunciar su salida del seleccionado, luego de haber perdido su equipo una nueva final. Lo deportivo vuelve a devolvernos imágenes de un naufragio casi inexplicable.
"¿De verdad para disfrutar de Messi necesitas que nos saque campeón? Ok. No entendes nada", apuntó Gonzalo Bonadeo, el pasado 21 de junio

Mientras escribo escucho la palabra de Lionel Messi, a la salida del vestuario. Está conmocionado. Casi todos lo estamos frente a una situación deportiva inexplicable. Y que tampoco tiene un único responsable.
"No es para mí", sostuvo el hombre más electrizante del fútbol actual, ídolo en un mundo que lo disfruta gol a gol, pase a pase, diagonal a diagonal.
Los argentinos, con más o menos razones, debemos ser los tipos del mundo que más lo hemos discutido. Y seguimos haciéndolo. Y hoy más que nunca.
¿Por qué?
Porque el fútbol es una pasión en Argentina. Y de tanta pasión nos hemos pasado de rosca. La evidencia es que hemos dejado de pensar, de contar con una visión estratégica. Nos hemos emborrachado con resultados (siempre ocasionales, fruto de "garra"). Y nos hemos mentido: somos subcampeones del mundo, pero la organización de nuestro fútbol es un aguantadero de lo peor de la sociedad.
Difícil sostener lo deportivo cuando lo institucional es un parte judicial que ya debería ser parte policial. Hemos naturalizado que las lacras y los chorros manejen millones y millones, en nombre de la pasión
¿Qué es más lógico? ¿Organizarnos con solidez, trazarnos objetivos, consolidar una visión? ¿O vivir de resultados, amparados por el exitismo ocasional? Quizá Chile, su modelo, deba dejarnos de resultar tan antipático. ¿No deberíamos invertir la relación en nuestro fútbol? ¿No es momento de pararse con mayor inteligencia para estimular y encauzar la gran potencia futbolística con la que innatamente contamos?
El cierre del ciclo de Messi en la selección, ¿no es motivo más que suficiente para intentar una AFA y una administración de clubes más honesta, más profesional?
Si fuéramos los dueños de Facebook y un día nos sorprendemos con la renuncia de Mark Zuckerberg, ¿nos creeríamos exitosos? ¿O seríamos de los más sopencos del mundo, al dejar irse a uno de los tipos más brillantes de su generación?
Messi está en su derecho de decidir su futuro,
Y hoy más que nunca: es el mejor, indiscutido, salvo en su barrio.
Uno sospecha que la ingratitud de los argentinos con Messi se relaciona con el exitismo, con la inmediatez, con la mezquindad, con la imbecilidad de quienes alertan que no canta el himno, con eso que no "siente" la patria.
¿No será que Messi no encaja en un esquema tan corrupto y demagógico, como el que reina en la AFA y, en consecuencia, en las canchas argentinas?
¿Qué hizo la AFA por Messi, cuando apenas era un jugador que necesitaba de un tratamiento para crecer? ¿Qué hizo la AFA para que Messi jugara al fútbol en este país?
¿Cuánto dinero ha obtenido la AFA por la presencia de Messi en sus seleccionados?
Un día el tipo que carga con todo este delirio a cuestas se cansa. Pasa del sueño a la pesadilla garantizada. De ídolo a "pecho frío".
Ese día parece que fue esta noche amarga en el Met Life Stadium.
A lo mejor simplemente erró un penal. Pero a lo mejor en ese disparo se quedó sin pólvora para afrontar tantas guerras en las que ha hecho más silencio que disparos. En especial porque no le sale aquello de la conflictividad a flor de piel.
El rey quiere dormir y disfrutar de la gloria. Somos su pesadilla. Quizá nos merecemos que no juegue en esta selección, por lo menos hasta que varias cosas importantes cambien un rumbo muy chiquitito para las aspiraciones de un número uno. Gracias, Messi. No hay que gritar ni patalear ni pelearse con nadie para seguir siendo líder. Y ejemplo. Dentro y fuera de la cancha. Porque los resultados van y vienen. Lo que queda es el resto: la dignidad y la entereza en un mundo más que descomunal para un tipo que apenas pretende jugar al fútbol.



