Las implicancias de ser "hijos" de Putin
Si hace cuatro años la Argentina se alineaba con las políticas y el pensamiento del presidente ruso Vladimir Putin, hoy no estaríamos celebrando, por ejemplo, la vigencia del matrimonio igualitario. Putin es un feroz cazador de homosexuales, situación de género que niega y persigue con leyes muy duras y haciendo la vista gorda a los grupos neonazis que los detectan, capturan y golpean, en muchos casos, hasta darles muerte.
Un dato, tan solo, que demuestra que nuestro país, desde su Gobierno, sostiene convicciones muy fuertes, pero también efímeras, que mutan de acuerdo a los intereses del momento: hoy Chávez y su “socialismo del siglo XXI”, mañana China, pasado Rusia, en una variedad de opciones antiestadounidenses que parecen un chiste (y que pueden ser interpretados como una burla) cada vez que se le pide a Barack Obama ayuda, pretendiendo separar su condición de presidente de Estados Unidos de su discurso político personal, que a veces lo acerca a posiciones más “progresistas” que las supuestas para el país que lidera.
La Argentina acordó, formalmente, difundir desde el sistema público de comunicación, las ideas del “putinismo” que se vuelcan desde un multimedio potente, de actualización permanente y de un sesgo más “antinorteamericano” que prorruso, como es RT.
No lo hizo ni siquiera con los países de la región con los que venía alineándose, pero sí con Putin. ¿En cumplimiento de algún plan estratégico argentino? No: lo dijo el propio Putin, al afirmar que “Rusia necesita recuperar presencia en la región”.
En los últimos días, el Financial Times se preguntó por qué nuestro país se acercaba a Rusia. Analizó que si bien desde la Casa Rosada busca asustar a la justicia de EEUU buscando apoyos en contra de los “fondos buitre”, la cuestión real parece estar en encontrar recursos para hacer funcionar la nueva “joya de la abuela”, el megayacimiento de Vaca Muerta que antes le prometió a una empresa ubicada en el contexto absolutamente contrario al eje ruso, como Chevron, y on ventajas que nunca antes se dio a otra empresa, por ejemplo, a la minera Vale, de origen brasileño.
Para graficarlo, este cambio de alineamientos sin conseguir un liderazgo propio, tras una década de ventajas comparativas para el desarrollo y el impulso de una identidad productiva (cosa que no sucedió), aparece como la búsqueda del pandillero más rudo del barrio para que lo defienda del que acaba de traicionar.
Estas cosas se pagan muy caro en el contexto geopolítico, porque requiere de lealtades duraderas y pago contante y sonante, y no una simple gestión de simpatías. Pero quien lo paga no es quien toma la mala decisión, sino el país entero.
¿Quién es el nuevo “padre” a quien los argentinos, repentinamente, entregamos nuestro “pensamiento nacional” para ser fundido con la propaganda que surge desde sus medios, a quienes se les brinda una autopista informativa en la Argentina?
Putin es un ex agente de la KGB que, en plena “guerra fría”, operó en la Alemania Oriental. En 1990 fue funcionario de Boris Yeltsin, una vez producida la Perestroika, pero siempre con el poder que le otorgaba ser el dueño de los secretos de Rusia. Tanto, que en 1998 fue puesto al frente del Servicio Federal de Seguridad, el organismo sucesor de la KGB. Paralelamente ejerció el liderazgo del Consejo de Seguridad Nacional desde donde organizó la “guerra chechena”, a fuerza de sangre y fuego. Desde allí construyó su poder político, en lo que puede entenderse como un caso parangonable a lo que desde sus antípodas se critica: las corporaciones que alimentan el poder bélico y el control social, asumen la conducción de un país para moldearlo de acuerdo a sus necesidades.
No son pocas las voces que dicen que Vladimir Putin es el dueño de “casi todo” en Rusia. De lo público, por ser quien lo conduce. Pero de lo privado, por ser quien construyó desde su San Petersburgo natal, un imperio de empresas que si no son suyas, al menos las controla y que dominan el poderío económico de todo su país.
Ser “hijos” de Putin es alinearse con un modelo de “capitalismo de Estado” con el que se venía comparando al gobierno argentino, desde adentro y desde afuera, al kirchnerismo en el ejercicio del Gobierno. Se observó que el “modelo” en Rusia era la cartelización de la obra pública y la exigencia de la compra de medios de comunicación que propalaran loas al Gobierno o, al menos, frenaran las críticas por la vía del entretenimiento permanente, a cambio de grandes contratos.
Putin ganó las elecciones del año 2000 y fue reelegido en el 2004. Luego, su sucesor fue su viceprimer ministro, Dmitri Medvédev. Allí Putin pasó a ser el primer ministro. En 2012, en elecciones en las que hubo fuertes denuncias de fraude, Putin retomó la conducción de Rusia y encaró, definitivamente, un plan expansionista que puede apreciarse en su puja contra Europa y EEUU, “Occidente”, como simplifica desde los medios rusos que ahora retransmitirá el gobierno de Argentina, por el dominio físico de países y partes de países que antes se habían disociado de la ex Unión Soviética y que poseen riqueza natural o una posición geoestratégica.
Putin corona la “década ganada” argentina como líder del bloque al que se acopla el país, pero con principios bastante diferentes a los que inauguraron este período de claroscuros: es acusado por organismos de derechos humanos por la persecución de disidentes, encarcelamiento de opositores, represión de expresiones culturales y de género.
En lo económico, la Rusia de Putin no busca nada diferente a lo que se le critica a EEUU o China: expansión a cualquier costa, lo que desde su lado del mapa se llama como “imperialismo”.
A ese modelo se nos suma, sin consulta previa ni debate: un hecho consumado tan solo 511 días antes de que Cristina Fernández de Kirchner termine su mandato. “Hijos” de Putin.
Aporte documental: la bienvenida presidencial a Putin