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Datos y claves de una Colombia "latinoamericanizada"

La elección definitiva en ese país dio por tierra con el ex presidente Uribe, pero refuerza la división. ¿Qué pasó en Colombia?

Juan Manuel Santos seguirá siendo el presidente de Colombia. Pero será otro. El triunfo no le ha salido gratis ya que tuvo que acordar con sectores que, hasta ahora mismo, no tenían mucho que ver con su trayectoria política. Santos fue el ministro de Defensa de Álvaro Uribe pero, tras su ascenso al poder, comenzó a trazar una zanja que llevó al ex mandatario a radicalizar su postura en contra del mandatario. Uribe empujó a uno de los suyos, Óscar Iván Zuluaga, hacia la presidencia. No le fue mal en la primera ronda electoral, todo lo contrario. Hasta el propio Uribe entró al Senado, en donde seguramente se atrincherará para reconstruir su existencia política.

Datos duros

Pueden subrayarse algunos datos que surgen de la elección de Santos y de cómo se configura su postura dialoguista con los sectores guerrilleros dentro de su país y en Latinoamérica:

Argentina. Los colombianos residentes en la Argentina le dieron un triunfo contundente a Santos: obtuvo el 66,99%  de los votos frente a 25,27% de Zuluaga y más de 7% de voto en blanco.

Latinoamérica. ¿Cómo vieron los colombianos el futuro de su país según en qué país residan? Optaron por Santos también en Chile, Uruguay, Brasil, Venezuela, Cuba, Nicaragua y México. Zuluaga fue la opción mayoritaria en Bolivia, Perú, Ecuador, EEUU y Canadá.

Dentro de Colombia. En Bogotá ganó Santos. Arrasó en Cali y perdió muy fuertemente en la transformada Medellín, capital de Antioquia, en donde gobernó Uribe, pero que ahora está en poder de sectores progresistas.

Cambio de voto. Los datos duros indican que Santos obtuvo en primera vuelta 3.301.815 votos y consiguió 7.816.887 en la segunda vuelta. Zuluaga, por su parte, arrancó ganando con 3.759.971 y aunque duplicó el caudal en el balotage, no le alcanzaron los 6.905.001 votos que recibió.

El resultado de este domingo deja algunas claves sobre la situación de Colombia que resultan de interés para el resto de Latinoamérica:

“Ganó la paz”. ¿Ganó la paz? En las redes sociales, tras conocerse el triunfo de Santos por 51% de los votos contra 45% de Zuluaga, se impuso una frase: “Ganó la paz”. Es que las divergencias en torno al proceso de paz iniciado por el presidente reelecto con las FARC y recientemente con otro grupo guerrillero, el ELN, se transformaron en el eje de la campaña. Zuluaga, con Uribe en bambalinas (y no tanto) dijo y se desdijo, propuso y cambió de opinión en torno al tema. Uribe, su referente, es un encarnizado opositor al diálogo con los guerrilleros a quienes considera “terroristas” que no deben sumarse al sistema político y a los que hay que derrotar con acciones militares. Santos duplicó su apuesta tras su derrota en primera vuelta: sumó a la sociedad civil organizada y eso le sirvió de salvoconducto para atraer el apoyo de los sectores centroizquierdistas, esquivos al mandatario. Consiguió transformarse en el representante de la continuidad de “los diálogos” que se llevan a cabo en La Habana. Por su parte, Zuluaga primero se opuso y luego cambió de opinión, para sumar el voto de los “liberales” de su país. Sin embargo, a poco de empezar la nueva campaña por la segunda vuelta, Uribe volvió a marcarle el camino y negar cualquier posibilidad de continuidad del proceso. Hoy, con los resultados en la mano, se festeja que “ganó la paz”, pero en realidad, lo que se garantizó es la continuidad de un proceso que debe cerrar cuestiones complejas y discutidas aun dentro de lo diversos sectores que se taparon la nariz para votar por Santos. La gran pregunta es si se conseguirá ganar la apuesta y que este mismo año haya acuerdo de paz. Desde el diverso sector que apoyó la reelección del Presidente se sostiene que esta elección, en la que bajó la abstención y votaron 2.400.000 colombianos más que en la primera vuelta, fue un “plebiscito” de los acuerdos. Pero los analistas locales sostienen que Santos deberá aprovechar “la luna de miel” de su reelección para apurar los pasos, antes de que Uribe y los suyos puedan levantarse después del traspié.

 

El mismo presidente, un gobierno distinto. Santos está obligado a sumar a su gobierno a sectores del centroizquierda que lo apoyaron para lograr la reelección. Necesita un gabinete que, ya desde el arranque de su segundo mandato de cuatro años, comience a escribir la letra fina de los acuerdos con las FARC y con los “elenos”, del ELN, cuyo proceso de diálogo recién se inicia en Ecuador. Para ello, debe dar un fuerte giro a sus políticas: un presidente de derecha deberá ejecutar (y, para ello, antes convencerse) una reforma agraria, una de las demandas centrales de los guerrilleros. Deberá disponer de tierras, conseguirlas y distribuirlas; garantizarlessu incorporación a la vida cotidiana y, además, que en lugar de armas usarán herramientas para refundar su vida, 60 años después de iniciada la guerra interna sangrienta que caracteriza a Colombia y cuya finalización representaría todo un cambio de época.

Colombia se alinea con Latinoamérica. Como golpe de efecto desesperado para no perder, el uribista Zuluaga denunció, en el último tramo de la campaña que Santos lo que busca es que Colombia se parezca a Venezuela, que se “chavice”. Evidentemente, pocos le creyeron, más allá del temor que pueda generar en muchos sectores de ese país la posibilidad de tener un gobierno parecido al del vecino Nicolás Maduro, de muy mala imagen en Colombia. Pero sin dudas, la radicalización política como estrategia, en tierras de Santos comienza a asimilarse a lo que ocurre en la nación bolivariana: una derecha intransigente como factor común opositor, con Uribe de un lado y, por ejemplo, Corina Machado y Leopoldo López, del otro lado de las fronteras. Por ello no fue un dato no menor el saludo de Henrique Capriles a Santos tras su triunfo: ambos necesitan generar sinergia política contra los sectores más virulentos del sector político de que ambos fueron parte y ahora, en cierto modo, resultan víctimas. Santos no romperá relaciones con Venezuela ni Ecuador ni Cuba, cosa que probablemente sí hubiera hecho Zuluaga. Pero por cierto, Santos tampoco someterá a su país a los designios del eje bolivariano. Confraternidad protocolar y distancia: suficiente con ello, ya que hay demasiados problemas adentro y Colombia comienza a parecerse al resto de Latinoamérica, con posiciones políticas muy adversas, profundas y una gran división interna.