La embestida de Francisco contra los que lo consideran "un error"
En el Vaticano arrecian los rumores de que el papa Francisco "reina pero no gobierna". Provienen -según sostienen los autores de las crónicas periodísticas desde la Santa Sede y muchos de los jerarcas católicos que lo respaldan- desde los sectores más rancios y conservadores de la Iglesia, lo que comúnmente se llama "la Curia romana" y que no es otra cosa que la cúpula de gobierno de la religión y del Estado Vaticano.
Una versión en ese sentido rodó a través de la prensa mundial cuando un comunicado de la vocería del papa dijo, en palabras más formales, más o menos que “no le den bolilla a las llamadas telefónicas que el papa les hace a católicos de todo el mundo, ya que lo hace como cosa propia, y no en su carácter de pontífice”.
No se trata -a diferencia de lo que muchos intentan instalar- de una pelea ideológica. Es una lucha por el poder y por quién detenta qué cuotas en qué áreas.
Es la misma pelea que dejó afuera a Benedicto XVI en un hecho inédito: la primera renuncia de un papa en 600 años. Pero para comprender cabalmente de que no hay cuestiones ideológicas, de “derecha” o “progresismo” en este debate que es central, valga citar que el “derrocado” Joseph Ratzinger está junto a Jorge Bergoglio del mismo lado y, éste último, ya como papa Francisco, da las vueltas de rosca a los tornillos que dejó flojos la renuncia del pontífice alemán.
Una revolución a su propia escala
Se le llama “revolucionario” a Francisco y se le adjudican decenas de intenciones de reformas, tantas y tan osadas que, de cumplirse con esos pronósticos, no quedaría más que dar de baja a la Iglesia para dar inicio a una nueva era casi republicana y civil a lo que hoy funciona como el remanente del Imperio Romano y se rige en función de estrictos secretos, verticalismo y obediencia. Ya antes de que se conociera quién sería su sucesor, el escritor, periodista y autor de numerosos libros sobre la vida interna del Vaticano, Eric Frattini, le dijo a MDZ que Benedicto XVI, por su empuje contra a pederastía que había permanecido oculta durante el papado del ahora San Juan Pablo II y los negociados mafiosos del “Banco Vaticano”, el IOR, sería recordado como un “verdadero revolucionario”.
Especuló entonces con que la Curia romana se haría cargo una vez más de los asuntos de la ciudad estado enclavada en Roma para no permitir que otro extranjero (Wojtyla y Ratzinger lo habían sido) se inmiscuyera en “sus asuntos”. Pero un argentino, al que nadie contaba como “papable” debido a que había perdido la batalla contra el matrimonio igualitario en su país, terminó rompiendo con las quinielas al respecto. Le dieron la confianza. Y hoy –según dijo el cardenal hondureño Andrés Rodríguez Maradiaga- creen que haberlo hecho sentar en el trono de San Pedro a ese “pequeño argentino” fue “un error”.
Tres días intensos
Un día después de recoger el poder generado por la presencia cercana de un millón de fieles en la Plaza de San Pedro durante las canonizaciones de Juan Pablo II y Juan XXIII, el papa Francisco no se tomó un descanso: la prensa especializada da cuenta de una serie de decisiones que va en la línea con lo que relatamos el jueves desde MDZ, cuando hablamos de las intrigas de la Curia en su contra y de que el pontífice aceleraría las reformas en marcha.
Francisco se reunió este lunes (28 de abril) con el “G8 Vaticano”, el grupo de ocho cardenales de su confianza que funcionan como un gabinete extra poder, que no estaba en la estructura de gobierno tradicional, que es integrada por miembros de la Curia pero que tienen como principal objetivo estudiar una reforma de su funcionamiento. Es decir: el papa jesuita, con cintura política, no esperó un minuto más para avanzar, en lo que constituye la respuesta más clara a sus detractores internos.
Sumó un participante: el secretario de Estado Pietro Parolin, un hombre "joven" para la costumbre y proveniente del ala diplomática de la estructura. Se transformó a sí en el número 9 del "G8" y su presencia es más que simbólica: él destronó nada menos que al otrora poderoso Tarcisio Bertone, blanco de todas las acusaciones cuando se habla de los porqué de la renuncia e Benedicto XVI.
Ese mismo grupo creó una especie de “Ministerio de Economía” del Vaticano y dio origen a un grupo especial que se encargará de los asuntos financieros, el “G15”.
Desde hoy y hasta el miércoles, el papa Francisco se reunirá con su “G8” integrado por Giuseppe Bertello, Francisco Javier Errázuriz Ossa, Oswald Gracias, Reinhard Marx, Laurent Monsengwo Pasinya, Sean Patrick O'Malley, George Pell y Andrés Rodríguez Maradiaga.
El dinero: eje del cambio
En las reuniones no se habla de cuestiones celestiales, precisamente. Urgidos por las exigencias internacionales en materia bancaria y por concluir la apertura del IOR iniciada por Benedicto XVI, de modo de que logre surtir efecto antes de que los expulsados de su conducción se reorganicen y recobren fuerzas, Francisco y el “G8” comenzarán –según señalan fuentes del Vaticano- con transparentar la banca propia. Lo hace unos meses después de haber renovado para el próximo quinquenio la Comisión Cardenalicia de vigilancia del Instituto para las Obras de Religión (IOR), compuesta por el arzobispo de Viena, Christoph Schönborn; el arzobispo de Toronto, Thomas Christopher Collins; el presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, Jean-Louis Tauran; el arcipreste de la Basílica Papal de Santa María la Mayor, Santos Abril y Castelló --presidente de la Comisión--; y el secretario de Estado, Pietro Parolin. Y en el medio del torbellino generado por esa decisión, tras la cual el director general del IOR, Paolo Cipriani, y el vicedirector, Massimo Tulli, presentaron su renuncia al verse sometidos a investigación judicial en Italia por el presunto blanqueo de dinero a través de la institución bancaria.
Ese momento coincidió con la detención de monseñor Nunzio Scarano -que trabajaba como contador en la administración financiera del Vaticano-, acusado de haber extraído alrededor de 600.000 euros en efectivo de una cuenta del IOR. Scarano fue a prisión en medio de una investigación iniciada en 2010 por la Justicia italiana contra los entonces presidente y director general del IOR, Ettore Gotti Tedeschi y Paolo Cipriani, por violación de las normas para impedir el blanqueo de dinero.