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Dossier: todos los calificativos para Bergoglio, el papa Francisco

Una serie de artículos retratan al sumo pontífice argentino en su primer año como líder de la iglesia católica y del Estado Vaticano. Sumá tu opinión.

Campechano y cercano, Francisco pone la Iglesia patas arriba, por Hanns-Jochen Kaffsack (dpa)

En la plaza de San Pedro estalló el júbilo como si de un estadio de fútbol se tratase, un grito de alegría recorrió la multitud que esperaba bajo la lluvia: el papa 266 de la Iglesia católica apostólica romana había sido elegido.

Los cardenales en la Capilla Sixtina necesitaron cinco votaciones para elegir al argentino Jorge Mario Bergoglio como la persona que dirigiría a los más de 1.200 millones de fieles, sacaría a la Iglesia de la crisis y además, según la esperanza de muchos, la modernizaría para adaptarla al siglo XXI.

El pontífice que se asomó al balcón de la Plaza de San Pedro en la tarde del 13 de marzo de 2013 se puso de inmediato manos a la obra para dar un vuelco a la imagen de la Iglesia y lo hizo con un nuevo estilo y un nuevo tono. Con ello atrajo a las masas y creó un insospechado entusiasmo por el pontífice que en absoluto da la impresión de mojigato. No obstante, el primer papa latinoamericano no ha tocado en su primer año de pontificado ninguno de los numerosos dogmas controvertidos de la Iglesia.

El sucesor de Benedicto XVI, cuya renuncia sorprendió, está considerado como una persona sencilla y cercana, una persona que combate con determinación la corrupción y la pobreza. Jorge Mario Bergoglio, jesuita y arzobispo de Buenos Aires, tiene ante sí una montaña de problemas y además su Iglesia tiene varios asuntos pendientes. Por esa razón comienza por preparar una amplia reforma de la curia y se pone firme con el banco del Vaticano, salpicado durante décadas por negocios dudosos. Nombró además a "un ministro de finanzas" para que ponga orden.

"Dios ya ha elegido", aseveró el cardenal canadiense Marc Ouellet antes de que se reuniera el cónclave. Antes de la llegada de Bergoglio, los críticos habían atacado la falta de avances en las reformas y los contratiempos burocráticos en Roma. Se pedía como reformas urgentes más transparencia y comunicación tanto en la Santa Sede como entre el Vaticano y los obispos de todo el mundo y para ello menos burocracia. El papa Francisco trabaja en ello y nombró a Pietro Parolin, una buena "mano derecha", como secretario de Estado. Su máxima: primero escuchar con tranquilidad, después actuar.

Y el pontífice argentino tiene que abordar temas delicados como avances en el ecumenismo, flexibilización de la moral sexual, un papel más fuerte de las mujeres en la Iglesia o la cuestión del celibato en los curas católicos.

Pero Bergoglio inauguró su potificado encandilando a creyentes y escépticos tras pregonar y vivir de forma modesta, con humildad y cercanía a los fieles.

Exigió a los curas que salieran de sus iglesias para asistir a los más necesitados, a los pobres y desfavorecidos. Y él es el primero en dar ejemplo lavando y besando los pies de los pobres, invitando a sin techo a su cumpleaños o inaugurando la Cuaresma en un centro de ancianos.

Ahora millones de personas lo celebran como si de una estrella del pop se tratara. Así ocurrió el año pasado en Brasil, durante las jornadas del Día Mundial de la Juventud en Río de Janeiro. Durante el vuelo de regreso dio, algo inusual, una "rueda de prensa en el aire", y sus declaraciones dieron la vuelta al mundo, pues en ellas dijo que él no era nadie para juzgar a alguien por su homosexualidad.

Con esas declaraciones generó esperanzas en las reformas venideras y también en el animado debate sobre el sacramento para los divorciados que se han vuelto a casar. Su "iglesia pobre para los pobres" se abre y renuncia a los fastos.

Sin embargo, en la estricta doctrina de la Iglesia apenas hay movimiento. "El papa ha cambiado de tono, pero no las doctrinas", señala en una entrevista el cardenal estadounidense de Boston, Sean O'Malley. En su opinión, una flexibilización de las normas "no tendría justificación teológica alguna". O'Malley forma parte del gremio de ocho cardenales que asesoran al pontífice en cuestiones de la curia.

Francisco, de 77 años, predica la misericordia y la evangelización, se preocupa por los inmmigrantes y los marginados. Además se ha implicado de forma considerable en el fin del derramamiento de sangre en Siria.

E hizo evidente su renuncia al boato y el protocolo rechazando su traslado a la residencia oficial de los pontífices, el Palacio Apostólico, y quedándose a vivir en la casa de huéspedes del Vaticano, la residencia Santa Marta. Gran comunicador y campechano, son muchos los que se preguntan en Roma qué es lo que realmente quiere conseguir el pontífice. Pero fuera del Vaticano también se lo preguntan muchos obispos.

Su apariciones cálidas y desenfadadas en la plaza de San Pedro y en sus viajes ya han conducido a que se le acuse de un populismo irreflexivo. Pero en tanto ya ha comenzado a cambiar la imagen de la Iglesia. Tal vez haga como Juan Pablo II, que conquistó muchos corazones y dejaba al Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe difundir su ideario fuertemente conservador. Entonces estaba al frente de dicha institución el alemán Joseph Ratzinger, actualmente el papa emérito.

La primera encíclica de Francisco lleva una fuerte impronta de su predecesor, el teólogo Ratzinger. Su primer consistorio mostró un papa con los brazos abiertos y demostró que tenía la mirada puesta en los "márgenes" del mundo con el nombramiento de cardenales, sobre todo latinoamericanos.

Y puede que dé muchas más sorpresas durante su pontificado, pues ya ha mostrado los dientes a los centinelas tras los muros del Vaticano y ha emprendido un nuevo rumbo. Y además, Franciso quiere saber qué es lo que piensan los fieles y para ello ha puesto en marcha una encuesta a nivel mundial, que parece mostrar sobre todo la gran brecha que existe entre la doctrina y el día a día.

La “metamorfosis”: de Bergoglio a Francisco, por Andrés Beltramo Álvarez (Vatican Insider)

Era un arzobispo reflexivo, de mirada incisiva y de sonrisa difícil. Un “hombre gris”, según sus detractores. Doce meses atrás Jorge Mario Bergoglio se preparaba para el retiro, tras haber presentado su renuncia al cumplir 75 años. Pero en cuestión de días vivió una verdadera “metamorfosis” hasta convertirse en Francisco, el Papa jovial y fascinante que ha conquistado al mundo.

“Voy a Roma y vuelvo antes de Semana Santa”. Esa frase repitió infinidad de veces el entonces arzobispo de Buenos Aires a sus conocidos y colaboradores. Corría febrero de 2013 y se alistaba para participar en el Cónclave que elegiría sucesor de Benedicto XVI.

Su elección sorprendió a todos y cambió para siempre a Bergoglio. “Él hubiese querido que otra persona mas joven fuese la elegida. A Jorge no le gustaban los primeros planos, él siempre ha sido muy humilde y trataba de que otras personas ocuparan ese rol. Siempre prefería sentarse atrás de todo y ayudar a la gente sin que se sepa que había sido él”, relató al Vatican Insider Gustavo Vera, el activista argentino de derechos humanos amigo del pontífice.

Ellos se conocieron gracias al trabajo de Vera, actual diputado en la capital argentina, en la asociación “La Alameda” que defiende a las víctimas de la trata de personas.   Recordó que ese organismo tiene mucho material fotográfico de Bergoglio, quien siempre preguntaba para qué le sacaban tantas fotos y le respondían: “Para cuando seas Papa”. El “padre Jorge” se reía.

“Cuando fue elegido muchos medios del mundo vinieron a buscar la inmensa cantidad de fotos que sólo teníamos nosotros porque innumerables veces él pedía que los medios no fueran (a las actividades) porque no era un objetivo mediático, excepto cuando quería proteger a una víctima (de abuso) o una organización (amenazada). No era de mediatizar su accionar, por eso no era tan conocido masivamente”, contó.

“Recordemos que es jesuita y muy disciplinado. Él cuando era obispo y cardenal tenía obligaciones y deberes en el marco de la estructura de la Iglesia y su accionar estaba limitado por esa estructura, no podía ir por arriba de ella. Ahora él puede ser lo que en realidad siempre fue y en determinadas ocasiones no podía ser. Ahora lo vemos en su plenitud, porque siendo el Papa tiene una libertad de movimiento que antes no tenía en toda su dimensión”, agregó.

Para el sacerdote Guillermo Marcó, quien por muchos años se desempeñó como portavoz de la Arquidiócesis de Buenos Aires, lo más rescatable de este año de pontificado es que “un cura de parroquia” ha llegado hasta el puesto más importante de la Iglesia.

“Lo que está marcando Francisco es esa vuelta a la búsqueda del rebaño, acompañado por los gestos maravillosos como los que él tiene”, estableció.

Mientras Jorge Telerman, judío y presidente del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires, subrayó que se ha convertido en el “argentino más universal”, capaz de inyectar una “fantástica corriente de aire fresco” que está recorriendo el mundo.

Destacó que desde los sectores más impensados actualmente se le presta atención a Francisco en su palabra y en su acción, en la prédica y en la práctica.

“Quienes ya lo conocemos sabemos que su palabra renovadora siempre está acompañada de una práctica comprometida, el mundo hoy lo está viendo. No es sólo una palabra o unos gestos como los de los primeros días, que asombraban y generaban admiración, sus acciones siempre van acompañadas de un mensaje, hoy Francisco, ayer el padre Jorge. Eso nos satisface porque va mucho más allá de la grey católica: los judíos, los musulmanes y hasta los no creyentes miran y se admiran por la capacidad de acción de este gran hombre, inspirador y sabio”, sentenció.

Francisco le devolvió la alegría a Bergoglio, por Cecilia Caminos (dpa)

La sonrisa franca con que Francisco se presentó ante sus fieles aquella noche del 13 de marzo de 2013 no abandonó más a Jorge Mario Bergoglio.

El jesuita mantuvo aquella esencia pastoral que lo distinguió como arzobispo de Buenos Aires y cardenal de Argentina, y desde que llegó al sillón de Pedro le sumó esa alegría contagiosa que cautivó a los fieles de todo el mundo.

Fue un cambio sustancial que notaron sus compatriotas, que ya conocían en cambio su estilo austero, frontal y callejero que sorprendió al resto del planeta.

También lo percibieron con claridad los autores de "El jesuita", Francesca Ambrogetti y Sergio Rubin, quienes se reunieron numerosas veces con Bergoglio para escribir el libro. En aquel momento, según relató Rubin al diario "Clarín", el arzobispo se negó a que le tomaran una foto para la portada. "Tras días de insistirle, accedió, pero no logramos que sonriera… ¡qué diferencia con sus expresiones de ahora... ¿no?", resaltó.

Quienes estudiaron su vida destacan que en Bergoglio confluyen dos factores claves, su formación como jesuita y su carácter político forjado en los años en que estuvo cerca del peronismo. Una combinación de conocimiento amplio y profundo, apertura a los cambios, capacidad de liderazgo y cintura política.

Como arzobispo, no dudó en cuestionar al poder para defender a los desprotegidos, los pobres y las víctimas de la trata, entre otros. Esto le valió años de distanciamiento con los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y luego de su esposa y sucesora, Cristina Fernández. Discursos directos y un gesto cordial, aunque adusto.

En el Vaticano mantuvo la misma línea para impulsar un proceso de transformación profunda que aún debe superar la reticencia de los sectores más conservadores. También allí tiene sus detractores, quizás más poderosos que aquellos contra los que luchaba en Argentina. Pero avanza con una determinación que no mella esa sonrisa que lo iluminó desde su presentación en el balcón de San Pedro.

Lejos parecen incluso sus problemas respiratorios que obligaron a los médicos a extirparle en la juventud parte de un pulmón.

La vida de Bergoglio dio un cambio de 180 grados en cuestión de días.

El arzobispo y cardenal había presentado su renuncia, tras cumplir los 75 años, y ya tenía preparada su habitación en un hogar sacerdotal del barrio porteño de Flores para su retiro.

Ahora, disfruta recorrer la Plaza de San Pedro y acercarse a los fieles sin "papamóvil" blindado que lo proteja de intentos de atentados, abraza a niños, jóvenes y adultos, mantiene una intensa agenda de actividades y cautiva con sus palabras a los 1.200 millones de fieles católicos del planeta.

Aquellos primeros gestos de seguir usando sus gastados zapatos negros porteños, una cruz de plata y un viejo Renault 4 se mantuvieron a lo largo de su primer año de papado. Y su firme oposición al matrimonio igualitario en Argentina dio paso ahora a una señal de aceptación a los homosexuales: "¿Quién soy yo para juzgarlos?".

"La metamorfosis (de Bergoglio a Francisco)", afirma la revista "Noticias" en la tapa de su última edición. "Joven, histriónico y sociable, parece otro", sostiene la publicación, que abre el debate acerca de si se trata de un "estadista, marketinero, típico chanta (estafador) argentino o producto del Espíritu Santo".

El joven cura Mario Miceli, de la Arquidiócesis porteña, aseguró a la agencia dpa que Bergoglio no cambió. "Lo que todos vemos ahora en televisión es lo que nosotros veíamos en Buenos Aires, con esa alegría propia del Espíritu Santo, pastoreando la Iglesia", afirmó.

Las claves del primer año de Francisco en el Vaticano

Simpático, directo y modesto. Con su lenguaje franco, el papa Francisco ha conseguido causar revuelo más de una vez:

Sobre el papado: "Una persona que quiera ser papa no se quiere mucho. No, yo no he querido ser papa", (Durante una conversación con estudiantes de las escuelas jesuitas de Italia y Albania).



El futuro de la Iglesia. "Prefiero una iglesia magullada, golpeada y sucia porque estuvo en las calles que una iglesia enferma por haber estado confinada y aferrada a su propia seguridad", escribió en su primera exhortación apostólica, Evangelii Gaudium. El papa dijo que deseaba "una Iglesia pobre para los pobres".


Mujeres en la Iglesia. "Todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia (...) El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social, por lo que se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales", dijo en una entrevista para una revista de la Compañía de Jesús.


Divorcio y aborto.  "El confesionario no es una sala de tortura, sino aquel lugar de misericordia en el que el Señor nos empuja a hacer lo mejor que podamos. Estoy pensando en la situación de una mujer que tiene a sus espaldas el fracaso de un matrimonio en el que se dio también un aborto. Después de aquello esta mujer se ha vuelto a casar y ahora vive en paz con cinco hijos. El aborto le pesa enormemente y está sinceramente arrepentida. Le encantaría retomar la vida cristiana. ¿Qué hace el confesor?", dijo el pontífice en la entrevista.



Homosexualidad. "En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales que son verdaderos 'heridos sociales', porque me dicen que sienten que la Iglesia les ha condenado. Pero la Iglesia no quiere eso", comentó en la entrevista. Además, en el vuelo de regreso de Río de Janeiro dijo Francisco: "Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticarlo?".



Paz y solidaridad. "Estamos llamados a ver la violencia y las injusticias presentes en tantas partes del mundo, y no podemos quedarnos indiferentes, sin hacer nada (...) Existe la necesidad del compromiso de que todos construyamos una sociedad que sea realmente más justa y unida”, manifestó el pontífice duranten un rezo del Angelus tras la misa de Año Nuevo en la Plaza de San Pedro.
"La Roma del año nuevo será mejor si no hay personas que la miran desde lejos, personas que no ven la vida desde el balcón, sin comprometerse con los problemas humanos", dijo en la Nochevieja de 2013 en la basílica de San Pedro.



Refugiados. "Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de 'sufrir con': ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!", dijo el papa durante la visita a la isla italiana de Lampedusa, donde llegan cientos de inmigrantes con la esperanza de un futuro mejor. "Hoy nadie en el mundo se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; (...) vemos al hermano medio muerto al borde del camino, quizás pensamos 'pobrecito', y seguimos nuestro camino, no nos compete; y con eso nos quedamos tranquilos, nos sentimos en paz. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los otros (...) ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tiene que ver con nosotros, no nos importa, no nos concierne!".