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Bergoglio presidente

¿Hay algún “tapado” en la Argentina, con los atributos que, repentinamente, le encontramos a Bergoglio, después de que otros lo eligieron?
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En marzo del año pasado los argentinos estábamos distraídos, aturdidos, ocupados en otra cosa; o dormidos, somnolientos o bien, por apoyar la cabeza en la almohada; peleándonos o festejando triunfitos. Repentinamente, uno de nosotros fue elegido para constituirse como un líder político global. ¿Un militante? ¿Un dirigente partidario? ¿Un funcionario de carrera de la ONU? ¿Un académico? ¿Un periodista? ¿Fue un gobernante argentino el escogido? No. Fue un cura, pero no cualquiera: se trató del por entonces arzobispo de Buenos Aires y cardenal de la iglesia católica Jorge Bergoglio.

Desde el ninguneo al que fue condenado por el gobierno nacional por decisión de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, que decidieron esquivar sus homilías para evitar tener que hacerle caso o responderle, Bergoglio fue entronizado como Francisco, “el papa del fin del mundo”, en un momento crucial e inédito como fue la renuncia del anterior pontífice -Joseph Ratzinger, Benedicto XVI- y de una gran crisis interna de la iglesia católica.

La viveza criolla -más que la reacción de un estadista- generó una voltereta en el aire dentro del funcionariato: del odio y el repudio ese hombre pasó a ser un ídolo; por poco, un santo. De negarle el derecho a la opinión (y, acaso, negarlo a él mismo) y hasta acusarlo de cómplice de la más sanguinaria dictadura, los acólitos de la fe kirchnerista se subieron a un besamanos que incluye a la propia Presidenta y se desgrana hasta el más sencillo de los intendentes, en municipios que comenzaron a incluir en sus presupuestos los onerosos pero fructíferos viajes al Vaticano.

¿Quién era ese hombre antes de ser éste, al que repentinamente se admira, alaba y propone imitar? Era el mismo. Francisco es Bergoglio.

Más allá de lo que unos pueden llamar “fervor espiritual” y otros “mito religioso”, hay política, en la más sagrado acepción del término. Es probable que los muy fanáticos o los muy ingenuos renieguen de esta terminología, pero es necesaria para el análisis: Jesús fue un líder político de su época, tan revolucionario que su partida (o no, como se quiera entender su desaparición física) dio paso al mito, a la “salvación de las almas” o a la construcción del imperio católico de dos mil años de vigencia, según corresponda. Eso solo puede suceder con los hombres y mujeres “grandes”, en forma excluyente.

Y Bergoglio es (lo era antes de ser papa y lo es ahora mismo) un hombre de acción política. Supo etiquetarse partidariamente en alguna época de su vida y lo hizo enrolándose en el sector que más contuvo su formación religiosa como jesuita: el peronismo de Guardia de Hierro, la derecha más estructurada y sólida que conoció el país, probablemente. Y actuó como tal. Quienes conocen su trayectoria, los que saben del accionar histórico de los jesuitas y aquellos que acostumbran mirar con ojos analíticos cómo encaran su trayectoria los políticos en la Argentina pueden trazar una línea que une, en Bergoglio, formación teológica (que no excluye lo político), accionar político neto, desempeño institucional y conducta. El resultado es un hombre del que puede decirse, simplificando, que “donde pone el ojo pone la bala”.  "Yo soy pastor y no político; no soy Bergoglio en eso", reconoció (medio en broma, medio en serio) el año pasado Mario Poli al ser designado al frente del Arzobispado de Buenos Aires que acababa de dejar vacante el nuevo pontífice.

En ese esquema, si es abusivo en sus apariciones públicas o si es un revolucionario o no dentro de la Iglesia, son cuestiones que quedan fuera de este análisis. Si lidera un estado autoritario (como lo hace) y lo que queda de un imperio (como lo es el Vaticano), también es marginal para este apunte. Aquí queremos ver por qué Bergoglio era un “tapado” para la Argentina y resultó ser –al menos con los resultados a la vista hasta hoy, a 10 meses de su designación- un líder mundial de capacidad indiscutible y con resultados en el corto plazo, positivos, anque con gran expectativa en el mediano y largo alcance de su gestión, tanto al frente de las cuestiones de la iglesia católica (en lo religioso) como del Estado Vaticano (en lo político).

La Iglesia, en definitiva, es un movimiento además de una institución y un Estado con ramificaciones en gran parte del mundo. Salvando las distancias, puede decirse que, como el peronismo, es vertical y contradictoria y acepta una convivencia intestina de sectores democráticos y antidemocráticos, de izquierda y de derecha. Durante mucho tiempo (casi todo su tiempo, en realidad) se miró el ombligo y negó las creencias de centenares de millones de otros seres a su alrededor en el mismo mundo. Pero hoy hay un hombre que surgió desde su interior y que rompe aquellos moldes.

Así como antes se preocupaba con las situaciones de pobreza en nuestro país, lo hace ahora a escala global. Pero eso, en un aspecto simbólico. A nivel de gestor, se le reconoce aquí una fuerte disputa por los fondos que (bien o mal, esa es otra cuestión por analizar) le corresponden a la curia, mientras que se animó en el meridiano del poder vaticano a expulsar del IOR, la banca dominada hasta su llegada por la curia romana, oscura y sospechada, a blanquear sus cuentas, a someterla a los controles de los auditores de Europa y del mundo, además de expulsar al “monje negro”: Tarcisio Bertone, el ex papable poderoso, influyente y –para los más crudos observadores- hasta “maligno”.

Si bien pueden considerarse un hallazgo sus intervenciones puntuales, que lo delatan como un hombre dueño de una gran praxis táctica, Bergoglio, además, es un estratega: sus determinaciones son a largo plazo. Si no pudimos apreciarlo en la Argentina es, muy posiblemente, porque no lo teníamos a la vista. Pero llegó a ser papa cuando nadie lo esperaba, él no lo promovía abiertamente y muchos lo querían impedir. Porque si bien el rito podrá decir que la designación corre por cuenta del “espíritu santo”, los ejecutores de la elección pontificia son bien terrenales y esa entelequia toma cuerpo en los purpurados del colegio cardenalicio.

Así, en sus primeras designaciones  al frente del Vaticano, nombró a Pietro Parolin como secretario de Estado, el más joven del que se tenga conocimiento; cuando le tocó nombrar cardenales, abrió la Iglesia a Asia, África, Oceanía y Latinoamérica, dejando contundentemente afuera a una Europa decadente en varios aspectos aunque sumando a quien asomó como el más ferviente crítico a sus reformas, el cardenal alemán Gerhard Ludwing Müller. Entre otros actos de largo plazo que se enuncian casi a diario y aguardan su consolidación.

¿Hay otros “Bergoglios” sin descubrir en la Argentina?

En un país de ánimos fuertes, pero efímeros, cambiantes cada diez años, lo único sostenible a lo largo del paso del tiempo es el estancamiento de la clase dirigente.

“Es lo que hay”, se dice y se critica pero se acepta, finalmente. Aunque también es cierto que solo se mira lo que está a la vista. ¿Es posible entonces pensar que, así como Jorge Mario Bergoglio emergió desde su situación de casi “ostracismo activo” como un líder hábil e informado, capaz y decidido, haya otros “Bergoglios” todavía sin descubrir en la política argentina? ¿Cómo visibilizar a esos emergentes presuntos, con capacidad de encarar una salida política democrática en la Argentina sin tentarse con la repetición de fórmulas, esquemas y espejos de colores que nos encierran en el círculo vicioso transgeneracional?

“Si queremos ser gobernados por un argentino honesto, tendremos que hacernos ciudadanos del Vaticano”, escribió durante el último fin de semana en Twitter el publicista (y también político) Gabriel Dreyfus (@dreyfusg).

Pesimista, pero cierto, por ahora. Porque nuestro repentino descubrimiento de las capacidades que pueden resumirse en “liderazgo + decisión + gestión + honestidad” en el jefe de Estado y de la iglesia católica no puede ser disfrutado con una intervención suya en la carrera política en el país en que nació.

Tampoco puede decirse que resulte transferible su forma de actuar, que es mucho más valioso que el carisma, ese don tan superficial mediante el cual los argentinos acostumbramos a elegir a quienes nos gobiernan. Bergoglio es amigo de muchos dirigentes en el país y consejero de varios. ¿A quién se puede llamar “amigo” del sumo pontífice? Bueno, a los que lo consultaban antes de ser tan famoso y no buscaban afanosamente una foto “sí o sí”. Pero también a los que el papa llama de vez en cuando, aun sentado en la silla de San Pedro y se atreve a pedirles que le lleven alfajores hasta Roma. En el primer círculo pueden ubicarse la macrista Gabriela Michetti, el ahora massista -vía Duhalde- Ignacio de Mendiguren, Lilita Carrió y, más que ella, “su” diputado Gustavo Vera, director de la ONG “La Alameda”. Hay otros con menos vidriera: son Oscar Mangone, secretario del sindicato del gas y José María del Corral, un pedagogo que dirige el Instituto San Martín de Tours. Luego, viene el resto: Alfonso Prat Gay, Julio Cobos y un sinnúmero de referentes de otras religiones y dirigentes sociales barriales. Hasta se habla de Guillermo Moreno, su “vecino” en la embajada argentina en Roma.

Pero hay un mendocino por adopción cuyas formas de otrora a la hora de construir poder puede medirse con Bergoglio: Bordón. José Octavio Bordón se puede mirar en un espejo parecido al del papa, aunque sacándole trascendencia global por un lado y religiosidad por el otro. Las formaciones obtenidas y la estrategia de construcción de sus espacios políticos reconoce un camino semejante, aunque tal asumido con una gran velocidad prematuramente por el ex gobernador de Mendoza, hoy fuera de la exposición partidaria.

¿Por qué Bergoglio resultó ser un “tapado”? Hay muchas respuestas posibles. Por nuestra incapacidad de verlo más allá de sus atributos religiosos o por negársele, abiertamente, mostrarse políticamente, algo que genera en los argentinos, de parte de los sacerdotes, opiniones histéricas: se aprueba su intervencionismo cuando nos conviene y se la rechaza de plano cuando es contraria a nuestra concepción.

Si hay o no en los precandidatos para gobernar la Argentina en 2015 un “tapado” de la estatura del papa Francisco lo dirá el tiempo, siempre y cuando la búsqueda empiece de una vez por todas y no solo en la superficie, como hacemos cíclicamente.