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Jorge Bergoglio, el exótico papa bisagra

La elección del argentino sorprendió al mundo. ¿Cómo será la acción que podrá desarrollar desde el catolicismo este argentino?


Tras los fastos electorales de los príncipes del Vaticano, lo más importante de todo lo que sucedió en estos días es precisamente lo que no conocemos con transparencia. Sin embargo, el gobierno de la Iglesia ya no es un Tupperware como en sus casi 2000 años de existencia y si algo ha quedado claro es que el abandono del papado por parte de Benedicto XVI no ha sido un humilde llamado de Dios al recogimiento, sino un portazo contra una estructura que considera desviada de sus propósitos santos.

¿Es Joseph Ratzinger tan santo como para señalar con el dedo a una organización de semejante estructura y significado y, así y todo, salir indemne? Pagó el más alto precio: renunciar al poder. Pero desde sus habitaciones de retiro es un observador privilegiado de un proceso que provocó con su gesto: la Iglesia o se reforma o deja de ser.

Algunos analistas con acceso a información privilegiada, han señalado que la crisis que se vive en el Vaticano es inédita desde el cisma que llevó a los protestantes a construir su propia estructura. Si es cierto el dicho que “la organización vence al tiempo”, es el cristianismo quien lo ha sabido construir. Pero esa puede ser la clave del momento actual: el final de sus tiempos lo traería aparejado, precisamente, los graves inconvenientes de organización.

El nuevo papa, el argentino Jorge Bergoglio, tiene el desafío de recular y empezar de nuevo, bajo una profunda revisión interna. No se trata de fe, sino de algo bastante más mundano: que la Iglesia se acomode al mundo, como lo clamó durante tanto tiempo el fallecido arzobispo de Milán, Carlo Maria Martini, acusado desde círculos internos del Vaticano como “el antipapa” durante décadas.

Un gesto: pudiendo llamarse "Ignacio" como jesuita que es (el primero en ser papa) Bergoglio dio un primer gesto al denominarse Francisco. Los curas lo ven como una señal de humildad al recordar a San Francisco de Asís.

Señalan que Martini compitió por el papado con Ratzinger y que fue el argentino Bergoglio –jesuita, igual que él- quien convenció derivar su cadena de votos hacia el papa alemán.

El cardenal Angelo Scola dijo el año pasado, al despedirlo: “Tu palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino. De este modo, él mismo nos ha dado la clave para interpretar su existencia y su ministerio".

Intelectual liberal si lo contrastamos con el conservador Ratzinger, veremos, al revisar las palabras pronunciadas en su última entrevista antes de morir, muchas coincidencias entre lo denunciado por Martini y la letanía quejosa de Benedicto en cada uno de sus discursos de despedida.

Martini opinó sobre Ratzinger:

Me parece que la posición del Cardenal Joseph Ratzinger frente al problema de nuestra época depende, en primer lugar, de su fe y su rectitud; en segundo lugar, de su experiencia teológica y de su extraordinaria capacidad dialéctica; y finalmente, también, como para cada uno de nosotros, de su biografía. Él ha experimentado, en las universidades teológicas alemanas de los años sesenta y comienzo de los años setenta, las consecuencias de actitudes demasiado desenvueltas y fáciles, en particular de los estudiantes, hacia las riquezas de la tradición. Ha sentido personalmente la dureza de una contestación que partía de premisas incluso válidas, como la reconducción del cristianismo a su primitiva sencillez y pobreza y la preocupación por la justicia, pero que corría el riesgo de dejarse enredar, por una parte, por la política, y por otra por un olvido y casi un resentimiento hacia el camino de la gran tradición y hacia su sabiduría.

Y sus posiciones en torno al estado de la Iglesia, fueron, en síntesis:

- "Nuestra cultura se ha vuelto vieja, nuestras iglesias son grandes, pero están vacías. La burocracia de la Iglesia crece y nuestros ritos y las vestimentas que usamos son pomposos”.

- “La Iglesia necesita una transformación radical, empezando con el papa y sus obispos”.

Traducción: se necesita un “papa bisagra”

El tono eclesial es rebuscado y en la mayoría de las veces, encriptado. Se hablan entre ellos. No creen que haga falta que alguien más los comprenda. Eso les ha servido por centurias. Pero ahora hasta el Vaticano transmite por Twitter detalles de la vida interna, tentando a seguir corriendo el velo y a conocer más. De hecho, hasta un grupo de católicos nucleados en la ONG Change.org piden “primarias abiertas” para elegir a los futuros papas: democracia le llaman a eso desde el Vaticano en sus documentos cuando critican la política interna de los países en los que su existencia es reconocida.

En medio del cotillón alrededor de la elección de una nueva conducción, el desafío que tendrá Francisco I es llevar adelante un nuevo Concilio.

Hasta se llegó a hablar de la necesidad de que haya dos papas en simultáneo: uno que conduzca las cuestiones religiosas y otro, las correspondientes al Estado Vaticano. De hecho, la gran concentración de tareas, actualmente, está en lo estructural: la Iglesia es un Estado y lo es en la castigada Europa. Sin embargo, su banca no se ajusta a la reglamentación europea ni mundial y, por lo tanto, goza de una “coronita” que ya ningún otro Estado aguanta. En el IOR –el Banco Vaticano- cualquier terrorista o mafioso, si lo quisiera, podría operar sus cuentas en negro. Ratzinger, durante su papado, intentó ajustarlo a la normativa de la eurozona, pero obtuvo una gran resistencia de la curia romana.

De allí su “cansancio”, alimentado, además, por los documentos robados de su despacho que dieron origen al VatiLeaks. No bien se filtraron unos papeles secretos, toda la estructura milenaria se vino abajo. El papa ordenó una investigación y sus resultados, aparentemente, según lo que traslució la prensa italiana, fueron terribles. Es que Benedicto investigó no sólo cómo se robaron los papeles, sino si lo que se había publicado en torno a altos funcionarios de la curia con prácticas homosexuales y nucleados en lo se llamó como un “lobby gay”, desmanejos financieros y cuestiones así de difíciles de explicar.

El nuevo papa enfrenta una crisis de la que ningún católico tiene memoria. Superior –se indica- a la vivida en el siglo pasado en la que “solo” era financiera: hoy abarca a todos los aspectos de la Iglesia y el Estado.

Y al enfrentarla, lo hará bajo el escudriñamiento cercano de un papa que está vivo y que es el denunciante del desmadre. Porque en el Vaticano nada es lo que parece y si nos dicen que se está “orando” para saber qué hacer, lo que en realidad está sucediendo es un contubernio, bien terrenal. Como dijo el vaticanólogo Eric Frattini a MDZ, “esperan el dictamen del Espíritu Santo, pero ¿qué es el Espíritu Santo? Es una buena dosis de política”.