Cuando todo queda sujeto al efecto de una bomba atómica
El plan nuclear iraní logró que las negociaciones entre palestinos e israelíes pasen a un segundo plano y redireccione la agenda de Medio Oriente. Si el presidente de Irán Mahmud Ahmadineyad consigue su arma nuclear, no quedará mucho espacio para hablar de paz. Hamás, Hizbollah y una mecha que puede prenderse en cualquier momento.
De pronto, una bomba atómica puede terminar con todas las especulaciones. Y ahí sí, ya no habrá lugar para análisis ni proyecciones sobre lo que depara el 2011.
El desarrollo del plan nuclear iraní imprimió a Medio Oriente la inestabilidad que no había tenido ni aún con décadas de enfrentamientos entre árabes e israelíes. La posibilidad de que las fuerzas comandadas por el presidente Mahmud Ahmadineyad (brazo político del régimen de los ayatolas) puedan contar con un arma de destrucción masiva semejante preocupa a Israel y asusta al resto de los países de la región.
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En Israel, a nivel popular, lo que más preocupa no es la verborragia de Ahmadineyad. Lejos de vivir en un estado de paranoia constante, la discusión se centra por saber cuáles serán las acciones que el gobierno llevará adelante para evitar que Irán se convierta en potencia nuclear.
“En principio, vamos a seguir esforzándonos en el campo de la diplomacia para que se endurezcan las sanciones internacionales contra Irán”, aseguró Daniel Ayalon, vicecanciller israelí en una rueda de prensa con periodistas latinoamericanos.
De no resultar, pocos verían con desagrado en Israel una acción militar, ya sea con armas convencionales o nucleares. Sería la última carta a jugar, cuando ya se trate de todo o nada, por una cuestión de supervivencia. Y allí entran en juego diferentes variantes: si es conveniente que Israel lleve adelante un ataque preventivo, si no debiera ser Estados Unidos quien encabece ese operativo para evitar más fricciones entre Israel y el mundo árabe o si los países de la región –tal como se informó en el sitio WikiLeaks- están pidiendo a gritos a través de cables diplomáticos que alguien ponga fin a las ambiciones de poder y excentricidades de Ahmadineyad. Porque si Irán consigue la bomba, salvo Israel -que estará en condiciones de responder de igual a igual-, el resto de Medio Oriente quedará cooptado.
En Israel, el tema iraní es el principal debate de agenda en la opinión pública, muy por encima de la posibilidad de la creación de un Estado Palestino. Todos saben que tarde o temprano eso ocurrirá, y que la Cisjordania (o regiones de Judea y Samaria) se convertirá en un país independiente, aunque está claro que no dependerá de las expresiones de deseo de países como Argentina, Brasil o Bolivia, que reaccionaron de manera improvisada frente a los pedidos del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas. Reconocer a un país que no existía en 1967 y reclamar el uso de unas fronteras que no aparecían en ningún mapa fue parte de un error de parte de quienes trazan las políticas internacionales en Sudamérica, poco preocupados por controlar los vuelos directos y sin control entre Teherán y Caracas.
Abbas decidió cambiar su estrategia. En lugar de una negociación directa con Israel, busca el apoyo internacional para que el Estado Palestino sea reconocido y, desde ese lugar, presionar al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu en las enfriadas conversaciones –gran responsabilidad de Estados Unidos- para llegar a un acuerdo final.
La discusión en este punto no pasará tanto por el intercambio mutuo de territorios. Metros más, metros menos, todo es negociable, y eso incluye hasta la posibilidad de que algunos barrios de Jerusalem pasen a formar parte de un futuro Estado Palestino. La cuestión de fondo estará enfocada en el verdadero poder que tendrá Al Fatah –partido al que pertenece Abbas- frente a una declaración de independencia y el retiro de todo apoyo estratégico de Israel.
La duda es si logrará mantenerse en el gobierno o si, como pasó en la Franja de Gaza, sucumbirá ante el poder de Hamás, organización política y armada con un fuerte apego al terrorismo, que, como Irán –y financiada por Irán-, promueve la desaparición del Estado judío.
El 2011 se presenta como un año para nada tranquilo en la zona más álgida del planeta. Y en cuestión de días podrían verse los primeros chispazos, cuando un tribunal internacional entregue el resultado de la investigación por el atentado en el que murió el ex primer ministro libanés Rafic Hariri.
Todo apunta a que la responsabilidad caerá sobre la organización chiita Hizbollah –otra organización política, armada y de raigambre terrorista-. Y cuando eso ocurra, es probable que la reacción sea desacreditar el fallo, culpar a Israel de influir al tribunal y comenzar una nueva ronda de ataques desde el sur del Líbano; siempre, bajo la supuesta anuencia de Siria e Irán. Si esos vaticinios se concretan, entonces habrá una respuesta israelí, y nadie puede asegurar hasta dónde puede llegar esa nueva escalada bélica.
“En principio, vamos a seguir esforzándonos en el campo de la diplomacia para que se endurezcan las sanciones internacionales contra Irán”, aseguró Daniel Ayalon, vicecanciller israelí en una rueda de prensa con periodistas latinoamericanos.
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En Israel, el tema iraní es el principal debate de agenda en la opinión pública, muy por encima de la posibilidad de la creación de un Estado Palestino. Todos saben que tarde o temprano eso ocurrirá, y que la Cisjordania (o regiones de Judea y Samaria) se convertirá en un país independiente, aunque está claro que no dependerá de las expresiones de deseo de países como Argentina, Brasil o Bolivia, que reaccionaron de manera improvisada frente a los pedidos del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas. Reconocer a un país que no existía en 1967 y reclamar el uso de unas fronteras que no aparecían en ningún mapa fue parte de un error de parte de quienes trazan las políticas internacionales en Sudamérica, poco preocupados por controlar los vuelos directos y sin control entre Teherán y Caracas.
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La discusión en este punto no pasará tanto por el intercambio mutuo de territorios. Metros más, metros menos, todo es negociable, y eso incluye hasta la posibilidad de que algunos barrios de Jerusalem pasen a formar parte de un futuro Estado Palestino. La cuestión de fondo estará enfocada en el verdadero poder que tendrá Al Fatah –partido al que pertenece Abbas- frente a una declaración de independencia y el retiro de todo apoyo estratégico de Israel.
La duda es si logrará mantenerse en el gobierno o si, como pasó en la Franja de Gaza, sucumbirá ante el poder de Hamás, organización política y armada con un fuerte apego al terrorismo, que, como Irán –y financiada por Irán-, promueve la desaparición del Estado judío.
El 2011 se presenta como un año para nada tranquilo en la zona más álgida del planeta. Y en cuestión de días podrían verse los primeros chispazos, cuando un tribunal internacional entregue el resultado de la investigación por el atentado en el que murió el ex primer ministro libanés Rafic Hariri.
Todo apunta a que la responsabilidad caerá sobre la organización chiita Hizbollah –otra organización política, armada y de raigambre terrorista-. Y cuando eso ocurra, es probable que la reacción sea desacreditar el fallo, culpar a Israel de influir al tribunal y comenzar una nueva ronda de ataques desde el sur del Líbano; siempre, bajo la supuesta anuencia de Siria e Irán. Si esos vaticinios se concretan, entonces habrá una respuesta israelí, y nadie puede asegurar hasta dónde puede llegar esa nueva escalada bélica.




