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La gente se acostumbra a vivir en la tragedia y espera ayuda

La gente acude masivamente a comprar alimentos de primera necesidad. Hay colas para cargar combustibles. Algunos decidieron dormir en plazas por precaución y temor a un nuevo temblor y otros lo hicieron porque se quedaron sin techo. Grandes edificios, con sus estructuras debilitadas y un paisaje desolador. Fotos y videos con testimonios.

Mientras el número de víctimas creció de 300 a más de 700, Chile continúa la jornada entre el rescate y la represión; entre las muestras de solidaridad y la curiosidad por obtener una imagen de los escombros.

A medida que van pasando las horas, y el susto va disminuyendo como las réplicas, van surgiendo las historias de la catástrofe.

En Iloca, un balneario al sur de Valparaíso, una fuerte marejada barrió con toda la costa. Por fortuna, los pobladores habían alcanzado a escapar a tiempo hacia los cerros. Menor fortuna tuvieron los animales del circo que se encontraba a metros de la playa. Las inmensas olas hicieron desaparecer las carpas, las jaulas y los juegos de atracciones.

En la comuna de Maipú, colindante al casco histórico de Santiago, un edificio inaugurado hace cinco años sucumbió al movimiento sísmico. Contemplarlo, daría la pauta de que uno se encuentra ante una obra surrealista, por las formas retorcidas de los balcones, las rejas, los vidrios y las paredes. Sin embargo, nadie puede sustraerse de los vecinos que quedaron en la calle, sin poder sacar la mayor parte de sus pertenencias.

Tampoco puede evitar la buena cantidad de curiosos que se acercan a los edificios Bailén a tomar una fotografía del desastre, mientras los vecinos se turnan para cuidar las pocas pertenencias que les han quedado.

A metros, una madre llora mientras su hijo se queda mirando a través de la reja cómo el techo de su escuela primaria, con el apellido del libertador ´O Higgins, ha cedido sobre las escaleras.

En el casco histórico se pueden ver a varios evacuados. No por nada esa zona alberga los caserones más antiguos, que presentan resquebrajaduras importantes y se encuentran cercadas por cintas amarillas de seguridad. A lo largo de la Alameda la panorámica se repite, con pequeños escombros que han caído de casas, iglesias y locales comerciales. El patrimonio histórico fue uno de los más vapuleados: el museo de Bellas Artes, una estructura imponente, tuvo que ceder parte de su antigua fachada al sismo.

No muy lejos de allí, se alza el imponente Titanium, un edificio vidriado, una de las torres más altas de Sudamérica, según indicaron. La torre de cristal resistió en pie, pero uno de sus balcones se encuentra pendiendo sobre el vacío. Enfrente de este rasacacielos, se alza otro edificio soberbio que también tiene una íntima historia de catástrofe: “Hace unos años hubo un incendio desde la mitad de la torre hacia arriba. Como no podían escapar porque no había salidas de emergencia, la gente se tiraba por las ventanas”. 

 
Los que ya no pueden ingresar a sus viviendas, han tenido que pasar dos noches ya al aire libre, resguardados en carpas, y obteniendo de los vecinos lo más preciado: botellones de agua.

A medida que pasan las horas, Santiago va recuperando el aliento después del susto. Cada tanto hay una réplica, pero lo que más importa ahora es aprovisionarse. Los supermercados han vuelto a abrir sus puertas y han colapsado, como los puentes de la avenida Vespucio que cayeron sobre una tanda de vehículos en la madrugada del sábado.

La gente acude en masas a comprar y abastecerse, mientras zonas de la urbe santiaguina todavía siguen sin luz y sin gas. Otra señal de recupero lo reflejan las largas colas para cargar combustible. El problema no es que no haya “bencina”, sino que debido a los cortes de luz las máquinas expendedoras no pueden cargar ya que son eléctricas.

Testimonios de las gente

Mirá la cola para cargar combustible