La frontera con el Líbano en estos raros tiempos de paz
Es el punto extremo. De ahí en más, nadie puede continuar. El paso está cerrado. Y sólo hay espacio para los patrullajes de las fuerzas de la ONU y del Ejército de Israel. Porque del otro lado del cartel que marca la prohibición de tránsito, está el sur del Líbano, controlado exclusivamente por Hezbollah, grupo radical islamista que convierte a esa porción de planeta en algo impredecible. En cualquier momento algo puede pasar.
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Hoy, el panorama es otro, pero la tensión sigue vigente. Alcanza con agudizar un poco la vista por encima de la cerca de seguridad para comprender que basta con un movimiento en falso para desencadenar una escalada bélica. A los lejos, sobre una ruta libanesa, se puede ver un cartel grande con la cara de Gilad Shalit, el soldado israelí secuestrado por Hamás el 25 de junio de 2006 y todavía cautivo.
Si eso ocurre, tal como está planteado todo en este momento, nadie intercederá. Los cascos azules españoles que controlan el área limítrofe no dan garantías y sus actuaciones han sido severamente cuestionadas luego de la escaramuza que en agosto terminó con cuatro muertos: un coronel de ejército de Israel, un periodista y dos soldados libaneses. Hay quienes aseguran que a pesar de haber notado la presencia de francotiradores de Hezbollah, los españoles de FINUL no hicieron nada para evitar un choque armado.
El lugar está monitoreado con cámaras, sensores de todo tipo y seguimiento satelital. La inversión en tecnología busca reducir la presencia militar por una cuestión de imagen y mantener a una unidad de acción rápida por si se necesita una respuesta armada efectiva.
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Los soldados se movilizan en Hummers y aparecen como de la nada cuando alguna muchedumbre se pone a curiosear la zona de frontera. En parte lo hacen por seguridad y en parte –da la sensación- por estrategia de markentig.
Llegan, estacionan, se bajan con armas largas y se instalan en el lugar. No les hace falta preguntar nada. Saben que si el encuentro es con turistas, serán ellos los interrogados. Y sacan provecho de eso, casi como adolescentes. Posan para las fotos y aprovechan ese momento de recreo para hacer relaciones públicas. Es el momento en que el conflicto se humaniza. Hay intercambio de ideas, comentarios, chistes y cruce de saludos. Es tiempo de paz –al menos por el momento- y hay que aprovecharlo.
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Cómo ganar una guerra
Unos kilómetros antes de llegar a Metula se encuentra Kiryat Shmona, la ciudad israelí más castigada por los ataques de Hezbollah. Fueron más de 2.000 misiles los que cayeron entre la población civil de 24 mil habitantes.
A pesar de eso, la gente intentó no cambiar el ritmo de vida. Y si bien pareció un objetivo imposible, “era la única manera de no caer en los planes del terrorismo. Lo que buscan es alterar nuestro estilo vida. Y por eso se tomó la decisión de arreglar todo inmediatamente después del cese del fuego. Es cierto que durante un mes no vivimos, que hubo muchos evacuados y que la ciudad estuvo paralizada. Luego de eso, llegó el momento de revivir”, señaló Haim Barbivay, el alcalde de la ciudad durante la guerra.
En poco tiempo, Kiryat Shmona pareció olvidar los misiles. Su fisonomía cambió y la reconstrucción se hizo efectiva. Para el Estado, esos trabajos forman parte de sus responsabilidades, y van de la mano de la puesta en marcha de una política que podría denominarse de “escombros cero”.
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El campus del “Tel Hai College” es un ejemplo concreto de esta manera particular de superar un bombardeo. Comenzó a edificarse en 2006, unos días después de la tregua con Hezbollah, en el mismo lugar que había sido utilizado por la artillería israelí para responder el fuego hacia el norte. Dos años más tarde, la primera etapa estaba finalizada.
“Tel Hai” (monte de la vida, en hebreo) es uno de los centros de estudios más importantes del país. Uno de los objetivos propuestos por sus docentes es impulsar, a partir de su cercanía con la frontera (desde la puerta de ingreso se pueden ver las casas de una aldea libanesa), el diálogo entre estudiantes israelíes de origen judío y de origen árabe.
En la actualidad, cerca de 4000 estudiantes forman parte de la población de “Tel Hai”. De ellos, el 70 por ciento proviene del centro del país y responde a la tentación que significa convertir a la ciudad que fue blanco de los ataques en uno de los puntos más importantes de desarrollo israelí. Promocionar y apoyar los estudios en las zonas de frontera es un concepto que aquí forma parte de las políticas de Estado, sin importar que el gobierno sea de izquierda o de derecha.
“Buscamos que los estudiantes se queden aquí. Queremos que terminen sus estudios y tengan la posibilidad de trabajar en la ciudad”, reconocen las autoridades del college.
La ubicación del centro de estudios es clave. Puede considerarse que es parte de una fórmula de defensa no convencional; de una estrategia superadora a cualquier ambición bélica en la región. De demostrar que, si alguien está dispuesto a invertir cerca de 100 millones de dólares en infraestructura educativa, es porque definitivamente apuesta a la paz.