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El país de las tres caras

Las diferencias ideológicas y religiosas dentro del Estado de Israel marcan también su ritmo de vida. Ciudades laicas, ciudades para musulmanes y ciudades para judíos muestran el mismo deseo de desarrollo constante. Fotos y videos.

Tres es uno. Ese es el Estado de Israel. Así es la única manera de analizar un país cuya situación cambia radicalmente según desde qué perspectiva se lo analice. Es el territorio lleno de conflictos con sus vecinos árabes y palestinos, y amenazado constantemente por el deseo de exterminio explicitado por los líderes iraníes. Es el mismo territorio donde conviven judíos y musulmanes bajo una misma nacionalidad, con divisiones políticas, religiosas, culturales y económicas. Y es el mismo país del primer mundo, con infraestructura y servicios acordes al alto porcentaje del PBI que el gobierno destina a la educación y al desarrollo y a la investigación científica y tecnológica.

Esas tres realidades son, además, una fuente inagotable de dilemas éticos y morales. Cada decisión y cada determinación tomada y ejecutada por Israel tendrá una connotación especial; a favor y en contra. Pero será, siempre, argumento válido para sus detractores.

El primer día del curso “Medios de Comunicación en zonas de conflicto”, dictado en el campus universitario de Beit Berl -en la ciudad de Kfar Saba-, se centró en este punto-; en la necesidad de entender a Israel desde Israel y no a través de las imágenes que, de manera caprichosa, entran por la tele. ¿Y cómo se hace eso? Conociendo a su gente y a sus lugares.

Kfar Saba es una ciudad realmente pintoresca. A sólo 15 kilómetros del Mar Mediterráneo,  judíos y árabes comparten la vida cotidiana sin mayores inconvenientes, en una región que se destaca por su calidad educativa. Está ubicada en el centro del país, a muy poca distancia de la zona llamada Cisjordania, donde se impone el alambrado de seguridad y el muro que divide al Estado de Israel de los territorios controlados por la Autoridad Nacional Palestina.

De este lado, el muro es sinónimo de seguridad. Es una barrera efectiva para evitar que hombres-bomba lleguen a Kfar Saba a suicidarse en espacios públicos, y para frenar los ataques con disparos que sufrían los automovilistas que transitan la autopista.

De aquel lado, el muro es el símbolo de la opresión; de violación a los Derechos Humanos de miles de palestinos que, aun siendo opositores a los ataques terroristas y a las expresiones del fundamentalismo, tuvieron que cambiar su estilo de vida de manera abrupta por la seguridad que el gobierno de Israel decidió llevar a su pueblo.


Israel también tiene tres tipos de ciudades. Unas son laicas y mixtas, donde israelíes judíos e israelíes musulmanes experimentan todas las sensaciones que lleva implícita la palabra “convivencia”. Viven juntos, se respetan y buscan un progreso en común.

Luego aparecen las ciudades exclusivas, vinculadas directamente con la práctica religiosa. Así se llega a Tira, localidad ubicada en la parte central, con población exclusivamente de ascendencia árabe y de clase media.

Su ritmo de vida no tiene nada que ver con las imágenes de Israel que suelen llegar por las agencias internacionales de noticias. La inseguridad urbana es poca o directamente no existe. Y todas las medidas de prevención están a cargo de la Policía israelí en colaboración con la Policía Comunitaria de los municipios.

Así, por ejemplo, es fácil encontrar a Muhamad, el responsable del área de Desarrollo Social de Tira y colaborador de alto rango en temas de seguridad.

A pesar de tener población solamente árabe, Tira no es una ciudad sitiada o cerrada. El intercambio cultural con el judaísmo es permanente, y se potencia sábado a sábado cuando más de 20 mil personas llegan para hacer compras en el mercado de pulgas. El número es más que significativo si se tiene en cuenta que Tira tiene poco más de 25 mil habitantes.

Muhamad no reniega del Estado de Israel; al contrario, se siente orgulloso y dice que es un prestigio poder salir del país con pasaporte israelí. Y asegura que, más allá de los nombres que le pongan a la tierra en la que vive, ese siempre será su lugar.

“Mis abuelos vivieron aquí, mis padres vivieron aquí y yo siempre voy a vivir aquí. No importa si se llame Israel y Palestina”, asegura, y luego se apresura a hacer una aclaración cuando le preguntan por algunas costumbres características del islamismo, como la poligamia: “Nosotros vivimos en el Estado de Israel. No sólo cumplimos las leyes israelíes, sino que las hacemos cumplir. Y aquí no se permite la poligamia. Además, con una sola me alcanza”, bromea.


Las construcciones en Tira y en la mayoría de las poblaciones árabes muestran sus techos a medio terminar. No se trata de una falla en la arquitectura, sino que responde a la costumbre de edificar segundas y terceras plantas para que puedan vivir los hijos cuando tengan edad de independizarse.

Al igual que en el resto del país, la educación es el tema más importante. Los chicos asisten a la escuela formal obligatoria y buscan ingresar a las universidades israelíes; la mayoría –y por alguna extraña razón- prueban suerte en medicina. Y si no logran entrar, harán la misma carrera en Europa.

Ese es uno de los reclamos concretos por parte de las autoridades árabes. Entienden que, si ellos representan el 20 por ciento de la población total del país, deberían tener ese cupo en las vacantes universitarias. Lo mismo ocurre con el derecho a la tierra: quieren que el gobierno central preste más atención a sus necesidades habitacionales; especialmente, a partir de la demanda de los más jóvenes.

Israel es un Estado muy joven. Suelen decir que los 62 años que pasaron desde su independencia no es más que una adolescencia. Y como tal, sigue creciendo, con equivocaciones y aciertos.

Como parte del crecimiento, se planifica la construcción de nuevas ciudades. Es una medida que va respondiendo a la realidad demográfica del momento y que tiene por objeto evitar que se formen anillos de pobreza en los grandes centros urbanos. El objetivo es tentar a los más jóvenes para que se animen a mudarse, con propiedades a precios módicos y el desafío permanente de crecer junto con la ciudad.

Así, en 1999, nació Elad, un sitio ubicado muy cerca de Tira, pero con una diferencia notable: allí viven únicamente judíos ortodoxos, considerados los “guardianes” del judaísmo por ser los responsables de mantener intactas las costumbres y respetar celosamente los preceptos dictados en la Torá (Antiguo Testamento).



Ni los judíos ortodoxos ni los árabes están obligados a hacer el servicio militar. Los primeros, porque, como afirma los rabinos durante el festejo del segundo día de Hannuka (fiesta de las luminarias), “si queremos más, no nos hace falta tener armas. Nosotros sabemos rezar”.

Para los árabes, el tema es más complicado. Aquel joven que decida ingresar al Ejército puede ser considerado un traidor por sus pares. Y en caso de superar ese trauma, existe un preconcepto dentro de las Fuerzas Armadas, y se duda si verdaderamente será leal al país.

Esta es la realidad de un país cuya extensión geográfica, si se compara con Mendoza, resulta notablemente más chica. Una porción de tierra que acuna una amplia variedad de culturas, con proyectos en común, con profundas diferencias ideológicas y políticas y con un desarrollo permanente. Esto es Israel.