Gilad Shalit, el soldado secuestrado que conmueve a todo el país
La pulsera de tela amarilla se está convirtiendo en un ícono de libertad. Es la manera con que el mundo se solidariza y espera que el soldado israelí Gilad Shalit, secuestrado por el movimiento Hamás el 2 de junio de 2006, pueda reencontrarse con su familia y dejar atrás casi cinco años de cautiverio. Nadie que entre en la carpa montada por la familia de Gilad frente a la residencia del Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, puede irse sin la pulsera y sin desear que el martirio termine.
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Noam y su esposa Aviva son los protagonistas exclusivos de la carpa. Están sentados de manera estratégica, como siempre. Separados sólo por una silla entre ambos, que lleva la leyenda “reservado para Gilad Shalit”. Y refleja –más que una expresión de deseo- la convicción de que algún día su hijo volverá a estar con ellos.
Hasta el momento, las negociaciones más importantes fueron encaminadas por allegados al gobierno alemán y al francés, ya que el Shalit también tiene ciudadanía francesa y el caso es seguido de cerca por el presidente Nicolás Sarkozy.
Para Noam, “la mayoría de la gente quiere que el Primer Ministro haga todo lo que tenga que hacer para liberar a mi hijo”.
En este punto, se abre una fuerte discusión en la sociedad israelí. La principal demanda hecha por los secuestradores para devolver a Gilad se centra en el intercambio del soldado por más de mil palestinos acusados de diferentes crímenes en Israel y actualmente presos. Entre ellos, aparecen personajes que ya han sido juzgados y a quienes se los encontró responsables de atentados terroristas que causaron muchas muertes en este país.
A partir de allí, hay quienes sostienen que si Israel accede a esas peticiones, no sólo mostrará debilidad, sino que abrirá la puerta para que grupos fundamentalistas apelen a los secuestros de soldados para luego convertirlos en cartas de negociación.
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En estos cuatro años y medio, y a pesar de los diferentes pedidos hechos por organismos internacionales, Hamás impidió que ingresara ayuda humanitaria para verificar el estado de salud del soldado que fue raptado cuando tenía 19 años y estaba haciendo el servicio militar.
De todos modos, “yo estoy segura de que está vivo y de que sabe lo que estamos haciendo por él”, afirma Aviva, con un tono de voz mucho más suave, más dulce y más cerca del quiebre que el de su esposo.
En los últimos meses, el caso de Shalit se convirtió, según su padre, en recurso para la guerra psicológica por parte de los enemigos de Israel. Videos parodiando al efectivo secuestrado, carteles provocadores en el sur del Líbano y “hasta obras de teatros en las plazas de Gaza son utilizadas para burlarse. Pero no vamos a entrar en ese juego”.
El padre de Gilad marca una diferencia. Para él, hay que dejar en claro que lo sucedido con su hijo no modifica en nada su postura sobre los derechos del pueblo palestino: “No tengo por qué odiar a la gente, porque ellos también son rehenes en Gaza. En cambio, con los líderes de Hamás, sí tengo una cuenta pendiente”.
Al momento de la publicación de esta nota, Gilad Shalit lleva 1.634 días cautivo.



