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Cuando de un lado y del otro hablan de paz, de verdad

Un alcalde israelí y un gobernador palestino trabajan por afuera de las negociaciones formales. Se propusieron que las ciudades que administran crezcan juntas para que los habitantes de un lado y del otro tengan las mismas posibilidades de progreso. Un ejemplo para demostrar cómo imponer la razón frente a las posturas fundamentalistas.
“No puede ser que haya dos pueblos y que uno sea el conquistador y otro el conquistado. No puede ser que uno sea rico y otro sea pobre”.

Con esa frase, Daniel Atar, alcalde de la región de Gilboa (Israel), convenció a Qadoura Mousa, gobernador de Jenín (Autoridad Nacional Palestina), de que un proceso de paz diferente era posible. Que debían comenzar juntos como vecinos a modificar una realidad radicalmente opuesta de un lado y del otro de la cerca de seguridad construida por Israel para evitar ataques terroristas durante la segunda Intifada.

Hoy, Mousa y Atar comparten el mismo restorán y toman café para resguardarse del viento frío y de la tormenta eléctrica que -por fin- dieron a Israel el invierno lluvioso tan esperado. Hablan de los objetivos en común y sueñan con llevar el modelo de diálogo y convivencia al resto de las poblaciones que comparten zona fronteriza.

“Si nosotros pudimos, no veo impedimento para que otros no lo hagan. En Gaza, inclusive, es posible”, señala el dirigente palestino.

Para el alcalde israelí, una de las metas iniciales es equiparar el nivel de vida de los ciudadanos de Jenín con los de Gilboa. Para que eso suceda, el punto clave debe ser apuntar la política de desarrollo hacia el lado palestino, con problemas estructurales que deben ser atendidos a partir de políticas conjuntas.

El plan diseñado consta de dos partes. Primero: la puesta en marcha de un parque industrial que funcione a ambos lados de la frontera, con administraciones independientes, pero con lineamos consensuados. El segundo paso busca vender a toda la zona como un polo de atracción turística, para mostrar los atractivos que Jenín y Gilboa tienen para ofrecer. En principio serían tours de cuatro días para pasar dos en cada localidad. Está pensado como una inversión que originaría miles de puestos de trabajo a corto plazo.

Según los cálculos estimados, la presencia de 100 mil turistas serviría para bajar la desocupación del lado palestino en un 30 por ciento. La prueba piloto ya se realizó en 2009, cuando luego de presionar a los gobiernos centrales se logró abrir un paso entre Jenín y Gilboa sin tantas restricciones. En cuestión de días, la desocupación en los territorios administrados por Mousa pasó del 48 por ciento al 32 por ciento.

Se trata de un paso que tiene gran significado histórico. Por allí pasó Jesús de Belén a Nazareth; por allí pasaron miles de musulmanes en su peregrinación a la Meca, y por ese lugar miles de judíos llegaron a Jerusalem. Y ha sido el mismo lugar por el que, en los últimos años, más de 4.000 mujeres cruzaron para conocer a los hombres que se convirtieron en sus esposos.

Mousa y Atar dejaron atrás importantes diferencias personales. El primero estuvo preso durante 12 años por estar ligado con la primera Intifada y ser considerado un enemigo del Estado de Israel. El segundo, formó parte de los cuerpos de elite del Ejército durante la década del ‘80.

Entre los dos hacen que todo parezca tan simple, que resulta increíble que Medio Oriente sea una de las zonas más conflictivas del planeta. Se tiran elogios, procuran no verse afectados ni influenciados por movidas políticas y reconocen que no hubo vez en que una discusión no haya terminado en un acuerdo entre ellos.

El trabajo conjunto comenzó hace tres años, casi en el anonimato; con resultados positivos sólo conocidos entre funcionarios y ciudadanos de ambas regiones y sin que eso repercutiera entre los negociadores palestinos e israelíes a la hora de comandar las postergadas negociaciones para lograr un acuerdo de paz definitivo.

La razón de estas diferencias estratégicas podrían encontrarse en la distancia que existe entre los principios del partido Laborista al que pertenece Daniel Atar y la política del primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, miembro del Likud, identificado y aliado con la derecha. A eso se agrega el rechazo del gobierno de la Autoridad Nacional Palestina para sentarse a conversar sin poner condicionamientos previos.

“Es cierto que nuestro proyecto no tiene gran repercusión en los medios. Está claro que lo que más vende es la sangre, por encima de cualquier modelo que busca la paz”, reconoce Atar.

Para Mousa, “si todos fuesen como Dani, mañana mismo firmaríamos la paz”.

Las demandas desde el lado israelí son casi inexistentes. Están convencidos del trabajo que realizan y apuestan a esa fórmula para ganar en seguridad y desarrollo económico y social.

En Yenín, el panorama es similar, aunque con la necesidad imperiosa de que no sólo los pobladores de Gilboa reconozcan los límites establecidos antes de la Guerra de los Seis días (en 1967). Están convencidos de que únicamente de esa manera, reconociendo los derechos de unos y otros, lograrán respeto mutuo. Y, al igual que los funcionarios de Gilboa, saben que sólo habrá paz si existen dos Estados para dos pueblos. Porque saben que comparten el aire, el agua y que, como aseguran una y otra vez, “vamos a hacer la paz por nuestros hijos y por los hijos de los israelíes”.