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Bolivia y el levantamiento de aquellos que siempre la pasaron mal

El autor visitó Bolivia y dialogó con oficialistas y opositores. También compartió la opinión de quienes transitan anónimamente la vida diaria en la ciudad de La Paz. Aquí, sus impresiones personales sobre la situación política de ese país, hoy.
Foto: MDZ
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“Probablemente, si me hubiera ido bien en la vida, yo también estaría en contra de Evo; pero me fue mal. Y estoy a muerte con Evo”. Roberto Chanamán nació al norte de La Paz, Bolivia, y tuvo la posibilidad de tener algunas hectáreas de bosque y explotarlas. Pero las grandes empresas lo hicieron por él, dejándole un terreno yermo y nada en los bolsillos. Roberto hoy conduce un taxi que lleva a la gente desde La Paz hasta El Alto y luego baja esos mil metros que hay de vuelta. Una y otra vez. Todas esas veces maldice su pobreza y la de tantos otros. Pero agradece no haberse equivocado por votar, sostener y defender al gobierno de Evo Morales.

Su cuenta es clara y sencilla. Aimara “puro, purito” de nacimiento, apenas pudo llegar al tercer grado de escolaridad formal. “Ellos –los partidos tradicionales, dice- hicieron todo lo posible para que esto hoy pase. Son, digamos, los culpables de Evo”.

El taxista da cuenta de sus principales aspiraciones: un gobierno que gobierne para todos y no solo “para los ricos”, un buen control de ese gobierno y las posibilidades de que gente que nació pobre, por lo menos, estudie.

“Nada de eso –acota- lo hemos visto a lo largo de los años en Bolivia. Y cada vez que entraba un gobierno, no hacía más que lo mismo que el anterior. Nos cansamos”.

Aquí, la pausa para las preguntas.

¿Será que cientos de años después de aquella revolución de los jacobinos habrá que ponerse a pensar en que hay que mirar con más atención otras revoluciones?

¿Será que lo que está pasando en Bolivia es un momento fundacional de una nueva forma de República?

Por lo menos, así lo sostienen sus impulsores, aquellos que hablan de la “refundación” de este país. Allí, una nueva Constitución determina que el país es un conjunto de naciones indígenas.

El nuevo texto plagado de inconvenientes para su implementación, pero producto de los más álgidos debates y discusiones con una resonancia de 500 años en cada uno de los temas abordados, establece que, además de los tres poderes tradicionales de la vieja República francesa hay dos más: tienen por protagonistas al pueblo organizado.

Lejos de ser revanchista –como muchos advirtieron que podía suceder- la nueva Ley de Leyes es amplia y pluralista y los mayores escollos no están en su texto, sino en las reales posibilidades de implementación.

Es que los vicios de la vieja República no son erradicados tan solo con la sanción de una nueva Carta Magna. El principal problema de Bolivia no parece ser hoy el reemplazo de los partidos por los movimientos sociales en el poder, tal como es el modelo impulsado por Evo Morales, sino los casos de corrupción y el debate interno del propio gobierno.

Hacia adentro del poder, nunca hubo hegemonía: se trata de una serie de movimientos sociales, gremiales y políticos en tensión. Ideológicamente, son un abanico de la izquierda boliviana. Económicamente, el gobierno de Morales es subsidiario de una Venezuela a simple vista diferente y de un Brasil en donde la permanencia del moderado Lula garantiza también el soporte del otrora camarada gremialista Evo en la cima del poder.

La sentencia de Roberto, el taxista, termine siendo un asidero desde el punto de vista de la ciencia política. “Si a muchos más bolivianos les hubiera ido mejor, tal vez Bolivia no conocería a Evo”.

Pero hoy, Bolivia lo conoce y lo sostiene. No le permite más que una sola reelección. Y no es el único e insustituible, como ocurre con Hugo Chávez, el mandatario al que suelen adosar su imagen y gestión.

La variedad de movimientos que lo acompañan garantizan sucesión de nombres y estrategias. El propio vicepresidente es un hombre reconocido como “brillante”. Líder guerrillero, de origen europeo, Álvaro García Linera fue conocido antes por el resto del mundo progresista que por su pueblo, cuando era columnista de Le Monde Diplomatique.

Ya en el poder, atiende todo el juego político en perfecto complemento con el titular del Poder Ejecutivo, mientras éste realiza una incansable e interminable caravana por cada rincón del país. Mientras busca nuevos apoyos y alineamientos en el exterior.

Roberto Chanamán, como casi todos los bolivianos, no fue rico y entiende que eso es suficiente para “soportar” los inconvenientes que lleva el parto de un nuevo modelo político, del cual tampoco espera que lo salve del suelo, sino que, por lo menos, lo haga parte de un país; lo incluya como ser humano en las estadísticas que fundamentan las decisiones.

Por esto hay que estar atentos a lo que pasa allí y en los otros países en donde la mayoría de la gente empieza a apoyar reformas estructurales (¿revoluciones?), ya que no se trata del simplista juego de malos contra buenos; de izquierdas contra derechas. Ya ni siquiera se puede hablar de militares contra civiles. Es algo nuevo. Es algo diferente. Y así tendrán que ser, también, las bases desde donde se analiza lo que sucede.

¿Qué te pareció la cobertura que hizo MDZ sobre la situación en Bolivia?