¿Vuelven?

Aquella banda de sonido en la adolescencia de los que hoy somos los viejos piojosos

Este 30 de mayo no es un día más para todos aquellos que crecimos con la música de Los Piojos. Pasaron 15 años del último Ritual y hoy nos volvemos a ilusionar con un reencuentro.

Juan Ignacio Blanco
Juan Ignacio Blanco jueves, 30 de mayo de 2024 · 13:01 hs
Aquella banda de sonido en la adolescencia de los que hoy somos los viejos piojosos
Andrés Ciro Martínez, la voz que marcó la adolescencia de muchos de los que hoy somos los viejos piojosos Foto: Juan Ignacio Blanco / MDZ.

La crisis de 2001 ya había estallado: Buenos Aires era una caldera. Fernando de la Rúa se iba en el helicóptero de Casa Rosada y esa imagen quedaba grabada en la retina. Cerca de El Palomar, más precisamente en Haedo, a pocas cuadras del teatro Arpegios, escuchábamos música desde una computadora y copiábamos discos de rock nacional. Los infaltables: Chac tu Chac; Ay, ay, ay; Tercer Arco; Azul; Ritual; y Verde Paisaje del Infierno.

A esa edad, en plena adolescencia, ya éramos rebeldes. Queríamos ser contestarios con lo que sucedía; veníamos de un "sueño Turco y sin nariz" y nos metíamos en un "carnaval del hambre". Mientras, Esquina Libertad nos enseñaba (a pesar de no darle pelota a la historia) sobre un rosarino en Cuba. También, soñábamos con formar nuestra propia banda, cosa que algunos lograron sin mucho éxito, o tal vez un éxito efímero en un pueblo perdido del interior. Le cantábamos Te diría a la que pensábamos que era el amor de nuestras vidas. Y si alguien estaba mal, poníamos Ando ganas (de encontrarte). La armónica (en re) era la fija arriba de la mesa de luz. Y es que ese frontman que se movía por todo el escenario era el modelo a seguir.

Pasó diciembre de 2001. Empezaba 2002 y con él, el último año de la secundaria. En ese tiempo, y en ese pueblo del interior de Mendoza poco se escuchaba esa banda, más allá de que todos, en 1997, cuando cursábamos el primer año en la escuela Piaggi, cantábamos El Farolito o Verano del 92, canción que muchos años después terminamos de entender. Con mi hermano habíamos llegado con un arsenal de discos "truchos" para que nuestros amigos los escucharan y se prendieran en la onda de comenzar a seguir a esa banda formada en El Palomar.

Con la sangre hirviendo, nos enteramos que para el 21 de septiembre en Luz y Fuerza se presentaban Los Piojos, la banda que no paraba de sonar en casa. Recuerdo a mi familia cantar algunas de las canciones, sobre todo a mi hermana, que en ese momento era una niña, usando remeras y sacándonos los CDs para llevárselos a su habitación. Obviamente, la jefa de la casa puso el grito en el cielo cuando mis hermanos pidieron ir al camping ubicado en Bermejo. Solo fui yo, con un grupo de compañeros de la secundaria.

La noche previa no dormimos. Nos quedamos pintando un trapo que decía "Los mocosos de Tupungato", en clara alusión al título de la canción ubicada en el 5º lugar del disco Chac tu Chac. Por ahí anda ese trapo de mil batallas y que nos acompañó a una gran cantidad de rituales. Éramos pibes. Teníamos, en el mejor de los casos, casi 18 años. Pasamos la noche en vela. Con adrenalina porque llegara el momento de volver a reencontrarnos en la plaza del pueblo, a las 7 de la mañana, para emprender el viaje en una trafic alquilada.

Luz y Fuerza y aquella Primavera Piojosa nos terminó de enamorar y convencer. Queríamos eso para nuestras vidas. Queríamos ser rockeros y vivir de la música. Estábamos en trance. "Miles de almas en un ritual sin calma". Nos marcó para siempre. Algunos, lo llevamos en la piel. Cosa de adolescentes. Pero, cada vez que lo miro en el espejo, no me arrepiento de haber ido de "trampa" y sin permiso a impregnarme el logo de Tercer Arco en la espalda. Éramos felices. Ya éramos parte de lo que nos iba a acompañar por el resto de nuestras vidas.

Los Piojos en la Primavera Piojosa

 El 2003 también nos marcó. Mi hermano, Martín, era un poco más grande. En diciembre nos íbamos a Buenos Aires a ver a nuestro padre y a nuestra abuela y, obviamente, pedimos entradas para el primer River de Los Piojos. Llegamos el mismo día. En el viaje, en un viejo discman a pilas, no parábamos de escuchar Máquina de Sangre, la nueva obra de los de El Palomar. No queríamos perder detalle de cada canción. Teníamos como objetivo no dejar nada librado al azar; claro, no iba a ser que nos viera alguien tarareando alguna canción. Iba a ser una vergüenza. Aquel micro de la vieja y desaparecida TAC se demoró porque, obviamente, se rompió pasando San Luis. No sabíamos si llegábamos. Hasta que ocurrió el milagro. Las luces del refuerzo nos daban la esperanza.

Llegamos a Haedo, comimos rápido y nos empezamos a preparar: mochila, remera, entradas y el trapo que habíamos pintado en 2002. Empezamos a caminar hasta la estación del Sarmiento. Mucho de movernos en el Conurbano no sabíamos así que nos fuimos con una amiga de mi prima Laura. Ya arriba del tren muchos comenzamos a cantar. Nosotros, claramente, envueltos en la bandera hasta la estación de Liniers donde teníamos que tomar aquel colectivo que nos depositara en el Monumental de Núñez: festejo por partida doble, hinchas de River y seguidores de la banda. La entrada, claramente, fue un caos, comenzamos a correr pensando en que si lo hacíamos íbamos a poder estar adelante. Nada de eso sucedió. Qué se yo. Éramos casi 60 mil personas con la misma idea.

Puchito va, puchito viene para matar la espera, hasta que se apagaron las luces y comenzó a sonar el bajo de Micky. Abría la lista Motumbo y el Monumental se venía abajo. Yo, en tanto, preocupado. Iba con mi hermano. Era casi un niño y si le pasaba algo mi mamá, a más de 1.100 kilómetros de aquel Ritual, me iba a "matar". Por eso, lo puse adelante y lo agarré fuerte de la mochila durante un gran trecho del recital, el cual tuvo uno de los trances más hermosos cuando comenzaron a sonar los acordes de Quemado. Pero todo cambió con Como Alí. El pogo nos empezó a llevar, perdía a mi hermano y se me venía la cara de mi vieja a la mente. Entré en pánico hasta que pude agarrarlo y llevarlo a la San Martín, desde donde terminamos de ver el show.

Lo que vino después fue maravilloso: varios Pacífico; San Juan; San Luis (con toda la familia y bajo una lluvia torrencial en el Ave Fénix de Juana Koslay); hasta que los vimos por última vez en El Santo. Fue como una puñalada lo que siguió. La noticia de la despedida nos puso en jaque emocional. La pared de mi habitación de estudiante universitario estaba llena de recuerdos: posters, entradas, afiches, recortes de revistas. Aquel día decidí lo peor: meter todo en una caja y seguir sin la banda de sonido de mi adolescencia.

Me resistía. No quería ir a ver al frontman de El Palomar en su nueva etapa como solista. Creo que lo hice una sola vez cuando se presentó por primera vez con Los Persas en el Bustelo. No era lo mismo. Faltaban integrantes cuando cantaba temas "viejos". Salí re caliente y con la promesa de no volver a ir.

Pero la vida cambia. Comenzamos a crecer y a perdonar. Como lo hicimos muchas veces. El día que nació mi primer hijo, Lisandro, cerca de las 5 de la mañana mientras su mamá dormía en la habitación del Italiano, agarré el teléfono y le puse Canción de Cuna. Realmente no sabía si él entendía algo, pero yo lloraba como un niño. Había soñado con ese día y con transmitirle a él lo que sentía por la banda que me había marcado. Imaginaba su cara en algún libro de disco en vivo, como la de la nena que está en la última página de Huracanes en Luna Plateada. No sé si va a llegar. el Lichi ya tiene casi 11 y nunca pude contagiarlo. Cosa que sí me pasó con la Emi, quien de vez en cuando pregunta "¿y por qué no están más juntos?", "¿algún día van a volver a tocar?". No sé hija. No tengo respuestas para, al menos la segunda. De la primera te puedo decir que fueron cosas de grandes. Ambos cantamos Bicho de Ciudad mientras se baña.

Justamente hoy, 30 de mayo de 2024, las plataformas de música explotaron, de viejos piojosos como uno, claro, porque la cuenta de la banda subió el recital de la despedida en River. Pasaron 15 años de aquella última vez. Una eternidad que se calmó mientras lo escuchaba en el metrotranvía de camino al laburo. Aquel "ahora que estoy vacío, ahora que no hay canción", ¿quedó atrás? Qué locura. Las mariposas otra vez en la panza provocadas por lo que se dice en X: cinco River y Cosquín Rock 2025. Automáticamente, mensaje para mi hermano: "Vamos". Y, ojalá así sea, comenzamos a planear, una vez más, lo que puede llegar a ser el último Ritual de nuestras vidas.

Son señales, como el reencuentro entre Ciro y Piti arriba del escenario en Vélez en septiembre del año pasado, día en el que dejaron sus diferencias de lado y nos hicieron ilusionar por primera vez con la vuelta.

Aquella canción cantada por el público en los recitales de Ciro que decía "solo te pido que se vuelvan a juntar" comienza a tomar fuerza. Lo pedimos a gritos, a pesar de que fueron pocas las veces que fui, y lo queremos de manera urgente. Somos los viejos piojosos y queremos contagiar a toda una nueva generación que consideramos perdida entre reggaeton y trap. Queremos volver al pogo, queremos volver a escuchar, con la tristeza lógica de la ausencia de Tavo, el bajo de Micky, la guitarra de Piti, la batería de Dani y la voz inconfundible de Andrés Ciro Martínez lanzando onomatopeyas que pensamos seguir a los gritos.

¿Nos volvemos a ilusionar? 

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