Manson Top 10: las películas imperdibles que se estrenaron en 2019

Manson Top 10: las películas imperdibles que se estrenaron en 2019

En la siguiente nota, Laureano Manson traza un recorrido todoterreno por diez joyitas de diferentes latitudes que se proyectaron en cines mendocinos durante esta temporada que se despide. Pasen y lean.

Laureano Manson

Laureano Manson

Antes de iniciar este viaje por diez películas maravillosas que pudimos ver en salas locales durante 2019, vale la pena aclarar que algunas de las producciones aquí destacadas fueron realizadas en 2018, pero este ranking contempla títulos estrenados en cines de nuestra provincia desde enero hasta esta fecha. Comparto mi top 10 personal, y mientras escribo estos párrafos se proyectan en mi sistema sensorial varias de las escenas que marcaron otro año de irrefrenable pasión cinéfila.

1) Dolor y gloria

Pedro Almodóvar da con su obra maestra en la que resume con absoluto refinamiento los tópicos que ha desarrollado a lo largo de más de cuatro décadas. Estamos sin dudas ante su película más elevada y cercana. Al igual que en títulos como La ley del deseo y La mala educación, nuevamente un director de cine ocupa el centro de la escena. Salvador Mayo (superlativo Antonio Banderas) es un aclamado realizador que vive encerrado en su elegante departamento, preso de diversas dolencias y trastornos de salud. Una invitación de la Filmoteca de Madrid para proyectar su ópera prima en versión restaurada a 32 años de su estreno, será el detonante para que este hombre inicie un periplo de reencuentros que van más allá de la idea de saldar cuentas con el pasado.  

La película entera está atravesada por los planteos medulares de su creador. El deseo, el vínculo madre/hijo, el deterioro físico y el envejecimiento; son algunos de los temas que vuelve a poner en órbita el cineasta español más aclamado a nivel internacional. Pero a diferencia de otros tiempos, en los que ese abordaje aparecía teñido de pretensiones y hasta de cierta arrogancia, este nuevo film se erige como una experiencia absolutamente conmovedora, que tiende puentes hacia esa platea que ha seguido incondicionalmente la obra de aquel desfachatado agitador que emergió en tiempos de "la movida madrileña", y que hoy lejos de transitar el letargo del personaje central de su nueva obra; ha ganado la madurez suficiente como para amalgamar una variada paleta de conflictos desde un pulso tan honesto como sensible. 

Estamos frente a una película de absoluta precisión e inmensa profundidad, que fluye con unos niveles de calidez cada vez más ausentes en el panorama del cine actual. Como un artesano que atravesó el umbral de la sabiduría, Almodóvar ya no necesita de ningún despliegue de altanería. Hoy lo suyo consiste en entretejer un relato cristalino que le regala a su público una generosa cantidad de escenas inolvidables, y a sus protagonistas un puñado de momentos que quedarán marcados a fuego en sus carreras actorales.

2) Somos una familia

Merecida ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2018, esta película del aclamado director japonés Hirokazu Kore-eda es su aproximación más crítica y conmovedora hacia la familia como institución. El realizador de títulos como After life y Nadie sabe, ya había transitado con maestría entramados familiares diversos, pero aquí conquista una síntesis perfecta de su estilo austero con unos niveles de intensidad emocional que pendulan entre el desgarro y la ternura, sin caer en la tentación del regodeo en las tragedias de sus personajes ni en la resolución forzosamente edulcorada.

Durante dos horas, somos testigos de los movimientos internos y externos de una familia disfuncional que habita en un minúsculo departamento en las afueras de Tokio. Tres generaciones sobreviven como pueden a la hostilidad de un mundo cada vez más excluyente, y a su vez deciden sumar al núcleo a una pequeña que es víctima de maltrato, sin dar aviso ni a los padres de la niña ni a ninguna autoridad.  

Como un laborioso artesano, Kore-eda se aleja de toda sentencia moralista y acompaña a sus criaturas sin juzgarlas. Absteniéndose de la solemnidad característica de tantos films de denuncia social, el cineasta interpela a la platea sin manipularla. Un film que transita de lo contemplativo a la urgencia visceral, sin perder el eje de una mirada profundamente humanista.

3) Ad Astra: Hacia las estrellas

Destacada por la crítica como la 2001: Odisea del espacio en versión siglo XXI, esta apuesta dirigida por el talentoso James Gray (Los dueños de la noche, Z: la ciudad perdida), es sin dudas la película más arriesgada del año salida de las entrañas de Hollywood. A diferencia de Guasón, que más allá de su excelencia cinematográfica contaba de entrada con la credencial de "acontecimiento" por estar centrada en la figura de un legendario villano, Ad Astra: Hacia las estrellas no está concebida desde las coordenadas de esas enormes producciones industriales que se instalan en el mercado de salas como un evento destinado a ser consumido por multitudes.

El film nos lleva por un hipnótico periplo que va de la tierra a la luna, y luego de Marte a Neptuno. El protagonista absoluto de este tour de force es un Brad Pitt en su actuación consagratoria, dominando el relato con unas cuantas secuencias en las que está prácticamente solo en pantalla. Con algunos momentos de espectacularidad adrenalínica que dejan a la platea boquiabierta, la película nos interna en un espiral de drama existencial, con una traumática relación entre padre e hijo. Ambos astronautas, el primero (Tommy Le Jones), aparentemente desaparecido hace décadas en el espacio, el segundo (Pitt), que es enviado en una arriesgada misión a Neptuno para encontrar a su progenitor y detener su accionar que podría derivar en la total destrucción de la tierra.

Con un pie en la epopeya intergaláctica que dispara más de un sobresalto, y otro en un tono reflexivo apoyado en muy pertinentes textos en off, esta producción ambientada en un "futuro cercano" muestra el reflejo del horror de este mundo replicado una luna transformada en una suerte de shopping center. A lo largo de esta travesía, un estoico astronauta libra una batalla en medio de una desgarradora soledad, preguntándose por un propósito que se debate entre la chance del renacimiento o la sombra del exterminio.

4) Guasón

Hay que decirlo sin vueltas y de entrada, Joker es una entusiasta anomalía de Hollywood. Una jugada osada que salió a la cancha con el premio máximo en el Festival de Venecia, y que ha superado todos los pronósticos de convocatoria, derribando la idea de que su consumo iba a estar acotado al público cinéfilo y transformándose en una contundente victoria en las boleterías. El film no solo subvierte los paradigmas de los tanques de superhéroes y villanos, sino que funciona como una fuerte antítesis de todo lo que Hollywood suele despachar. Detrás de esta joya hay un director como Todd Phillips que se comprometió con la misión de subir la vara de la apuesta artística del cine industrial, sin descuidar su vocación por el gran espectáculo. Esa es la clave del triunfo de esta obra maestra que ha conquistado tanto a la crítica como al público masivo.

Este intenso relato parte de una premisa concreta: la ira de un hombre que vive con su madre enferma mientras aspira a ser una figura del stand up, haciéndole frente como puede a la hostilidad de una Ciudad Gótica tan sucia como decadente. Para transitar este apabullante descenso al infierno, Phillips concibe un guión sin fisuras que logra una tensión dramática que va en implacable in crescendo, mientras se abstiene del abuso de una parafernalia de efectos especiales y focaliza en un puñado de escenas de enfrentamiento rodadas con absoluta precisión y una visceral contundencia.

Es cierto que el dolor crónico del protagonista por momentos está presentado con algunos subrayados y bajo el manto de cierta solemnidad, pero lejos del mero panfleto discursivo, aquí estamos frente a una película de enorme nobleza cinematográfica, donde la excelencia de todos sus rubros artísticos y técnicos se impone sobre la tentación del ejercicio pretencioso. En Guasón no hay pose, hay ferocidad. Un film catártico, oscuro, crítico e hipnótico. Con un enorme Joaquin Phoenix deslizándose de la angustia a la explosión, dando en el blanco con una actuación que pendula entre la empatía y la revulsión de la platea.  

5) El irlandés

Durante mucho tiempo, este ambicioso proyecto de Martin Scorsese basado en la novela de Charles Brandt "I Heard You Paint Houses" (2004), parecía una de esas epopeyas imposibles de concretar. Sin embargo, el legendario director de joyas como Taxi driverBuenos muchachos y El lobo de Wall Street, encontró en la participación de Netflix el aporte económico necesario para poder realizar El irlandés. Por su presupuesto de 159 millones de dólares, esta película hoy resultaría impensable si estuviera financiada en términos de recuperación y ganancia en salas de cine. En cambio, para el gigante del streaming la inversión representa algo así como una ficha de nobleza y un pasaporte para asegurar su presencia en la próxima entrega de los Oscar, operación que el año pasado jugó con destreza con Roma, el multipremiado film de Alfonso Cuarón

Más allá del elaborado trabajo visual, que incluye el rejuvenecimiento digital de sus protagonistas, y de una banda sonora repleta de clásicos del rock, del jazz y del blues; este film merece ser observado con el mismo nivel de detalle con el que Scorsese lo ha orquestado minuciosamente plano a plano. Con tres horas y media de duración, lejos del tedio, la película tiene el pulso narrativo propio de un maestro que llega a la síntesis máxima de su estilo y que a la vez no se distrae en regodeos formales, sino que logra con cada secuencia un ejemplo de concisión en la que no sobra ni falta nada. El ascenso del camionero Frank Sheeran, interpretado magistralmente por un contenido Robert de Niro, nos introduce en la feroz mecánica de la mafia y sus fuertes conexiones con la política norteamericana durante cerca de tres décadas. Este hombre que no dudó a la hora de dar golpes o apretar el gatillo, fue una pieza fundamental en el poder que amasó el líder sindicalista de camioneros Jimmy Hoffa, aquí jugado por un catártico Al Pacino. En el medio de ambos, Russell Bufalino, el jefe de una influyente banda que además ofició como mentor y protector de Sheeran, encuentra en Joe Pesci el punto más alto de este trío de superpotencias actorales.

Como es habitual en el cine de Scorsese, todo conflicto gira en torno a dilemas morales en los que se agitan tensiones laborales y familiares. No hay una mirada psicologista sobre este puñado de personajes fuera de ley, sino un seguimiento quirúrgico, no exento de certeras pinceladas de humor áspero, sobre el filo de muerte por el que transitan cada una de las acciones y decisiones de estos hombres. Aquí no importa si esta es la historia oficial del final de Hoffa, de hecho el mismísimo FBI terminó desestimando la versión de Sheeran. Lo que enciende el interés de esta épica es la convicción con la que el realizador narra un apasionado tour de force de violencia, pactos y traiciones. Recurriendo a virtuosos planos secuencia que ya son su marca registrada, el inagotable potencial del cineasta que se acerca a los 80 años con cuatro nuevos proyectos en puerta, se luce en toda su magnitud con este manifiesto que saltó de la pantalla grande en una acotada cantidad de salas de cine al furor global en Netflix. 

6) Toy Story 4

Cuando hace nueve años nuestros ojos se empañaron de emoción con el superlativo final de Toy Story 3, muchos supusimos que estábamos frente a un dignísimo cierre para la saga fundacional de Pixar. Ahora, esta cuarta entrega de la historia del cowboy Woody y sus aliados, sostiene el irresistible tono emocional y la excelencia en la calidad de animación conquistados en los tres eslabones anteriores. Pero además, la franquicia que ya ha fascinado a un par de generaciones, hace un operativo refresh para ponerse a tono con los tiempos que corren. 

Con locaciones repartidas entre una casa rodante, un parque de diversiones y una tienda de antigüedades, Toy Story 4 nos zambulle en una vertiginosa aventura. Woody se impone la misión de salvar a Forky, un juguete que la pequeña Bonnie ha creado durante su jornada de adaptación en el jardín de infantes. La inesperada estrella de esta película es un simpático engendro confeccionado con un tenedor descartable, un palito de helado y algunas chucherías más. Como Forky siente que su hogar de pertenencia es la basura, todo el tiempo trata de arrojarse a cuanto paradisíaco tacho se cruce en su camino. Accidentalmente, el simpático personaje queda atrapado en la mencionada casa de venta de antigüedades, entonces el vaquero y sus secuaces se lanzan por separado a un intrépido plan de rescate.

Más allá de la actualización con una impronta "girl power", este capítulo cuenta con un abundante menú de secuencias de acción con ritmo sostenido, aderezadas con generosas cuotas de gags físicos. Pero Pixar no traiciona su esencia. Si por momentos da la impresión de que Toy Story 4 coquetea con la fórmula de frenéticos productos de la compañía Illumination como Minions y La vida secreta de las mascotas, el realizador Josh Cooley está siempre listo para dar oportunos volantazos de detención. Son esos momentos intimistas, ajenos a todo despliegue de pirotecnia, los que siguen confirmando a esta saga como una auténtica joya en la historia del cine.  

7) Muere, Monstruo, Muere

El director Alejandro Fadel ha trazado una laboriosa ruta desde su Tunuyán natal hasta el Festival de Cannes. Guionista en películas de Pablo Trapero como LeoneraCarancho y Elefante blanco, más tarde conquistó un premio y dos nominaciones en Cannes con su aclamado largometraje "Los salvajes". Finalmente cosechó los elogios de la prensa internacional con "Muere, Monstruo, Muere", una inquietante apuesta que compitió en la sección Un Certain Regard, el apartado del certamen de Cannes que reúne lo más innovador del cine mundial, a la vez que su film estuvo nominado en la Competencia internacional del Festival de Mar del Plata y postulado como Mejor película en Sitges, la meca del cine fantástico y de terror.

Desde la primera escena, Alejandro Fadel juega una carta de alto impacto. Una mujer degollada en las inmediaciones de la cordillera intenta sujetar su cabeza con sus propias manos. A partir de ese momento, el director induce al espectador en una atmósfera pesadillesca que transita múltiples códigos y texturas. A contramano de películas que despliegan algunas de las convenciones más clásicas del cine de horror, para ensayar una mirada sobre los temas más candentes de la coyuntura; "Muere, Monstruo, Muere" se ubica en las antípodas del relato discursivo. El guión de esta inquietante película, escrito por el propio Fadel, transita a sabiendas un flagelo tan espinoso como el de la violencia de género, pero se desentiende de las pretensiones de denuncia porque su objetivo no es el de cumplir con la agenda, sino el de renovar el pacto del cine como un ejercicio creativo que se zambulle en las profundidades del riesgo.

Si bien en este relato hay una investigación policial frente a múltiples femicidios, con un triángulo amoroso de fondo, todo desarrollado desde premisas de western y terror enrarecidos, lo que prima no son los eventos shockeantes, sino lo que hay detrás de ellos. Fadel logra construir una tensión que va in crescendo valiéndose de imágenes afiebradas, pero también preservando el misterio de todo aquello que permanece fuera de campo. El horror está representado en algo tan concreto como esas mujeres que son decapitadas una a una, pero por debajo el film va trazando un perturbador viaje a las entrañas del miedo. El meollo está en lo inasible, en aquello que escapa a un puñado de temas coyunturales o lecturas psicoanalíticas. "Muere, Monstruo, Muere" es una película que se atreve a hincar el diente en la desmesura. Una experiencia que demuestra que el cine todavía puede llevarnos al limbo de la conmoción. 

8) Suspiria

En una misión que a priori resultaba una encrucijada con destino decepcionante, el italiano Luca Guadagnino (realizador de la premiada Llámame por tu nombre), logró concretar una estimulante remake de un hito del cine de terror italiano del maestro Dario Argento. El proyecto llevó años de elaboración y la clave de sus logros radica en la resignificación completa, tanto a nivel narrativo como visual, que Guadagnino practicó sobre el legendario film de 1977 que narraba una macabra historia en una academia de ballet alemana, con una alucinante paleta de colores intensos enmarcando una sucesión de cruentos asesinatos.

La Suspiria modelo siglo XXI solo conserva el esqueleto argumental de la orginal. Una bailarina norteamericana (descomunal Dakota Johnson) llega a una academia en Berlín, y paulatinamente descubre que el lugar es un siniestro nido de brujas. La primera decisión atinada de Guadagnino es la de despegarse de la marca estilística de la versión original, que se convirtió en un clásico de culto por su afiebrado e inigualable desfile de imágenes con tonos saturados. Aquí en cambio prevalecen texturas pasteles y una hora más de metraje en la que el horror de una rigurosa escuela de danza se combina con la crispada historia alemana.

Si bien la explosión gore tarda en llegar, esta inquietante película se apoya en impactantes secuencias coreográficas para las que Johnson se preparó durante un par de años. El plus de la enorme Tilda Swinton interpretando a tres personajes diferentes, y la operística secuencia final coronan un film que por lejos se erige como la experiencia más arriesgada y personal del cine de terror que pasó por las salas locales durante este 2019.

9) Bixa Travesty

Este documental brasileño aclamado en varios festivales internacionales tiene en el centro de la escena a Linn da Quebrada, una talentosa performer trans surgida de una favela que se ha transformado en un ícono de resistencia en el vecino país atravesado por el sesgo homofóbico de Bolsonaro.

El material no solo incluye momentos de las vibrantes actuaciones de una artista que se define como una "obra en construcción", sino que nos da la chance de ingresar en su universo íntimo y familiar. Linn da Quebrada y su partenaire escénica Jup du Barrio reflexionan con un arco que va de la más descarnada crítica al orden hegemónico, a la sensibilidad a flor de piel, exponiendo tanto sus convicciones como sus vulnerabilidades. Ellas no solo tienen la sustancia necesaria para hablar con solvencia sobre diversidad de género, sino también sobre desigualdad social, racismo y un mundo que está en pleno proceso de deconstrucción del machismo y la heteronorma.

Más allá de su potencial discursivo, este documental que jamás cae en la proclama solemne, es absolutamente fiel a la esencia visceral de su protagonista. En poco más de una hora, somos testigos de su intenso recorrido, que incluyó una internación con quimioterapia en la que Linn da Quebrada fue capaz de transformar algunos momentos de esa experiencia hospitalaria en un eslabón más de su arte performático. 

Arrasadora, emotiva y vital; esta película de 75 minutos postula con urgencia el acto de mutación constante como única herramienta válida para escapar de la chatura y los rótulos que esta sociedad necesita imponer todavía en pleno siglo XXI. Ver este documental supone además una experiencia estimulante para recapitular hasta qué punto hemos mutado con el paso del tiempo, y en caso de observar que estemos inmóviles en un compartimento estanco, Bixa Travesty se encargará de propinarnos un merecido bofetón.

10) Había una vez... en Hollywood

La novena película de Quentin Tarantino tiene un título a todas luces pertinente. Por un lado, es un relato que habla sobre una etapa única en la historia de Hollywood, la de fines de los '60. Una era en la que proliferaban todo tipo de producciones, desde películas sombrías y cuestionadoras, la mayoría de ellas dirigidas por realizadores llegados desde Europa, hasta los más bizarros experimentos clase B destinados a alimentar las carteleras de los autocines. Una época en la que podían convivir el cine ultra violento de Sam Peckinpah, con las vibrantes propuestas de artes marciales estelarizadas por Bruce Lee. La televisión también vivía en aquel entonces un inédito boom de diversidad, mientras como telón de fondo Estados Unidos se encaminaba a una fulminante derrota en Vietnam y la utopía hippie se caía a pedazos.

Por otro costado, el "Había una vez...", responde a la conocida fórmula de todo cuento de hadas, aquí cristalizada en una resolución que obviamente no vamos a anticipar. Corre el año 1969 en la ciudad de Los Ángeles y los protagonistas de esta historia son Rick Dalton (majestuoso Leonardo DiCaprio), en la piel de un actor que transita su declive tras la cancelación de una serie de televisión que lo transformó en estrella algún tiempo atrás, y Cliff Booth (correcto Brad Pitt) interpretando al doble de riesgo, chofer y eterno sostén psicológico de Rick. Trazada esencialmente como una buddy movie que sigue el derrotero de estos dos amigos al borde de la debacle, la nueva película de Quentin Tarantino vuelve a echar mano a la nostalgia y a la cita cinéfila como materia prima del relato.

Para quienes se acerquen a este film con ansias de encontrar una suerte de Wikipedia ilustrada sobre el asesinato de Sharon Tate, saldrán invariablemente defraudados. La exploración en el universo de la secta liderada por Charles Manson, ocupa una porción ínfima en este extenso relato, aunque sin lugar a dudas contiene la escena con mayor tensión dramática, la de Cliff ingresando con Pussycat, una de las chicas del clan Manson (magnética Margaret Qualley) en el rancho Spahn, un recinto que fue construido como set para rodar westerns, y que más tarde se transformó en el refugio del líder criminal y sus seguidores.

Algunos podrán sostener que Había una vez... en Hollywood se estira más de la cuenta, y hay algo de cierto en esa sentencia. Sin embargo, en un contexto en el que los directores de la gran industria son meros operarios regidos por directorios de ejecutivos a quienes les importa mucho más el dinero que el cine, la supervivencia de un Tarantino aferrado sin concesiones a su pasión cinéfila y al amor por la cultura pop, resulta una bienvenida anomalía del sistema. También es pertinente destacar que Quentin, en espejo con su creación de Rick Dalton, se anuncia a sí mismo como una suerte de héroe en retirada. Su nueva película puede ser vista por todos, pero solo ser profundamente disfrutada por su núcleo duro de seguidores.

A diferencia de otros cineastas prestigiosos con larga trayectoria, el realizador de Pulp Fiction y Kill Bill parece no estar interesado en labrar una nueva generación de fans. Si este es el preludio de su despedida, estamos frente al canto de cisne de un artista que hizo del homenaje un estilo tan personal como distintivo. Un cineasta al que muchos le colgaron el mote de arrogante, cuando cada fotograma de sus películas es un gesto de amor por las variopintas producciones que consumió desde pequeño, sin perder ni un ápice de devoción por aquellas imágenes que lo marcaron para siempre.  

 

 

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