Baglietto-Garré: Cuando la nostalgia es una fiesta
Un murmullo de cientos de voces sobrevuela el Bustelo. La sala se va llenando de a poco, lentamente, nadie está apurado por ocupar su butaca, y las charlas entre amigos se multiplican. Abrazos prolongados, reencuentros. Por acá y por allá se escuchan diálogos similares, no por las palabras, sino por el sentido de las frases. Hay una sensación generalizada. Hay una felicidad en el ambiente que se mezcla con la nostalgia. Una Molotov del tiempo. Las caras son sonrisas. Hay una felicidad unificada. Una única felicidad en esos rostros que parecen corear juntos algo así como “aquí estamos, con tres décadas más de vida, con tres décadas más de lo que quiera que nos haya pasado, pero aquí estamos, como si fuera la primera vez, con la necesidad de la primera vez”.
Dos de las voces más importantes de lo que por entonces se llamó la nueva trova rosarina están por salir al escenario (¿cuál fue la primera canción de Baglietto que escuchaste?), dos de esos pelilargos que irrumpieron en el rock nacional con letras que contaban, ante todo, historias de derrotados con los que era imposible no hermanarse (¿cuántos destrozaron en algún fogón El témpano tratando de alcanzar el tono de Silvina?), dos de los que nos mostraron que cantar era posible después de los terribles años de la dictadura (¿Tiempos difíciles lo compraste en caset o en LP, o lo copiaste en un doblecasetera?), dos músicos de esos que dejaron en nuestra memoria mucho más que música y palabras.
-
Te puede interesar
Martes nublado en Mendoza con lluvias hacia la noche
Están por salir a escena Juan Carlos Baglietto y Silvina Garré, y el Bustelo está colmado.
|
|
La nostalgia es una fiesta
Ahí están. Aparecen juntos, Silvina y Juan Carlos, Baglietto y Garré. Ocupan sus sillas en el centro de la escena. Él toma la guitarra. Ella acomoda el micrófono. Se miran. Miran hacia el público, y suenan los primeros acordes.
Todo mal. Es Era en abril. Así empezamos. Muy poca gente puede corear la canción. Pero esta vez no es la tradicional actitud menduca, esa especie de frialdad parsimoniosa que nos caracteriza, sino que se trata del nudo en la garganta (y algunos litros de lágrimas).
Aplausos a rabiar.
Así empezamos… ¡Mamita, la que nos espera!
Pero de inmediato cantan Me asomo, y las cosas se equilibran. Mejor dicho, las almas se equilibran, especialmente con eso de “me asomo cada mañana para tener tu latido, para sentir que estoy vivo”. Ahí están los dos, Baglietto y Garré, comenzando el concierto con una suerte de síntesis de eso que trajeron de Rosario hace más de treinta años, con la tragedia vital hecha canción, pero canción que perdura.
|
|
Cuando terminan el segundo tema, es Baglietto quien le pone palabras a la noche diciendo que no estamos acá para llorar lo que hemos sido, sino para disfrutar de lo que somos. Y entonces largan con Canción del pinar, y ya está, comienza a quedar en claro que no vienen a llenar de lágrimas el tiempo, sino a celebrar la nostalgia y festejar el presente.
La sensualidad de Silvina y la fortaleza escénica de Juan Carlos le dan encanto a la noche. Canciones como Quien quiera oír que oiga, Señalada por el índice del sol, Hogar, Cajita de música y Adoquines en tu cielo llenan Bustelo de una intimidad amistosa. Interpretadas con sutiles arreglos, suenan muy próximas a aquellas versiones que conocemos de los discos y sostienen un concierto en el que Baglietto y Garré entran y salen de escena, demuestran que sus voces siguen siendo tan potentes como siempre, bailan abrazados, cantan solos o a dúo, tocan la guitarra y el piano. Y las proyecciones que acompañan las canciones no están ahí para saturar los sentidos, sino para acariciarlos.
Es una buena noche para los que están en el Bustelo. Entonces llega la parte más potente del concierto. Todo lo anterior fue preparando el territorio para lo que viene, que es el festejo del reencuentro.
|
|
Con Casi una zamba el ambiente empieza su camino al pico. Ya la gente se levanta, baila entre los pasillos. Después de esa primera parte tan íntima, tan “estamos con vos en el living de tu casa cantando algunas canciones”, llega Historia del mate Cocido, entonces sí el público está de pie.
Sólo se trata de vivir da paso a Se fuerza la máquina, y como no es sólo un concierto, sino que es, principalmente, una fiesta, a nadie le importa que Silvina entre mal en una estrofa, que por momentos haya un síncope involuntario entre los músicos. Ni siquiera a los que están sobre el escenario, que se ríen de los pifies.
Ya Tratando de crecer y El témpano se caen de maduros. La gente los corea, los baila. Hay alegría arriba y abajo del escenario. Es un reencuentro, y todo reencuentro se celebra.
Después, dos bises. La vida es una moneda es el primero; Cantar, cantar, el segundo.
No hay tiempo para más. Silvina Garré y Juan Carlos Baglietto acaban de dar un concierto sin recurrir a golpes bajos, porque no vinieron a reeditar un momento congelado en el tiempo, sino a demostrar que el tiempo es movimiento, es vida. Y que a pesar de que todos sabemos que un día la lancha va a llegar, estamos ahí, celebrando, tal y como nos lo propuso hace ya más de tres décadas ese grupo de pelilargos rosarinos encabezados por estas dos voces que repiten otra vez “¡gracias, Mendoza!”.
Alejandro Frias