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Alfredo Casero, la esencia tragicómica de un artista total

El músico y actor se presentó en el Teatro Independencia con dos funciones. Un show basado en la improvisación, que intercala monólogos, canciones y proyecciones que desde la sátira y el absurdo, componen una reflexión lúcida y divertida que el público reconoce y disfruta desde el primer minuto.

En el ámbito teatral hay una vieja ley no escrita que dice que nunca ninguna función es igual a otra. Por más ensayos y ajustes, siempre cada representación está impregnada de las vibraciones y posibilidades de los actores, del público y del contexto. Alfredo Casero lleva esta idea a la exacerbación en Soloist, transformando una función, en una experiencia particularísima, delirante, llena de juegos y canciones que parten del absurdo pero que llegan a conectar el sentido profundo de la esencia teatral: el drama y la comedia.

Para su construcción, se apoya en una pantalla de video y en la despojada presencia de un pianista/partener que también hace las veces de apuntador cuando el actor se interna en los laberintos más profundos de la repentinización y –como no puede ser de otra manera- se pierde en ellos ante las carcajadas del público. Es en ese contexto en el que intercala sus recuerdos ficcionalizados, sus apuntes de época y su descarada sátira social que recorre desde la actualidad política nacional hasta el tránsito lento que tanto parece afectar a las mujeres argentinas.

Bajo el sustento de una amplia red de anunciantes entre los que se incluyen empresas líderes como las pistolas Ballester Molina, el laxante Garcol en sus diversas presentaciones, la gaseosa Put y Ta naranja y pomelo, empanadas De Viso y Automotores Jacinto, entre otros, Casero encadena a la manera de cuadros sus apariciones cargadas de sentencias antojadizas o no, (“los ingenieros son las personas con menos swing del mundo…”) que eslabonan –como un equilibrista- una lógica absurda y divertida. 

Sin embargo, el hilo conductor del espectáculo es la lisa y llana improvisación. En ese plano, el show tiene el mismo vértigo que poseen las ideas en las cabeza de Alfredo Casero. Una vinculación sin redes ni frenos, no exenta de lucidez y densidad. Generalmente poética, sólo que a veces existencialista, y otras, simple dadaísmo.

Entre canciones y videos, Casero monologa, dialoga, se desdobla y se contradice. Se pone en el papel de comediante y al minuto es el amigo gracioso que no para de jugar con todo lo que tiene a mano. Inconformista, critica a Cristina Kirchner y también a Julio Cobos (“el gran golazo del radicalismo después de De la Rúa…”), se asombra del Independencia, se mueve por el escenario, improvisa escenas crípticas del “teatro argentino” y hasta canta ópera asomado a los palcos cual tenor consagrado.

Como respiro, habla de él (“si me va bien es porque disfruto…”), critica al público (“si no me entendías en la tele que era gratis, ¿para que pagás?”), a sus colegas artistas (“hay muchos que se hacen los comprometidos y no son, como por ejemplo Manu Chao…”) y a los periodistas y sus preguntas de náufragos descerebrados. El formato le permite ésta y todas las licencias posibles, que seguramente él ha buscado y que el público acepta y festeja como retribución a tanta energía desbordada y racionalmente excéntrica.

Tanta catarsis sin embargo, tiene algún sentido más allá de la risa. Y para Casero parece ser el de la arenga y la movilización anti estupidez: “¡¡la libertad es absolutamente individual, cabezas de tero!!”, le grita al público, casi como expresaría un militante anarquista, o se permitiría un nihilista demodé. Una condición que sin embargo le posibilita, al minuto y sin preámbulos, cantar un tango caricaturizado, una emotiva canción griega o su ya clásico Shimauta en japonés. Y un minuto después, armar con el auditorio, un coro que farfulla una frase sanateada con la melodía heroica de Carmina Burana…

Como una especie de doctor Jeckyll y mister Hyde, Casero encarna tanto el viejo presentador de varieté como también el súper cool arista del stand up comedy, que sin embargo logra sintetizarse en un combo único y potenciado de artista total. Un actor y un músico que gesta en escena un teatro total donde como nunca antes, una función jamás puede ser igual a la otra. Y por la que incluso, el público aplaude y volvería a pagar otra vez su ticket porque sabe que la lógica de la imprevisión de la mano de Casero siempre asegura momentos de reflexión y diversión, belleza y emoción. ¿Acaso alguien quiere más?