Javier Milei, la interna y una semana de fuego: de los audios malditos a una economía bendita
Javier Milei enfrenta internas que lo desafían. La economía aporta buenas noticias, pero hay ruido. El FMI alerta y el peronismo intenta afilar las garras
La política de estos días estrena escenarios que hasta hace seis meses estaban desactivados. Javier Milei enfrenta las internas dentro de La Libertad Avanza sin el poder de cancelación de conflictos que tenía hace un tiempo, al menos entre los cercanos.
Hace menos de una semana el presidente decretó una paz entre los suyos al decir que Santiago Caputo era “su hermano” y que el episodio de la cuenta Rufus fue algo “armado” contra Martín Menem.
En situaciones normales una sentencia de ese tipo de la máxima autoridad política del país y de ese partido debería bastar para terminar la guerra. Continuar el conflicto es quitarle autoridad al presidente o poner en duda su poder para controlar a la tropa. Y eso es lo que pasó
Lo hicieron tanto el Gordo Dan del lado de Santiago Caputo, como desde la intimidad de los cercanos a los Menem, comandados por Karina Milei, que sostiene su poder en uno de los vértices de esa pelea, y que por estas horas intenta frenar la pelea interna y aun no está claro que ni siquiera ella pueda hacerlo.
Los teléfonos que no se levantan
Las dudas del mercado crecen al punto que algunos empresarios durante la semana pasada no le atendían el teléfono a ningún integrante del elenco oficial por temor a no saber con quién deben hablar para no quedar descolocados.
A todo el ruido de esa interna que mezcla desde águilas de la estrategia política como Santiago Caputo, hasta exponentes de la vieja escuela como Martín y Lule Menem o algunos tuiteros que de pelea saben mucho, pero de equilibrio político y estabilidad del Estado muy poco, se suman aprovechadores de siempre.
Es el caso de la supuesta amiga del presidente que aún no se sabe cómo recolectó decenas de audios íntimos que no son objeto de análisis periodístico y por lo tanto los medios serios no deben publicarlos, pero que traen ruido a una conversación social que se complica con nimiedades cuando debe enfocarse en los grandes temas de la vida diaria que quedan por resolver.
En este punto conviene detenerse un instante para algunas consideraciones. Cuando en MDZ sostenemos que esos audios no deben publicarse lo hacemos con una lógica esencial: la intimidad es un derecho intrínseco de cualquier persona, incluso de quien ocupa la máxima magistratura del país. Y justamente porque hablamos del Presidente de la Nación, el límite debe ser todavía más claro y más responsable. La vida privada solo deja de ser privada cuando aquello que se conoce afecta directamente el ejercicio de la función pública, compromete decisiones de Estado o pone en riesgo intereses colectivos. Nada de eso ocurre en este caso. Al menos por ahora.
Otro peligro sobre la seguridad de Javier Milei
Lo que circula no revela corrupción, delito, abuso de poder ni información institucional relevante. Revela intimidad. Y el periodismo serio no debería transformarse en una maquinaria de voyeurismo digital disfrazada de interés público.
La discusión importante, en todo caso, pasa por otro lado. Y allí sí hay una pregunta política y periodística válida: ¿qué grado de fragilidad existe alrededor del Presidente para que material privado, antiguo y aparentemente conocido desde hace tiempo, emerja ahora en medio de una feroz interna dentro de La Libertad Avanza?
En la política argentina, las filtraciones casi nunca son inocentes. Y mucho menos cuando aparecen sincronizadas con disputas de poder cuyos alcances todavía son impredecibles. El problema no son solamente los audios. El problema es el ecosistema que rodea al Presidente: un entorno que muchas veces parece más ocupado en disputar espacios internos, operar contra adversarios propios y ajenos o alimentar batallas permanentes, que en cuidar la investidura presidencial.
Mientras tanto otros ruidos se mantienen en escena. Mañana y pasado habrá dos exámenes para saber hasta dónde llega el control oficial de las discusiones internas a la hora de mostrarse en público. El Tedeum en la Catedral metropolitana sumará a todo el gabinete, pero ya está confirmado que Victoria Villarruel no está invitada. Debe reconocerse que ese dato importa poco ya a la hora de evaluar la arquitectura del poder libertario. La vicepresidente está afuera hace rato y, por ahora, no parece tener poder de daño sobre el propio gobierno que ella integró.
Patricia Bullrich en su salsa
La segunda protagonista que entra en escena es Patricia Bullrich. Aguila de la política como pocas, la senadora decidió hace tiempo que elegiría dos batallas para el corto plazo: su diferenciación moral con Manuel Adorni y el poder en la Ciudad de Buenos Aires con vistas a la elección del año que viene.
Para Adorni, en medio de sus escándalos que cada tanto siguen aportando propiedades nuevas, arreglos y decoraciones de alto monto y viajes que parecen no terminarse más, nadie fue tan letal como Bullrich la semana pasada.
La senadora presentó su declaración jurada un mes antes del vencimiento del plazo y dejó al Jefe de Gabinete desnudo y en el medio de la escena acusadora. Casi no quedan ministros que en la intimidad no se quejen de la actitud de Adorni o que no se pregunten todos los días por que no presenta de una buena vez su declaración de bienes. Quizás no pueda hacerlo o espere hasta último momento para no tener que incurrir después en molestas rectificaciones, como le pasó a su hermano Francisco que también tuvo diferencias en el rubro inmobiliario.
Quien crea que Bullrich avanza por error o inexperiencia en estos terrenos está cometiendo un error garrafal. La senadora sabe muy bien hasta donde llegar cuando fija sus objetivos. Y ese es el miedo que comenzó a aparecer dentro del núcleo presidencial al punto que ya se analiza armar una nueva mesa política, pero sin excluirla de la otra. Si el gobierno sigue con estas divisiones va a terminar pareciéndose a esa publicidad donde los amigos tienen tantos chats de Whatsapp que no saben en cuál está cada uno.
Otra baja en el gabinete
Esa interna fue alimentada por otro movimiento de Bullrich: la renuncia de Federico Angelini, funcionario que la ex ministra había dejado en el gobierno como subsecretario de Intervención Federal. Angelini volverá a Santa Fe, donde comenzó su carrera política para sumarse el elenco de Maximiliano Pullaro.
Para que no queden dudas: Angelini es Bullrich, PRO y también Pullaro. Nada de eso es casual, como tampoco lo fue el paso de Bullrich hasta la mesa de Mauricio Macri en la cena de la Fundación Libertad a fin de abril o los anuncios de la senadora sobre sus opiniones porteñas sin tener autorización libertaria para hacerlo.
Mientras la interna política aturde y cansa al argentino de a pie, la economía empezó a entregar datos que el Gobierno puede mostrar como resultado. No son menores. El superávit comercial de abril llegó a u$s2.711 millones. Las exportaciones crecieron 33,6%. Las importaciones cayeron 4%. El superávit energético alcanzó US$ 1.400 millones en el mismo mes. El Banco Central acumuló US$ 8.700 millones en 2026. Las reservas quedaron en u$s46.583 millones.
Ese conjunto de números ordena mejor el tablero que cualquier consigna. Hay más dólares por comercio exterior. Hay saldo energético a favor. Hay acumulación de reservas. Y hay una economía que, según el EMAE de marzo, creció 5,5%, con una suba de 3,5% contra febrero. Para la política hay un mapa que muestra diferencias más que interesantes de provincia a provincia y que pueden tener impacto electoral. Basta con revisar el informe de marzo sobre crecimiento en Argentina del IAE.
La actividad le da otro argumento al oficialismo
El otro dato relevante es la actividad. El EMAE de marzo mostró un crecimiento de 5,5% y una suba mensual de 3,5% sobre febrero. Ese registro le permite al Gobierno sostener que la economía empieza a mostrar reacción.
Los sectores que empujan también dicen algo sobre la estructura de la recuperación. Pesca creció 30,9% interanual. Agricultura, ganadería, caza y silvicultura avanzó 17,9%. Explotación de minas y canteras subió 16,3%. La industria manufacturera creció 4,6%.
La composición importa. El impulso más fuerte aparece en actividades vinculadas a recursos naturales, exportaciones y sectores con capacidad de generar divisas. La industria también muestra una mejora, aunque de menor magnitud frente a los rubros que lideran el movimiento.
Ahí se ve la lógica del programa. El Gobierno necesita que la economía crezca, pero sobre todo necesita que el crecimiento no consuma los dólares que acumula. Esa es la tensión de fondo. Una expansión que presione sobre importaciones puede erosionar el superávit. Una recuperación apoyada en sectores exportadores, en cambio, fortalece el relato oficial y mejora la posición externa.
Retenciones: concesión parcial y presión persistente
En ese marco, Milei anunció una baja de retenciones. Trigo y cebada pasarán de 7,5% a 5,5%, con vigencia desde junio. Para la soja, la reducción empezará en enero y será de un cuarto o medio punto por mes.
La medida tiene una lectura inmediata. El Gobierno busca enviar una señal al campo sin resignar de golpe una fuente fiscal. La baja en trigo y cebada es directa. La reducción para la soja, en cambio, aparece dosificada. Ahí se revela la relación entre necesidad política y restricción económica.
El campo pide más recorte, especialmente en soja. Eso ya es un clásico. Pero también es una forma de presión permanente sobre cualquier administración que dependa de dólares agropecuarios y recursos fiscales. Milei necesita al campo como generador de divisas. Al mismo tiempo, no puede desarmar de manera acelerada una fuente de ingresos en un programa que se sostiene sobre el orden fiscal.
El guiño del FMI llegó con letra chica
El tercer hecho central es el Fondo Monetario Internacional. Aprobó la segunda revisión y habilitó un desembolso de US$ 1.000 millones. Eso es respaldo y validación del programa de Milei. Pero al día siguiente llegaron advertencias desde Washington.
Ese contraste es clave. El FMI acompañó, pero no liberó al Gobierno de sus obligaciones pendientes. Le pidió avanzar hacia un régimen de flotación del peso, con menos controles y cepo. También reclamó estadísticas más precisas, un Banco Central independiente, financiamiento en los mercados y compra de reservas para amortiguar impactos externos y domésticos que puedan afectar la inflación por un salto devaluatorio.
La lista no es menor. Toca el corazón del programa. El Gobierno muestra acumulación de reservas y mejora externa, pero el Fondo mira la arquitectura institucional y cambiaria. No alcanza con mostrar números de corto plazo. Hay que definir cómo se ordena el régimen del peso, cómo se reduce el control cambiario, cómo se protege al Banco Central y cómo se vuelve al mercado de financiamiento.
El FMI le dio al Gobierno una señal de apoyo. Pero también marcó el límite de la transición. En otras palabras: acepta el rumbo, pero exige que el orden macro no dependa de parches. El respaldo no es un cheque en blanco. Es una autorización con condiciones.
La economía le da aire, pero no todo el necesario
El Gobierno puede exhibir abril como un mes favorable. Puede mostrar que entraron dólares, que la energía aportó saldo positivo, que el Banco Central acumuló, que las reservas crecieron, que la actividad repuntó y que el FMI acompañó. Pero el poder económico no se mide sólo por el dato del mes. Se mide por la capacidad de transformar ese dato en régimen.
El Fondo ya marcó el camino: menos controles, más reservas, más institucionalidad monetaria, más precisión estadística, más financiamiento genuino y menos riesgo cambiario escondido en los balances privados. El campo también marcó su demanda: más baja de retenciones, sobre todo en soja. La economía real mostró reacción, pero con una composición que obliga a mirar el flujo de divisas.
El problema es que la política distrae con sus internas. El aire que el gobierno consiguió con la economía de estos días no elimina los límites. Las internas y los ruidos del oficialismo no alcanzan aun a alimentar a una oposición que no aparece. Hay desesperación en el kirchnerismo por lograr un encuentro entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner como puente para que el gobernador retome el dialogo con Cristina Fernández de Kirchner y de ahí se dé un paso a la unidad electoral. Será difícil: la historia de los horrores de los cuatro mandatos kirchneristas aun actúa como combustible suficiente para que muchos sigan apoyando a Milei.
No es el único sector que piensa en la vuelta a la competencia efectiva en las urnas. Así como Mauricio Macri alimenta el PRO, aunque en la intimidad nadie crea que él mismo vaya a ser candidato el año que viene, en el peronismo no kirchnerista se arman reuniones, se tienden puentes, inclusive con Macri, y se tantea gobernadores. Hay nombres que aparecen en escena como una chance para conseguir candidaturas sorpresa. Jorge Brito, por ejemplo, no se define aun, pero aparece como uno de los posibles candidatos más demandados.
Todo está en juego y la novedad es que hace seis meses esto parecía un horizonte imposible. Ese es el problema de Javier Milei en la actualidad: debe lograr que su 2026 no sea un 2018. Tiene todo para lograrlo, pero los libertarios deben empezar a pensar como gente adulta.