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Una lupa mágica, dos "leones" y una niña de 8 años: el cuento infantil sobre violencia familiar

La abogada y escritora Soledad Planes aborda la violencia familiar en un cuento protagonizado por una pequeña niña.

El día que Laia domó a los leones es un cuento para que las infancias puedan animarse a hablar sobre sus miedos y problemas que pueden ocurrir en su casa o lugares de cuidado, asegura su autora Soledad Planes.

"El día que Laia domó a los leones" es un cuento para que las infancias puedan animarse a hablar sobre sus miedos y problemas que pueden ocurrir en su casa o lugares de cuidado, asegura su autora Soledad Planes.

Laia es una niña de tan solo 8 años y vive con dos leones. No son animales ni están siempre enfurecidos: son sus padres, que por momentos pueden ser amorosos y, en otros, transformarse en figuras que le provocan miedo. Frente a esas “tormentas emocionales”, la niña recurre a su imaginación, juega a ser detective y utiliza una lupa mágica para tratar de comprender lo que sucede dentro de su casa.

Lo que Laia no consigue expresar con palabras comienza a manifestarse en la escuela. Una reacción violenta frente a una compañera llama la atención de su maestra, quien comprende que detrás de esa conducta puede existir algo más. En lugar de limitarse a reprenderla, construye el espacio de confianza que la niña necesita para hablar.

Esa es la historia de "El día que Laia domó a los leones", el primer libro publicado por Soledad Planes, abogada, docente universitaria y trabajadora de una fiscalía federal de la provincia de Buenos Aires. Editado por Ediciones Lea e ilustrado por Paula Parma, el cuento propone acercar a las infancias una herramienta para reconocer la violencia familiar, expresar lo que sienten y recurrir a un adulto que pueda ayudarlas.

Los leones que viven dentro de la casa

Los leones representan a los padres de Laia y las transformaciones que atraviesan dentro del hogar. La contradicción es una parte central del relato: pueden ser cariñosos y, al mismo tiempo, convertirse en figuras capaces de despertar temor.

Paula Parma, ilustradora neuquina radicada en Bahía Blanca, fue la encargada de darles forma. Para Planes, sus imágenes consiguieron reflejar la complejidad emocional de esos adultos y la mirada de una niña que intenta entenderlos.

Laia imagina entonces que se coloca una capa de lobo para enfrentarlos y decir basta. Sin embargo, el cuento no deposita sobre ella la responsabilidad de resolver la violencia de los adultos. Su acto de valentía consiste en encontrar su voz y animarse a contar lo que está viviendo.

El nombre de la protagonista tampoco fue elegido al azar. Según explicó su autora, Laia es un nombre griego que significa “la que tiene voz”: una niña que logra expresar aquello que hasta ese momento no podía decir.

Una maestra que logra mirar más allá

La intervención de la docente ocupa un lugar fundamental. Laia no puede explicar inicialmente qué ocurre en su casa, pero lo manifiesta a través de su comportamiento. Su reacción en la escuela funciona como una señal de que necesita ser escuchada. “Los niños más pequeños a veces no pueden contar lo que les pasa, no saben cómo hacerlo o no tienen los medios. Muchas veces lo muestran mediante otras acciones”, explicó Planes.

La maestra genera un vínculo de confianza y, después de escucharla, comienza a movilizar a los adultos y los mecanismos de acompañamiento. De esta manera, el libro también interpela a familias y educadores: los invita a prestar atención a conductas que pueden esconder tristeza, miedo o situaciones de violencia.

El desenlace no plantea que el problema desaparezca de un momento para otro. “No quise escribir el típico final feliz en el que todo se resuelve, porque la vida no es así”, remarcó la autora.

Aunque la editorial recomienda la obra para lectores de entre 9 y 12 años, la escritora también lo compartió con alumnos de tercero y cuarto grado y con adolescentes en algunos ciclos de lecturas en los que participó. Su intención es que la historia pueda abrir una conversación en las familias y en las escuelas.

Cuando el derecho y la literatura se encontraron

La escritura acompañó a Soledad Planes desde mucho antes de la publicación de su primer libro. Realizó talleres literarios desde muy joven, cursó el secundario en una escuela con orientación en Letras y, después de recibirse de abogada, estudió durante un año esa carrera. Las dificultades para compatibilizar los horarios con su trabajo le impidieron continuar, pero nunca dejó de escribir.

En paralelo, trabajó durante 18 años en una fiscalía, donde conoció casos de abuso sexual, lesiones y violencia familiar. Esas experiencias comenzaron a afectarla de una manera diferente después del nacimiento de su hija, que actualmente tiene la misma edad que Laia.

“Su intención fue crear, desde la ficción y con un enfoque de derechos, una herramienta que ayudara a los niños a reconocer distintas formas de violencia y comprender que pueden pedir ayuda.