Sergio Birnbaun, el pediatra más querido que todavía cree que la medicina empieza por escuchar
Fue director del Hospital Lagomaggiore, docente de Pediatría en la Universidad Nacional de Cuyo y en 2013 fue elegido por pacientes, colegas y estudiantes como uno de los Médicos Referentes de Mendoza. Pero hay un título que probablemente lo represente mejor: el de pediatra de varias generaciones. A los 80 años, sigue creyendo que para curar hay que escuchar, mirar a los ojos y, sobre todo, estar.
Una profunda charla con un grande de la medicina mendocina.
Rodrigo D'Angelo / MDZHay médicos que uno recuerda por un diagnóstico, por una receta o por una intervención que salió bien. Pero si tenés suerte, te toca en la vida ese médico que recordarás de otra manera: por cómo trataba a tus chicos, por la tranquilidad que transmitía, por una llamada telefónica a deshora o porque, alguna vez, apareció en la puerta de tu casa para ver cómo estaba ese niño que no terminaba de mejorar. El pediatra Sergio Birnbaun pertenece a esa segunda categoría.
En Mendoza, decir su nombre en una reunión es casi una invitación a que aparezcan historias y anécdotas de personas que fueron sus pacientes cuando eran niños, padres que confiaron en él y profesionales que lo tuvieron como maestro. Por eso, cuando en 2013 se publicó Médicos Referentes de Mendoza, fueron justamente sus pacientes, colegas y estudiantes quienes lo eligieron como pediatra referente de la provincia.
Su currículum alcanza para explicar una parte de su reconocimiento: fue director del Hospital Lagomaggiore, docente de la Cátedra de Pediatría de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Cuyo y desarrolló buena parte de su carrera en hospitales públicos, pasando, además del Lagomaggiore, por el Emilio Civit y el Notti.
Pero el currículum no explica por qué tanta gente lo saluda por la calle. Hay algo más. Quizás tenga que ver con aquella manera de ejercer la medicina en la que el médico no terminaba su trabajo cuando cerraba la puerta del consultorio.
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Cuando era joven y recién empezaba su carrera, Birnbaun vivía en el centro y trabajaba lejos. Más de una vez utilizaba ese trayecto como excusa para pasar por la casa de alguno de sus pacientes y comprobar que estuviera bien. Ni siquiera cobraba la consulta. “Era la inseguridad de uno, de la juventud”, cuenta ahora, con una sonrisa.
Con el paso de las décadas cambió la medicina, cambiaron los tratamientos, aparecieron nuevas tecnologías y también cambió la relación entre médicos y pacientes. Pero hay algo que para él permanece intacto: la premisa de que el médico tiene que escuchar. Tiene que preguntar. Tiene que observar. Tiene que conocer a la familia.
“Una de las cosas que agradezco a la vida es que muchas familias me han permitido entrar en su núcleo”, dice durante esta charla En Confianza. Y quizás allí esté una de las claves de su manera de entender la profesión: para Birnbaun, cuando una familia deja entrar al médico en su intimidad, recién entonces empieza verdaderamente la medicina.
A los 80 años continúa trabajando y atendiendo consultas, incluso por teléfono. Mira con curiosidad los avances tecnológicos, reconoce cuánto ha ganado la medicina gracias a ellos, pero también advierte sobre aquello que puede perderse en el camino: la empatía.
Y cuando se le pregunta qué lo sigue emocionando después de tantos años, no habla de títulos, reconocimientos ni logros profesionales. Dice simplemente: “La posibilidad de seguir siendo útil”.
En este video podés ver la charla completa con Sergio Birnbaun. Si preferís leer... ¡seguí haciendo scrol!
—¿Sergio, en qué momento decidió que quería ser médico y cuándo apareció la pediatría?
—Mis padres me ayudaron mucho en la elección de la profesión. Por parte de la familia de mi padre, soy el primer profesional y médico. Por parte de mi madre tenía un tío médico. Y la verdad es que siempre me han gustado los chicos. Entonces la pediatría fue un área que me entusiasmó desde que empecé la carrera.
—¿Hubo alguna persona que lo inspirara? ¿Algún médico que haya pensado “quiero ser como él”?
—He tenido varios maestros. La mayoría fueron pediatras: el doctor Alfonso Ruiz López, el doctor Marti Peña. Tuve modelos que no solamente fueron modelos, sino que me encaminaron en el ejercicio. Muchas veces me dejaron sus consultorios. Cuando me recibí todavía no había residencia de Pediatría, así que empecé como neonatólogo en el Hospital Emilio Civit y de ahí seguí hacia la especialidad de Neonatología y Pediatría.
—Después de tantos años de profesión, ¿qué tiene que tener un buen médico que no se aprende en la facultad?
—Tiene que tener paciencia, mucho oído para escuchar a los padres, buen ojo clínico, tiene que preguntar, tiene que "meterse en la familia", como yo digo. Una de las cosas que agradezco es que las familias de mis pequeños pacientes me han permitido entrar en su núcleo. Una vez que uno entra en un núcleo familiar, verdaderamente empieza a ejercer la medicina.
Qué más... hay que tener empatía y buena relación, no solamente con el paciente, sino también con los colegas y con las enfermeras y enfermeros, porque muchas veces uno tiene que compartir el cuidado de unos chicos.
Pero hay algo fundamental: no dejar de estudiar. Hay que estar actualizado.
—Usted lleva décadas ejerciendo. ¿Cuánto cambió la medicina desde que se recibió?
—Y... Cambió. Han aparecido nuevos métodos de diagnóstico, por ejemplo diagnósticos prenatales, muchos avances en neonatología y también en adultos y en chicos más grandes. Por suerte, con las vacunas, los cuidados y demás, vemos mucha mejor sobrevida de enfermedades. Hoy los chicos superan muchas circunstancias que antes, ante algunos diagnósticos, eran casi un sello de que las posibilidades no eran muy buenas.
Hoy hablamos de cirugía prenatal. Las ecografías, los ecocardiogramas y todos los adelantos han cambiado mucho nuestras conductas.
—¿Qué se ganó y qué se perdió con toda esa tecnología?
—Se ganó con las nuevas terapias y los nuevos métodos de diagnóstico. Se ganó mucho. Pero el riesgo es perder la empatía, la relación con el paciente.
Esto es importante porque, como médico de chicos, uno a veces en el consultorio los ve 20 minutos, media hora o 40 minutos. Pero la madre está todos los días, las 24 horas. Entonces esas pequeñas cosas que uno pregunta a los padres, aunque a veces parezcan no tener importancia, pueden ser fundamentales para llegar a un diagnóstico.
—¿La tecnología puede terminar alejando al médico del paciente?
—Depende de cada uno. Uno sabe hasta dónde puede ayudarle la tecnología. Hoy podés usar inteligencia artificial, pero eso no debe hacer que el paciente se aleje de vos, o alejarte a vos de él.
Hay que saber leer los artículos que se publican, porque no todos son ciertos. Y también hay que tener cuidado con decir que algo no sirve, porque hoy pensamos que no sirve. Por experiencia personal, uno no puede decirle que no a las cosas porque de repente lo que hoy decimos que no, dentro de dos o tres años puede cambiar.
—Hoy muchos padres llegan al consultorio después de haber buscado en Google o incluso consultado a la inteligencia artificial. ¿Cómo se maneja esa situación?
—Primero con el interrogatorio. Un buen interrogatorio te ayuda a ir buscando qué es lo que pasa.
Es verdad que los padres buscan información y muchos quieren escuchar lo que ellos quieren y no lo que uno les plantea. Se meten en la inteligencia artificial o en otras plataformas para saber cosas, es inveitable.
Eso te exigen más como profesional. Un chico tiene dolor de cabeza y los padres te preguntan: “¿Por qué no me pide una resonancia?”, evidentemente, porque han estado investigando antes. Y hay que explicarle que hay una normativa o un algoritmo que indica hacer una serie de procesos.
Por eso yo digo que es fundamental crear confianza.
—Qué es eso de "crear confianza"?
—Cuando yo empecé, tenía 25 años, vivía en el centro y trabajaba lejos. Y en el trayecto de regreso, pasaba por la casa de los pacientes a ver si estaban bien o no y no les cobraba la consulta. Era quizás la inseguridad de uno, ¿no?.
Esta inseguridad con el tiempo va cambiando y la relación con los padres de tus pacientes, también. Yo me he encontrado con padres con los cuales me trataba de usted y esos hijos, que después fueron grandes, me tutean.
El respeto no se impone por el hecho de tener un título. Se impone como un padre en la familia. Si te creen lo que decís, te respetan. No es que sepas más o menos, porque todos nos podemos equivocar. No somos dueños de la verdad. Por lo menos yo no me considero así.
—También fue docente de Pediatría en la Universidad Nacional de Cuyo. ¿Qué es lo que más lo satisface de haber enseñado?
—Bueno lo primero que me alegraba era ver que cuando llegaba el momento del examen, ver que han aceptado y aprendido todo lo que uno les ha dicho.
Y ahora que ya estoy viejo y me encuentro con varios profesionales mucho más jóvenes, en algunos lugares me presentan y dicen: “Él fue profesor mío”. Yo creo que eso es lo importante: uno tiene que dejar un poquito de huella.
Además, no solamente me dediqué a la docencia en la facultad. Una vez que me recibí, con otros médicos nos dedicábamos a hacer congresos de Neonatología cada dos años, aproximadamente. Tuvimos la posibilidad de traer mucha gente del exterior, formadores de opinión, a Mendoza. Eso también me deja satisfecho: haber servido como vínculo, en base a las amistades que uno tuvo, para que mucha gente pudiera capacitarse.
—Su preocupación por la formación también alcanzó a la enfermería y a las familias.
—Sí. Me he preocupado y ocupado de la formación no solamente de los médicos una vez que han terminado, sino también de la Enfermería.
Con estos colegas formamos también una institución, una sociedad, porque justamente empezamos a preocuparnos un poco por las familias. Entonces empezamos a hacer la primera casa donde estaban las madres que tenían los chicos internados. Utilizamos en ese momento, en el Emilio Civit, unos containers que habían traído cuando fue el terremoto y que habían llegado de Francia. Los transformamos en hogares para los padres que estaban con sus hijos en el hospital.
—¿Qué aprendió dirigiendo un hospital público que no podría haber aprendido en otro lugar?
—Que hay que buscar que la gente que allí trabaja sea compañero de uno. Uno no puede ser autoridad y no puede ser respetado si no se trata bien con sus pares. Tal vez por eso me conocen como "el Sergio". Ya no soy el doctor Birnbaun, soy Sergio.
Tratar bien al otro hace mucho al respeto. Que la gente se sienta acompañada por quien es el jefe. Yo tomé algunas decisiones de tipo social cuando correspondieron. Pero debo decir que la gestión es muy difícil. Una amiga me decía cuando fui director: “Ahora empieza la soledad del poder”.
Es verdad. Cuando uno está arriba es muy difícil porque a veces no todos los que te escuchan piensan igual que vos. Pero si tr abrís a compartir: una charla, un café, una hora de trabajo... eso te lleva a ser solidario a pesar de que no pienses igual. Y eso es lo que he tratado de ser siempre: solidario con la gente que trabaja conmigo.
—¿Cómo ve hoy la salud pública de Mendoza?
—Yo he trabajado toda mi vida en el hospital público. Empecé en el Civit, después me fui al Lagomaggiore y terminé en el Notti. He pasado por los tres hospitales pediátricos.
Y verdaderamente el hospital público es el cuello de botella donde uno aprende mucho. Ahí es donde verdaderamente uno se siente útil, porque es donde encontrás la solidaridad y donde encontrás que verdaderamente hay gente que te necesita.
Y a veces te necesita no solamente en las buenas, sino también en las malas. Es donde uno mejor se siente.
Sergio Birnbaun y la niñez de hoy
—Hay temas de la infancia que hoy tienen mucha más visibilidad: salud mental, TDAH, trastornos de la alimentación, suicidio adolescente. ¿Son problemas nuevos?
—Hay cosas que antes no les poníamos nombre y apellido y han existido siempre.
Algunas enfermedades como el TDAH, por ejemplo, antes se definían diciendo que eran chicos hiperactivos o inquietos. Hoy se han empezado a identificar y tabular los diferentes cuadros.
También hay enfermedades nuevas que van surgiendo. Uno tiene que estar al tanto y actualizarse permanentemente.
Y con los chicos con problemas neurológicos también cambió mucho la mirada. Antes había chicos con determinadas condiciones que terminaban en hospitales psiquiátricos. Hoy no.
—¿Y qué papel tienen los padres frente a los problemas de salud mental de los chicos?
—Los padres tienen que estar más presentes. La presencia de la familia junto a un niño enfermo cambia fundamentalmente las cosas.
El suicidio adolescente es una realidad y tiene que ver también con la contención. Si el padre está presente, va a darse cuenta que algo pasa. Lo importante es que los padres sepan detectar rápidamente cuando hay algún trastorno de conducta en el chico.
No hay que dejar la responsabilidad solamente en el médico ni en la escuela. El primero que tiene que ser responsable de lo que pasa con un chico tiene que ser el padre.
—Con esta posibilidad de acceso a prácticamente todo lo que se les ocurra, que brindan las redes sociales... ¿Estamos criando chicos demasiado expuestos?
—Sí. Están demasiado expuestos a la tecnología, a las redes sociales, a la mirada del otro y a recibir cualquier opinión sin fundamento.
Hoy, con TikTok, Instagram, Facebook y las redes sociales, cualquiera puede decir cualquier cosa de mí y cualquiera puede opinar cualquier cosa.
Por eso repito que como padres, ese es el desafío: no desentenderse de los chicos.
La salida no es ofrecerles más tecnología. La salida es educarlos, hacerles leer un libro, compartir algunas cosas. Comunicarse. Ahí te vas dando cuenta si puede haber algún trastorno.
—¿Qué le diría a un papá que siente que su hijo ya no le cuenta nada?
—Que no se deje ganar, y que busque el diálogo. Hay que buscar la comunicación, e ir por las alternativas que al chico le gusten. No la alternativa que a mí me guste para transmitírsela a mi hijo.
Tengo que ver qué le gusta a mi hijo y ser yo quien capta esa idea y la desarrolla.
El chico te va a dar señales. Siempre te da señales de lo que pasa. Si vos no sabés captar esa señal, ahí estamos mal.
Y algo importante: los padres también tenemos que saber hasta dónde decir que sí y hasta dónde decir que no.
—Después de la pandemia se hicieron mucho más frecuentes las consultas médicas por teléfono, WhatsApp o incluso mediante fotos y videos. ¿Puede reemplazarse la consulta presencial?
—La pandemia cambió los paradigmas de atención y de la relación médico-paciente.
Yo mismo, durante la pandemia, ya tenía más de 70 años y dejé de atender durante un año y pico. Pero atendía por teléfono y hasta el día de hoy sigo atendiendo por teléfono.
—¿Pero se puede reemplazar el examen físico?
—No. No se puede reemplazar.
Pero te pongo un ejemplo: hay veces que los pacientes a veces me mandan grabada la respiración del chico, cómo respira, cómo ronca. Además, mucha gente ahora sabe tener saturómetros en la casa. Entonces, si tenés un chico con alguna patología y tenés posibilidades de medir la saturación, eso ayuda.
—Después de una vida dedicada a la Pediatría, ¿qué sigue emocionando a Sergio Birnbaun?
—Ser útil. Creo que ahí está todo. Hoy tengo 80 años y que pueda ser útil, que por ahí la gente me tome como referencia en algunas cosas, es el alimento que te va cargando las pilas para seguir.
—¿Alguna vez un niño le enseñó algo que un adulto no hubiera podido enseñarle?
—Si, uno aprende de los chicos. Aprende de la sonrisa de ellos.
Yo aprendí mucho jugando con los chicos. Te cuento: tenía un pediómetro que se desarmaba y entonces a veces me ponía a jugar con los chicos como si fuéramos espadachines. Y ya viendo si el chico quiere jugar, o si no quiere jugar, te está enseñando sobre su salud.
Hay que aprender a ver a los chicos: recién ahí podés ayudarlos.
Yo creo que todos los chicos te enseñan. Y uno nunca deja de aprender.
—¿Cuál es la regla de oro de Sergio Birnbaun?
—Te lo repito: ser siempre útil. Probablemente esa máxima la recibí de mis padres.
El que no sirve para servir, ¿para qué sirve?






