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Por qué los astronautas no pueden llorar en el espacio

Aunque la emoción esté presente, en condiciones de microgravedad el cuerpo humano reacciona de manera diferente.


La idea de un astronauta emocionado frente a la inmensidad del espacio es tan potente como habitual. Sin embargo, existe una particularidad poco conocida: en el espacio, llorar tal como ocurre en la Tierra no es posible. No se trata de una norma ni de una limitación operativa, sino de una consecuencia directa de las condiciones físicas en las que se desarrolla la vida fuera del planeta.

Durante una explicación en el canal TN, el historiador espacial Diego Córdova detalló que este fenómeno está vinculado a la microgravedad. En ese entorno, el comportamiento de los fluidos corporales cambia por completo, lo que impacta directamente en funciones tan cotidianas como llorar o incluso respirar con normalidad en caso de congestión.

Astronautas Artemis II (1)

Artemis II marcará el regreso de una misión tripulada de la NASA al entorno lunar después de más de medio siglo.

El efecto de la microgravedad en el cuerpo

En la Tierra, la gravedad permite que las lágrimas fluyan naturalmente desde los ojos hacia el rostro. En cambio, en el espacio, donde la gravedad es prácticamente inexistente, los líquidos no descienden. Esto provoca que las lágrimas no caigan, sino que se acumulen alrededor del ojo formando una especie de burbuja.

Este mismo principio afecta a otros fluidos del cuerpo. Por ejemplo, durante un resfrío, la congestión se vuelve más incómoda, ya que la mucosidad no drena como lo haría en condiciones normales. En términos generales, la microgravedad genera una redistribución de líquidos hacia la parte superior del cuerpo, lo que modifica múltiples funciones fisiológicas.

Una limitación física, no emocional

A pesar de esta imposibilidad física, los astronautas sí experimentan emociones intensas. La diferencia es que esas emociones no se traducen en lágrimas visibles. Incluso en momentos de gran impacto, como observar la Tierra desde el espacio o acercarse a la Luna, el cuerpo no responde de la misma manera que en la superficie terrestre.

El fenómeno responde a una cuestión estrictamente biológica: las lágrimas se producen, pero no logran desprenderse del ojo debido a la falta de gravedad. En lugar de deslizarse por la cara, permanecen adheridas, generando incomodidad e incluso dificultando la visión si se acumulan.

artemis luna

Los miembros de la tripulación de Artemis II (de izquierda a derecha) Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen se encuentran en la sala blanca en el brazo de acceso de la tripulación del lanzador móvil en la plataforma de lanzamiento 39B en el Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida.

Vivir en un entorno completamente distinto

La imposibilidad de llorar es solo una de las tantas adaptaciones que el cuerpo humano debe afrontar en el espacio. Desde la circulación sanguínea hasta el equilibrio y la orientación, cada función se ve alterada en mayor o menor medida.

Por eso, los astronautas reciben un entrenamiento exhaustivo que les permite desenvolverse en un entorno donde incluso las acciones más simples -como llorar- se comportan de manera completamente distinta.