Osvaldo Chiavazza, el arte, el dinero y una frase fuerte: "El artista debe dejar de ahuyentar a la gente"
El artista habla de la libertad que encontró en el arte y de la importancia de no subirse a un pedestal y maltratar o asustar a quien quiere mirar un cuadro.
Osvaldo Chiavazza y sus definiciones, en una charla En Confianza, con MDZ.
Lucho Vigazzola / MDZHay personas que simplemente pintan cuadros. Y hay personas para las que hacer arte es una manera de mirar el mundo. Osvaldo Chiavazza parece pertenecer definitivamente al segundo grupo.
Mendocino, pintor, dibujante, escultor y muralista, Chiavazza construyó a lo largo de décadas una obra reconocible, con presencia en colecciones públicas y privadas de distintos países y con una trayectoria que incluye premios en salones provinciales y nacionales. Egresó de la Escuela Provincial de Bellas Artes en 1990 y fue discípulo de Fausto Caner, una figura decisiva en su formación.

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Pero si algo queda claro después de conversar con él es que la historia de Chiavazza no puede contarse solamente a través de sus cuadros.
Está también aquel niño de la Sexta Sección que dibujaba los nombres de sus amigos enamorados con letras góticas. El adolescente que dudó entre estudiar Bellas Artes o convertirse en enólogo. El joven que atravesó una crisis y terminó trabajando un año como albañil. Y el hombre que todavía hoy lleva lápices consigo porque, como explica, puede estar dibujando incluso cuando no tiene un lápiz en la mano.
En esta nueva edición de “En Confianza”, la conversación se aleja deliberadamente de la ficha técnica del artista para entrar en otro territorio: el de las dudas, las elecciones, el dinero, la libertad, el ego, los museos, las redes sociales y esa pregunta que atraviesa toda la charla: ¿por qué necesitamos el arte?
Chiavazza tiene una respuesta contundente: porque forma parte de la vida.
A continuación podés ver la entrevista completa con Osvaldo Chiavazza. Y si preferís leerla, ¡podés seguir haciendo scrol!
“En el barrio me decían el Da Vinci”
—¿Osvaldo, cuándo descubriste que querías ser artista plástico? ¿Hubo un momento puntual en el que dijiste: es esto y no es otra cosa?
—Sí, fue, pero no en mi infancia, sino en mi adolescencia. En realidad, como todos los niños, dibujaba, pintaba y hacía mis cosas con mucho entusiasmo. Gastaba hoja, hoja, hoja. ¡Pobre mi viejo! Porque la verdad es que gastaba muchos materiales. Él incluso tenía una tintorería, ahí se envolvían las cosas con ese papel marrón, había rollos grandes... Bueno, yo usaba eso desde chico.
Yo no sabía que existía un mundo del arte, no sabía que existía un mundo de pintar. Sabía sobre cuadros por la enciclopedia que veía.
¿Por qué te digo que mi momento fue en la adolescencia? Porque yo tenía muchas ganas de ser enólogo. También me gustaban mucho las plantas y quería ir al Liceo Agrícola. Pero a su vez, dibujaba. Entonces rendí para entrar a Bellas Artes y también al Liceo Agrícola. Pude entrar a los dos, pero elegí Bellas Artes.
Y a los 16 años tuve como maestro a Fausto Caner. Ahí realmente hice un clic. Ahí fue donde me decidí a seguir el camino del arte, de las artes plásticas.
—¿Y cómo era el Osvaldo niño? ¿Ya tenías una inclinación artística?
—Siempre me gustó el aire libre. Estaba todo el día en la calle, básicamente. Pero en el barrio me decían “el Da Vinci”, porque yo, dentro del grupo de amigos, era el que dibujaba, el que resolvía las cosas plásticas. Si había un carbón y había que rayar una pared, la rayaba yo.
Tuve una vida de niño muy linda, la verdad.
—¿Dónde naciste?
—En la Sexta Sección, por la calle Paso de los Andes y Juan de Dios Videla, por ahí. Y ahí tenía mi barriada, que aún la tengo.
Es más: todavía hay dibujos hechos con llaves y con puntas en los caños de luz. Mis compañeros y mis amigos del barrio todavía lo siguen cuidando como si fuera oro.
Yo les dibujaba, por ejemplo, los nombres con corazones cuando se noviaban mis amigos, con letras góticas. Hacía esa clase de cosas.
“Mendoza tiene un paisaje interno”
—¿Tuviste inspiraciones? ¿Había artistas que mirabas y decías: quiero ser como este o como esta?
—Cuando era adolescente, no tanto, porque era más bien enciclopédico. Era de esa enseñanza que te daban los libros. Iba mucho al Museo Fader: me llevaban mi viejo y mi vieja, y miraba mucha pintura, pero yo mucho no entendía. También participé en algunos certámenes de pintura para niños.
Incluso, si en el barrio había alguna profesora de plástica o alguien que daba un curso, yo me metía. Así como andaba todo el día en bicicleta, también andaba todo el día dibujando.
—¿Mendoza tuvo que ver con tu mirada artística? ¿Los paisajes de Mendoza?
—Al principio no, porque yo tuve un maestro italiano, Fausto Caner, y él era muy abstracto y más universal.
Mendoza es lo más. Cada día me enamoro más de esta provincia porque tenemos todo. Yo no soy paisajista, pero sí tengo una escuela en Mendoza, que es la Escuela de Bellas Artes. Me influyó muchísimo porque cuando fui estaban el maestro Sarelli, Scacco, Gil, Severino. Todos ellos eran pintores que enseñaban en la escuela. Y ellos venían de maestros como Aval, Ducmelic, Retamosa, que eran mendocinos y eran paisajistas mendocinos.
Entonces, esa estética mendocina, más que ese paisaje mendocino, me marcó.
—¿Qué te interesó siempre mirar más: las personas, los objetos, los momentos históricos?
—Más que nada la historia humana. Algo más abstracto, más universal. Un poco eso heredé de mi maestro. Me interesa más la poesía, más que describir una situación o un paisaje. Trato de describir un paisaje interno, una idiosincrasia.
Mendoza tiene una idiosincrasia muy particular dentro de todo el país. Así como la tiene Salta en el norte o Buenos Aires. Pero para contestarte, yo hago figuras más oníricas, por eso hago algo no tan folclórico.
“Si yo no pinto, no soy”
—¿Por qué pinta un artista? ¿Porque es su forma de expresarse, porque tiene algo que decir? ¿porque no sabe bien qué decir y entonces lo pinta? ¿O porque también es su trabajo y tiene que vender para comer?
—Es por todo eso. Uno pinta. Primero, es algo hermosísimo poder hacer lo que te gusta, y como en la vida hay de todo -hay angustias, hay felicidades, hay hambre y hay también momentos de abundancia-, no hay un solo motivo por el que se pinta. Uno pinta porque decidió hacer algo y ese algo es inevitable.
¿Por qué no pintaría? Esa sería mi respuesta a tu pregunta. Si yo no pinto, no soy. Ya es mi forma de vivir. Estoy pintando y dibujando aun cuando no pinto y dibujo. Yo no necesito un lápiz en la mano o un pincel para pintar.
Estoy todo el tiempo pintando, ya no lo puedo separar de mi vida.
—De hecho, cuando te fui a buscar para esta entrevista estabas dibujando.
—Sí. Yo estoy dibujando siempre. Así como alguien puede llevar una caja de cigarrillos o un instrumento musical, yo llevo mis lápices.
“No soy tan mutable”
—¿Cambia la manera de pintar a lo largo de los años? Porque siento que tenés un estilo que quien conoce tu obra puede reconocer inmediatamente. ¿Está bueno tener un estilo determinado o hay que ser camaleónico?
—Ser camaleónico es una forma de pintar y tener una forma constante es otra forma de pintar. No hay ninguna ley en esto, ni nada estricto. Sino sería contabilidad.
Siempre hay un cambio, siempre hay una transformación. A veces las transformaciones son grandes, a veces son pequeñas. En mi caso son pequeñas. No es algo que me altere tener que estar cambiando.
Tengo colegas que sí: si no cambian, si no mutan, si no se mueven, no son ellos.
Yo no soy tan mutable, pero si te presentara una obra mía de cuando empecé, podrías ver que soy yo, pero también te darías cuenta de todos los cambios que ha habido.
“Los artistas tenemos que dejar de asustar”
—Hay gente que entra a una muestra de arte y dice: “No entiendo nada”. ¿Qué le dirías a una persona que se siente rara, que siente que tiene que entender algo elevado para estar en ese lugar?
—Tengo un mensaje para dos personas.
El primero es para la persona que va a una muestra: que no se sienta avergonzada por no entender.
Y el segundo, para los artistas: nos tenemos que hacer cargo de no ahuyentar a la gente cuando te dice que no entiende o que no le llega el mensaje. Ponerse del lado de la de la gente.
—No subirse a un pedestal.
—No subirse a un pedestal... pero no solamente eso. Es tratar de explicar el sentir. Por eso los museos están vacíos: porque la gente tiene miedo de entrar. Tiene miedo de quedar como una ignorante.
Y de eso tenemos la culpa los artistas, porque tratamos como ignorantes a las personas que no entienden lo que nosotros pretendemos, o porque exigimos que tienen que entender de determinada manera.
Más allá de las técnicas, más allá del arte conceptual —que es un arte muy válido, que existe y hay obras excepcionales—, un cuadro es poesía. Y la poesía no se explica. La poesía está en el aire. La poesía es algo que te atrapa.
Si vos presentás un balde en un museo, que es válido según cómo lo presentás y lo que representa poéticamente ese balde, no le podés decir a una persona que es ignorante porque se ría, por ejemplo. Hay que hacerse cargo de que a veces las cosas no salen como uno quiere.
Incluso la mayoría de las veces, cuando uno quiere dar un mensaje o transmitir algo, no lo logra. Pero sí logra otros intercambios. A mí me han pasado cosas muy graciosas. Yo he querido hacer algo muy espiritual y realmente me han hecho una devolución que me ha causado gracia, pero eso me ha enseñado mucho a bajar el ego.
No hay que interpretar al otro como que es un ignorante si no entendió lo que vos quisiste decir de la forma en que lo pensaste.
“Las redes sociales son una herramienta poderosísima”
—¿Mendoza tiene suficientes museos, galerías y espacios para mostrar arte? ¿Se comunica bien lo que sucede?
—Hay muchos lugares. Tradicionalmente Mendoza está muy bien. Hay muchísimos espacios.
El tema es la difusión. Con esto de las redes sociales se ha diluido un poco la cosa. Al menos yo, me pierdo un poco. No sé bien dónde buscar a veces. Estoy muy diluido. Es un problema mío.
—Eso, tema redes sociales: ¿Un artista tiene que darles importancia?
—Son tan importantes como que existen y tienen hoy un protagonismo en la gente, en todos los niveles etarios, que es impresionante.
Ahora, es como toda herramienta: la cosa está en cómo la usás. Una red social es una herramienta poderosísima, pero la tenés que usar bien.
Yo tengo redes sociales y la he pifiado muchas veces. He puesto cosas personales, después otras profesion ales... hasta que decidí poner nada más que cosas profesionales.
Las redes sociales me parecen fantásticas, así como la inteligencia artificial. Son todas herramientas que uno no se tiene que anublar, pero sí las tiene que usar bien.
“Cuando comercializo la obra se me va el poeta”
—¿Quién compra arte hoy en Argentina y en Mendoza? ¿Existe un perfil determinado? ¿Empresas, coleccionistas, gente que quiere un cuadro para decorar?
—¿Quién vende arte? Eso es lo importante. Porque vender se puede vender todo lo que uno hace. El tema es ser un buen vendedor. Si querés vender un mural a una persona que tiene bajos recursos, difícil va a estar porque no le alcanza el dinero. Si hago un mural y lo vendo a un bajo precio porque una persona no lo puede comprar, me la paso trabajando para cobrar tres mangos.
Yo hago láminas para gente que no puede adquirir obras grandes pero que está ansiosa de adquirir arte. Y realmente vos ves a la gente cómo se compra eso y se queda muy contenta. Después incluso hace un esfuerzo y quizás con cuotas te compra una obra.
¡Con esta pregunta me pusiste en plan galerista, en plan vendedor! Y te confieso que a mí me gusta mucho la movida de comercializar la obra. Son dos momentos distintos de mi vida: cuando me pongo a comercializar se me va el poeta.
—Es una dimensión que a muchos artistas les cuesta: ponerle un precio a su trabajo, sentarse a negociar.
—Sí. El precio tiene que ser coherente con tu trabajo y con tu dedicación. Si vos te dedicás a esto durante toda tu vida, tenés que saber cobrar para vivir.
A muchos colegas no les gusta que hable de esto porque pareciera que uno se estuviera vendiendo al mundo monetario. Pero realmente el dinero es excepcional: hay que verlo como una herramienta para tener recursos. Mientras yo más pueda vender, mejores materiales voy a poder comprar, mejor voy a comer y atener bienestar, y más relajado voy a estar para tener un estado poético mejor.
Somos material. Tenemos que comer, tenemos que dormir bien. Si podés hacer todo eso, disfrutar de tu vida y sos artista, es porque vendés bien tu obra.
A veces es polémico cuando un artista se pone a hablar de cuestiones económicas, pero en este momento me saco el traje de artista.
“Una obra primero se compra porque te gusta”
—¿Comprar una obra de arte es una inversión?
—Sí, es una inversión comprar una obra de arte. A corto o largo plazo lo puede ser.
Pero una obra no se tiene que comprar con la ilusión de que sea algo que te va a salvar. Primero la tenés que comprar porque te gusta, porque tenés que convivir con ella. La experiencia de vivir y convivir con un original es muy distinta a vivir y convivir con una lámina. Y quizás a veces te puede llegar a salir más caro comprarte una lámina y hacerle el marco que comprar un original a un pibe que está empezando.
Acá en Mendoza hay toda una movida donde se venden permanentemente láminas y originales a precios accesibles. Es una oportunidad grande.
“El Estado somos todos nosotros”
—¿El Estado tiene que tener un papel importante en el apoyo a los artistas?
—Tiene que estar. El Estado somos todos nosotros. En el Estado, invertimos los ciudadanos. Y está bien que invirtamos en nosotros. Tenemos que tener nuestros bancos, nuestras escuelas, que tienen que ser bien manejadas.
Acá no se trata de apoyar o no apoyar al arte... lo que hay que hacer es dejar de afanar. Eso es lo que tenemos que hacer.
“Hay muchísimo talento y mucha tradición”
—¿Cómo ves la escena artística mendocina actualmente? ¿Hay movimiento? ¿Qué pasa con los jóvenes?
—Hay muchísima movida. Hay chicos que se reúnen. Hay chicos que vienen a preguntarte si pueden trabajar con vos. Yo acepto algunos.
Hay mucha tradición artística en Mendoza que no se ha cortado. Hay muy buenos profesores en la facultad, en la universidad y en la Escuela de Bellas Artes, que son dos situaciones diferentes: una es secundaria y otra es universitaria. Y hay muchísimas pilas.
A mi me sorprende la pasión y la fuerza que le ponen algunos a algo que no les está redituando para comer.
Pero la juventud siempre va para adelante. Sí, hay mucho talento.
“Lo más difícil de ser artista es mantener lo maravilloso”
—Para ir terminando: ¿qué es lo más difícil de ser artista y qué es lo más maravilloso?
—Lo más difícil de ser artista es mantener lo maravilloso.
—¿Y qué es lo maravilloso?
—Ser artista es tener libertad en cualquiera de los ámbitos de nuestra vida.
El año que fue albañil
—¿Alguna vez tuviste una crisis en la que dijiste: abandono el arte y me pongo, no sé, un vivero?
—Tuve una crisis, sí. Igual las crisis son necesarias. Fue a los treinta, treinta y pico de años. Le dije a mi maestro, Fausto Caner, que no sabía si iba a seguir o no en el mundo del arte. Que ya estaba agotado.
Y me dijo: “Bueno, está bien. Yo te voy a conseguir un laburo”. Y me consiguió un trabajo de albañil.
Estuve un año trabajando de albañil, cuando se estaba haciendo la planta de un agua muy famosa que hay acá en Mendoza. Estuve todo un año trabajando, muriéndome de frío, enluciendo paredes, haciendo zócalos.
Y ese año me sirvió para fortalecerme.
Porque cada cosa que hacía la miraba desde la perspectiva de decir: “Uy, yo acá, con este enlucido, podría hacer un mural. Si le pongo esto, esto y esto...”.
Cuando terminó el año dije: si en cada pared que hago lo único que he hecho es pensar qué pintaría ahí, me tengo que dedicar a eso.
“Que no tengan miedo”
—La última pregunta. Hay personas que ven el arte como un lujo reservado para muy pocos: para los que tienen dinero, para los que van a un hotel cinco estrellas a tomar una copa de champán y ver un cuadro. ¿Qué les dirías a quienes sienten que les gusta el arte pero que se sienten juzgados cuando entran a una muestra?
—Que no tengan miedo. Que se desaten. Que hablen con los artistas. Que se animen.
Si realmente tienen ganas de ver, de conocer, de aprender, hay muchísimos artistas abiertos que no los van a juzgar.
Después de hablar durante un rato sobre arte, museos, dinero, mercado, Estado, redes sociales, pintura, escultura y libertad, me quedo con una frase sorprendentemente sencilla: mirar sin miedo.
Entrar a un museo sin sentir que hay que saberlo todo. Pararse frente a una obra sin preocuparse por encontrar la interpretación correcta. Dejar que algo guste, incomode, emocione o simplemente no diga nada.
Porque quizás el arte no siempre necesita ser entendido.
Quizás, como dice Chiavazza, necesita apenas sonar y vibrar poéticamente.
Y para eso, antes que nada, hay que animarse a entrar.






