La Mendoza que el terremoto borró: la imagen antes del desastre
Una ilustración del naturalista alemán Hermann Burmeister, realizada en 1856, muestra la vida cotidiana de Mendoza antes del devastador terremoto.
Una obra de arte muestra cómo era Mendoza antes del terremoto de 1861.
Imagen de Mendoza AntiguaEn 1856, cinco años antes de que un terremoto destruyera casi por completo la ciudad de Mendoza, el naturalista y viajero alemán Hermann Burmeister inmortalizó en un dibujo uno de los paisajes urbanos más valiosos de la historia provincial.
Su obra, trazada desde una ventana del antiguo Hotel Cattus, ofrece una perspectiva única de la Plaza Mayor -actual Plaza Pedro del Castillo- y de la Iglesia Matriz, epicentro religioso y social de aquella Mendoza colonial.
La imagen de Mendoza antes del terremoto
La imagen, difundida por el sitio especializado Mendoza Antigua, constituye un registro excepcional del aspecto de la ciudad antes del terremoto del 20 de marzo de 1861, que la transformó para siempre. En la escena se observan jinetes, peatones y caballos sobre calles de tierra, rodeados de construcciones de adobe y de un trazado urbano de raíz hispánica. Al fondo, la Iglesia Matriz -con sus dos torres coronadas por cruces- domina la plaza, mientras la luz del oeste parece detener el tiempo sobre la vida cotidiana de una urbe serena y laboriosa.
Burmeister, discípulo del célebre Alexander von Humboldt, había llegado a la región impulsado por el afán científico que caracterizó a los naturalistas europeos del siglo XIX. Su paso formó parte de un extenso viaje de observación y estudio, cuyos resultados publicó posteriormente en su obra "Viaje por los Estados del Plata". De acuerdo con Mendoza Antigua, en la provincia, además de describir la geografía, el clima y la flora, plasmó con mirada naturalista el pulso urbano de una sociedad que comenzaba a abrirse al progreso, pero conservaba el ritmo pausado del mundo colonial.
Desde dónde ilustró a Mendoza
El Hotel Cattus, desde donde realizó su dibujo, se encontraba en la actual esquina de Beltrán e Ituzaingó, en el antiguo centro de la ciudad. Desde allí, el viajero pudo contemplar la plaza en su conjunto, con el Cabildo, los conventos y las viviendas que rodeaban el corazón político y religioso del territorio. La composición revela un equilibrio entre la arquitectura y la vida social: hombres a caballo, parejas que conversan en la vereda, y la amplitud del espacio público que simbolizaba la identidad mendocina antes del desastre.
El terremoto de 1861 marcó un punto de inflexión en la historia provincial. La Iglesia Matriz, el Cabildo y la mayoría de las edificaciones de adobe fueron reducidos a escombros. Más de la mitad de los habitantes perecieron o quedaron sin hogar, y el antiguo casco urbano fue abandonado. La ciudad fue reconstruida en otro solar, al suroeste, mientras la zona original pasó a conocerse como el “barrio de la ruina”. Con la nueva traza surgió una Mendoza moderna, de calles amplias y arquitectura más resistente, pero el espíritu de la ciudad fundacional quedó atrapado en imágenes como la de Burmeister.
Hoy, aquella ilustración de 1856 se erige como una memoria visual invaluable, una ventana abierta hacia la Mendoza que existió antes del temblor. A través de su trazo, se pueden reconocer los detalles de una vida cotidiana desaparecida, los símbolos religiosos y sociales que estructuraban la comunidad, y la calma previa al movimiento sísmico que cambiaría el destino de toda una provincia.
Mendoza Antigua rescata este testimonio como un recordatorio del poder del arte y la observación científica para preservar el pasado. En “La última mirada antes del temblor”, el espectador no solo contempla una imagen: asiste al instante detenido de una ciudad que, sin saberlo, se despedía de sí misma.



