El nuevo enólogo que se la creyó

El nuevo enólogo que se la creyó

Las nuevas generaciones traen consigo muchos aires nuevos, pero también en varias ocasiones un ego gigante.

Federico Lancia

Federico Lancia

Bien es sabido que las nuevas generaciones dentro de sus características distintivas traen eso de que "tenés que dejar un legado, una marca”. Una preocupación constante por diferenciarse y destacarse. Y eso, en un primer momento, está bueno y es hasta estimulante para crecer.

Pero de manera particular, y por varias razones que podrá explicar mejor un psicólogo o un especialista en aprendizaje, ese concepto de “ser únicos” trae aparejado la idea que todo empieza y termina a partir de ellos.

La burbuja estimulante de los consumidores que visitan la bodega, los miles de likes en Instagram, su entorno que los pondera como alguien “distinto”, más este sentido de “rompeparadigma”, pueden confundirte un poco. 

Un poco de respeto

Voy a hablar de mí, para no hablar de otros. Sería un necio y tendría una mirada absolutamente reducida si creo que inventé una forma nueva de hacer periodismo. Si mi forma de concebir hoy a los lectores es la cierta y creer que por este camino está la verdad. Hasta me resulta incómodo escribirlo. 

No hace falta explicarlo. Aunque muchas veces pareciera que sí. Los fudres (esas vasijas de madera más grandes que una barrica o más chicas que un tonel) no nacieron con esta generación, ni los huevos de cemento, ni las piletas de concreto. Como así tampoco, las barricas de roble americano o los vinos concentrados con la generación anterior. En general, en el tema vino está casi todo hecho. 

Lo que me genera cierta ira es la falta de reconocimiento de lo que van dejando las generaciones anteriores en la formación de una tierra de vinos. Y no digo esas frases declamatorias en redes o en presentaciones formales donde todos son políticamente correctos. La falta de reconocimiento reside en la permanente búsqueda de hacer algo diferente, ignorando todo lo que se hizo anteriormente, incluso menospreciándolo.

Escupir para arriba

Siempre me gustaron más los procesos que los resultados. Ahí reside lo lindo del camino. Tener 100 puntos, o un algoritmo que todo el día te dice lo bonito que sos, o rodearte siempre de aplaudidores es cierto que puede marearte. Pero hay que tener la convicción que somos una hormiga obrera de todo un proceso maravilloso que es el vino argentino. Además el espejo siempre nos muestra cinco veces más lindo de lo que somos. 

Y vuelvo a la cultura endogámica que nos caracteriza a todos los argentinos. En todos los aspectos de la vida. Y desde lo general a lo particular. Nos creemos todos la hormiga Reina.

Y se me vienen a la mente las palabras de despedida del congreso del ex senador Bullrich, que padece ELA: “Armamos relatos épicos que nos endiosan, pero la verdad es que no podemos solos. Nosotros estamos de paso, las ideas quedan”. Absolutamente emotivo. 

Somos obreros de un proceso. El vino es el que quedará. 

 

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