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Qué hacer con Putin y Merkel, y muchas otras preguntas, desde el otoño de la socialdemocracia

El veterano socialista francés republicano Jean-Pierre Chevènement, en una entrevista en donde analiza la crisis del otrora candil socialdemócrata, Francia. Exministro de Francoise Mitterrand. Una entrevista para romper con el vuelo bajo de los análisis.
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El periodista francés Eric Conan entrevistó al veterano político de la izquierda socialista republicana francesa Jean-Pierre Chevènement para la revista Marianne el pasado 28 de agosto de 2014. Reproducimos esta larga entrevista también por el gran interés que reviste al tratarse de la primera (auto)critica seria y meditada de la era Miterrand por parte de uno de sus principales protagonistas. 

Un aporte para comprender cómo se mueve el mundo y dentro de los países, la política. La entrevista, traducida por Miguel Candel para Sinpermiso.info, ofrece un verdadero análisis histórico de las decisiones tomadas a partir de 1983 a favor del alineamiento de la República francesa con la política imperialista neoliberal, así como un interesante punto de vista sobre la evolución del Partido Socialista francés a partir de ese momento. 

Usted publicó, poco antes de las elecciones presidenciales de 2012, La France estelle finie ? (Fayard). Dos años después de la victoria de François Hollande, la pregunta se plantea con más fuerza que nunca, vista la inquietante situación de nuestro país. ¿No habría que añadir otra pregunta –la izquierda francesa, ¿está acabada?– ante la mezcla de pánico y de impotencia de que da muestras, tanto si pensamos en la última crisis del gobierno Valls como si pensamos en el ambiente extremadamente negativo que reina en el Partido Socialista que se reúne este fin de semana en La Rochelle?

- Estos sobresaltos eran previsibles, pero no son más que la espuma de las cosas. Ninguna recuperación es posible sin una toma de conciencia mucho más profunda. Pues el desasosiego francés viene de muy lejos. Lo resumiré así: no sabemos ya quiénes somos. La acción de los gobiernos de izquierda desde hace treinta años no es, por desgracia, ajena a esta profunda desorientación. Recuerdo una afirmación de François Mitterrand hecha en tono confidencial, en 1979, en vísperas del Congreso de Metz: "Estamos de acuerdo en todo, Jean-Pierre, con una pequeña diferencia: yo no creo que en nuestra época, por desgracia, Francia pueda hacer otra cosa que esquivar los chaparrones". Hubert Védrine, en una obra notable[1], ha descrito muy bien el cambio de paradigma que llevó a cabo, de 1983 a 1985, François Mitterrand y, tras él, el Partido Socialista: reemplazar un proyecto nacional de transformación social por la ambición de "construir Europa", aunque fuera sobre la base del neoliberalismo que por entonces triunfaba en el mundo anglosajón. Ahí está la raíz del mal: en el abandono de nuestra estrategia de Estado y en la profunda desindustrialización del país.

¿No era François Mitterrand aquel actor político que continúa venerando el Partido Socialista?

- Él vivió el derrumbamiento de Francia en 1940, producto de nuestra postración demográfica, económica y, sobre todo, moral después de 1918. François Mitterrand, que se había topado en Vichy, en 1941-42, con los obstáculos que se alzaban frente a una "Francia sola", estaba convencido, desde 1943, de que la hegemonía de los Estados Unidos limitaría, a partir de entonces, nuestro horizonte histórico. Como a muchos franceses, "la Europa de los Seis" podía parecerle una "Francia ampliada". Era un error de perspectiva: Alemania, dividida, veía de entrada, en una Europa apoyada en los Estados Unidos, el medio para reconstruir su unidad. Pero se trataba de una apuesta hecha sobre la idea de una Europa que algún día sería capaz de existir por sí misma. Tras el hundimiento de la URSS, François Mitterrand tuvo el reflejo de proponer una confederación que incluyera a Rusia. Idea enérgicamente rechazada por los Estados Unidos y por los antiguos Estados miembros del Pacto de Varsovia: la ampliación se hizo, pues, con éstos. De ahí surge esta Unión Europea no sólo abierta a todos los vientos, sino también, a la vez, "germanocentrada" y bajo influencia norteamericana.

¿Qué ha ocurrido en la historia de la izquierda para que haya pasado tan rápidamente con Mitterrand del extremo voluntarismo de los años 70 –con el Programa Común- al seguidismo neoliberal actual?

- Fue la elección de una pequeña élite de socialistas liberales, cuyo gran arquitecto fue Jacques Delors. La historia de este gran giro del PS en el decenio 1983-93 ha sido muy bien descrito en la obra de un profesor de economía de Harvard, Rawi Abdelal[2], que voy a citar para evitar tener que citarme a mí mismo[3]. Demuestra que fue Delors quien impulsó en 1985 la iniciativa de la completa liberalización de los movimientos de capitales, no sólo en el interior de Europa, sino en relación con los terceros países. Esto representaba un giro histórico en la posición de Francia. Una vez dado el primer impulso, el representante de Francia en la OCDE, Chavranski, hizo prevalecer en 1989 la norma de la liberalización de los movimientos de capitales entre los países desarrollados. Abdelal explica el toma y daca franco-alemán: tras haber obtenido la liberalización de los movimientos de capitales, el canciller Kohl levantó su veto a la puesta en órbita de la moneda única. Jacques Delors, escribe Abdelal, "supo imponer, a través del Acta Única, las reglas más liberales que uno pueda imaginar. La supresión del sistema dirigista en el que se había encuadrado la economía francesa durante cuarenta años dio lugar –cito siempre a Abdelal– antes de marzo de 1983 a una discusión que retrospectivamente se presenta como una lucha por el alma del socialismo francés". Abdelal muestra que la decisión de anclar definitivamente el franco al marco en marzo de 1983 trajo consigo toda la política de liberalización ulterior. Así se explica la muerte de vuestra hija, me vienen ganas de decirles a los socialistas que se preguntan hoy por «la muerte de la izquierda". ¡Deberían leer el libro de Abdelal en La Rochelle!

No obstante, hay unas apostillas de izquierda incorporadas al papel desempeñado por la derecha de los años 80 y 90 en la desregulación y las privatizaciones…

- Es todo lo contrario: Rawi Abdelal muestra que la derecha francesa no se habría atrevido a suprimir los controles sobre los movimientos de capital. Como dice Pascal Lamy: "Tratándose de liberalismo, ya no hay derecha en Francia. … La izquierda tenía que hacerlo, porque no habría sido la derecha quien lo hubiera hecho". Este afán por superar a la derecha se explica, según Abdelal, por el prurito de "ganar credibilidad": "A aquellos socialistas liberales los movía el afán de dotarse de una identidad política atractiva y de un perfil moderno, competente, que rompiera con el «arcaísmo» de la izquierda tradicional". El "paréntesis" liberal abierto en 1983 no se ha cerrado todavía y el PS no ha criticado nunca el prejuicio ultraliberal que anida en el corazón de los tratados que ha elaborado y votado desde hace tres decenios. ¡Y con motivo!

La globalización fue voluntad de los Estados Unidos, ¡pero ha sido elevada a norma por los franceses!

- La parálisis de François Hollande, ¿vendría, entonces, más de esta herencia ideológica en la que siempre se ha bañado que de esa incapacidad para decidir que se le reprocha? No procede hacerle un reproche especial a François Hollande por haber renegado de su famoso discurso programático de Le Bourget: todos los presidentes de la República, desde Maastricht, se han apresurado a olvidar el programa con el que habían logrado ser elegidos: Jacques Chirac, inspirado por Philippe Seguin, quería, en marzo de 1995, "reducir la fractura social": seis meses después anunciaba, a petición del Canciller Kohl, el "Plan Juppé". En 2002, el PS prefirió atribuir su fracaso a la dispersión de los votos de izquierda en la primera vuelta antes que preguntarse por sus causas profundas y, ante todo, por la vacuidad del proyecto presentado por su candidato. Nicolas Sarkozy, inspirado por Henri Guaino, pretendía, en 2007, lograr un reagrupamiento en torno a la República. Pocas veces un presidente ha dividido tanto a los franceses. Quería "ir a buscar el crecimiento con los dientes". Se los rompió. Desde luego, la coyuntura no le fue favorable y el capitalismo financiero liberalizado se le vino encima, pero él, como los demás presidentes, ¡se convirtió en su turiferario!

Los males franceses, ¿vendrían, pues, de la fidelidad de François Hollande a François Mitterrand?

- No, pues aunque François Mitterrand había pronosticado "Después de mí no habrá ningún gran Presidente más… Lo que habrá será Europa», creo que él nunca habría aceptado que Europa se construyera contra Francia: ante una situación insostenible como la de hoy, habría buscado puertas de salida, en definitiva, otra Europa... La ortodoxia alemana mete a Europa en un callejón sin salida. El pueblo francés percibe todo esto. Constata la impotencia, la duplicidad y la incapacidad de sus élites para sacarlo de la trampa en que lo han hecho caer a base de grandes promesas ilusorias y falaces[4]. 

Lo malo es que los que quieren escapar del «cepo europeo» se sirven a menudo de él para olvidarse de las reales deficiencias y los graves atrasos franceses que no tienen nada que ver con aquél…

- En efecto, el cepo europeo no lo explica todo. Francia ha perdido las rentas de situación de que gozaba en la época de la guerra fría. La clase obrera estaba entonces mejor considerada: el comunismo daba miedo. Hoy, el capitalismo financiero se ha instalado sobre la base del desempleo, la liberalización de los capitales y la explotación de la mano de obra barata, con la apertura de la China comunista a las multinacionales y la ampliación de Europa hacia el Este. Muchos países de los llamados "emergentes" dominan la ciencia y la tecnología tan bien como nosotros. Antes dominados, pero movidos hoy por una ambición de conquista y por el deseo de borrar las humillaciones del pasado, nos obligan a aumentar nuestra capacidad de trabajo, a combatir el asistencialismo, a modernizar nuestro "Estado social". Pero estos retos inevitables, ¿pueden ser superados bajo el yugo de una moneda que asfixia nuestro crecimiento y mediante el abandono de un "Estado estratega" que había demostrado su eficacia? La crisis en la que nos debatimos desde 2008 da, por desgracia, la respuesta. François Hollande tuvo razón al seguir las recomendaciones del informe Gallois, que hacía de la reconquista de nuestra competitividad el eje central de nuestra política. Pero ¿acaso se puede llegar a ello por la vía de las devaluaciones internas (rebaja de los salarios, de las pensiones y de las prestacione  sociales), que aprisiona a toda Europa en un estancamiento de larga duración? Esfuerzo, sí, ¡pero a condición de que tenga algún sentido!

François Hollande no logra convencer a los franceses del sentido de su política, hasta el punto de que lo eliminan de su intención de voto en el primer turno de las presidenciales… 

El sondeo del IFOP, publicado por Marianne, que da el 26 % de los votos a Marine Le Pen en la primera vuelta de 2017 no ha tenido el eco que merece. Pero a dos años y medio de las elecciones, la eliminación del candidato de la izquierda por Nicolas Sarkozy en la primera vuelta no está en modo alguno fundamentada. En cambio, la probabilidad de un duelo que oponga Marine Le Pen a un candidato de la UMP o del PS en la segunda vuelta es muy alta. No será elegida, pero puede elevar el Front National a un nivel impresionante. Ello significa que, si el candidato que gana en la segunda vuelta, sea del PS o de la UMP, no es un candidato de salvación pública, capaz de cambiar a fondo la situación actual, el FN se instalará en todas las instancias y estará en condiciones de dictar su ley. Para hacer frente a eso, la izquierda debe, por la vía monetaria, pero también mediante reformas audaces, restablecer la competitividad de Francia. Sólo invirtiendo su actual jerarquía de prioridades y volviendo a la tradición de independencia nacional podrá Francia dar todas sus posibilidades de realización a la idea de una «Europa europea» y volver a ser un puente entre los países emergentes y Occidente. Ello pasa por un nuevo patriotismo francés. Nuestras élites, cuya avidez ha acabado siendo su principal motivación, ¿pueden reencontrase con la patria? Y nuestro pueblo, arrastrado por el viento del hiperindividualismo, ¿puede salir de su encogimiento para conectar nuevamente con la idea de un proyecto colectivo?

Parece usted dudar al respecto… ¿Por qué sus planteamientos siguen siendo tan minoritarios cuando estos últimos años le han dado más bien la razón, tanto en relación con Europa como respecto al euro, la diplomacia, la inseguridad o el desastre escolar?

- He seguido estando en minoría ¡porque me adelanté en muchos temas! He intentado influir en la política del PS, desde dentro durante veintinueve años, luego desde fuera a partir de 1993. Yo no reniego de ninguna de las batallas libradas en el gobierno o fuera del gobierno, en asuntos como la investigación, la industria, la escuela, la defensa, la policía de barrio, la intercomunalidad, el acceso a la ciudadanía de los jóvenes procedentes de la inmigración, o bien contra la guerra del Golfo o el proyecto de Constitución Europea. Han servido de referencia a la conciencia colectiva y están lejos de ser batallas acabadas: yo creo en la fuerza de las ideas. Los que me han combatido desde hace treinta años lo han hecho siempre como si la tradición republicana que mantengo fuera sinónimo de "repliegue nacional" u otras pamplinas. Los que no quieren oír hablar de nación son muy a menudo los mismos que no quieren oír hablar de democracia. No comprenden que sólo un sentimiento de pertenencia compartida puede fundamentar la aceptación de la ley de la mayoría por una minoría de ciudadanos. Pero la nación republicana tiene una definición únicamente política: es la comunidad de los ciudadanos. No se opone en modo alguno a la idea de una Europa de los pueblos y a la delegación de competencias a un nivel supranacional, a condición de que su ejercicio esté democráticamente controlado. Esta idea de la nación política formulada en 1789 sigue siendo eminentemente moderna: está madurando la situación para que lo que ayer se consideraba un combate a contracorriente se convierta en una fuente de inspiración para las nuevas generaciones. La cuestión que se plantea es saber si el PS, enquistado en las opciones liberales que lo han llevado al actual callejón sin salida, puede volver al paradigma republicano… 

¿Usted no cree que pueda? 

- Tras su derrota de 1993, el PS sólo ha aportado a los problemas del país una respuesta táctica: la "izquierda plural", donde los Verdes servían de avanzadilla y el Partido Comunista de coche-escoba. Pero la alianza con los Verdes ha corrompido la ideología socialista, tradicionalmente anclada en el racionalismo y la fe en el progreso. La "izquierda plural" no tenía proyecto. Eso se vio enseguida. La única tentativa ideológicamente coherente ha sido la del think tank "Terra Nova": substituir la antigua definición de un partido de transformación social, con vocación de reunir en torno suyo ante todo a las capas populares, por la suma de diversas minorías, con la esperanza de obtener así una mayoría aritmética. Esta visión casa perfectamente con las dos tendencias complementarias que son el hiperindividualismo liberal y el florecimiento de los comunitarismos. ¡Triunfo ideológico de "la izquierda americana", que yo veía venir en los años 70! ¿Cómo ganar unas elecciones cuando uno deja de dirigirse al pueblo en su totalidad? La lógica de los partidos tiende a dominar el Estado: ¿cómo explicar, si no, un proyecto de reforma territorial que no supondrá ningún ahorro? ¿O un proyecto tan absurdo y costoso como la reducción al 50 % de la parte de la energía nuclear en la producción de electricidad? ¿O un proyecto tan capaz de dividir a la sociedad como el de modificar por completo el derecho de filiación? No creo que el despertar republicano pueda venir de la izquierda únicamente. Sólo un gobierno de salvación pública que responda a la pregunta fundamental: ¿quiénes somos? permitiría remontar la pendiente. No está prohibido pensar en ello desde hoy mismo.

¿Qué hacer con Merkel? ¿Cómo cambiar esta Europa sometida al imperio alemán?

Es preciso recuperar el rumbo de una Europa donde Francia y los demás países se sientan a gusto, lo que el general De Gaulle llamaba una "Europa europea", que defina un interés general europeo en relación con el mundo. La primera condición es un cambio de escala. La Europa de 28 no es la buena medida: demasiado grande para que se encuentre en ella el centro de gravedad de nuestros intereses específicos, demasiado pequeña para pesar a escala mundial, se halla económicamente dominada por Alemania y geopolíticamente por el gran protector del otro lado del Atlántico. Esta Europa deja de lado lo que es la zona de influencia natural de Francia: el Mediterráneo, África y el Oriente Medio. La segunda condición es la reforma de la moneda única, de la que yo ya denuncié en el momento de su creación el vicio de partida: aumenta la heterogeneidad de la zona euro en lugar de reducirla. En 1982, cuando yo era ministro de Industria, Otto von Lambsdorff, ministro alemán de Economía, me explicaba el déficit comercial francés con Alemania (entonces, de 28.000 millones de francos) por el hecho de que el SME[5] desempeñaba el papel de un sistema de subvenciones a la industria alemana, habida cuenta de los tipos de cambio y de inflación respectivos entre los dos países y de sus diferencias de estructura económica. Pasados treinta años, esto no se ha corregido: en francos corrientes, el déficit francés con Alemania alcanza hoy los 108.000 millones, ¡cuatro veces más! Francia no debe dejar que se confunda la idea europea con una política de regresión económica y social que erosiona continuamente su tejido industrial. Es necesaria la visión de un hombre de Estado: el nivel del euro debe imperativamente bajar entorno a un 20 % para la economía francesa. 

¿De qué manera? 

- Es posible introducir una cierta flexibilidad en el interior del sistema del euro sin modificar los  tratados. El estatuto de los bancos centrales y del Banco Central Europeo autoriza la constitución de reservas obligatorias (artículo 19) y otros instrumentos de control monetario (artículo 20). Basta con modular estos instrumentos por países, instaurando, por ejemplo, importes compensatorios monetarios (ICM) que podrían, llegado el caso, desembocar en la transformación del euro, de moneda única, en moneda común externa, con "subdivisiones nacionales" ajustables. Para hacer viable este sistema de moneda común externa es precisa una fuerte voluntad política entre las dos naciones fundadoras del euro: Francia y Alemania. 

¿Como imagina usted que Alemania podría aceptarlo? 

- Francia tiene un argumento de peso que no utiliza: ¡sin ella, la moneda única no puede existir! Sólo Austria, los Países Bajos y Luxemburgo podrían formar una unión monetaria con Alemania, recreando así una zona marco cuya cotización no podría dejar de encarecerse fuertemente. El eurofranco flotaría entre el euromarco y el dólar, igual que la libra británica.  Pero Francia mantendría su propuesta de crear con Alemania y otros países voluntarios un euro "moneda común externa": de ese modo se mantendría una identidad monetaria europea viable. Esta mutación podría llevarse a cabo más fácilmente en período de crisis si hubiera sido preparada con antelación mediante conversaciones que abordaran a fondo el asunto. Sin un interlocutor activo, la tendencia de Alemania es imponer su ortodoxia a Europa como emisaria de la política de los Estados Unidos. Corresponde a Francia defender la idea de una "Europa europea" para que la alianza americana no derive en vasallaje. Tal es a largo plazo el interés de Europa, Alemania incluida. La ideología ha gangrenado la herencia del gaullismo: la invocación de los derechos humanos sirve de cobertura a una política de injerencia que va incluso más allá del alineamiento con la política de los Estados Unidos: en el caso de Libia, de Siria, de Gaza, del Irán, cabe preguntarse si Francia, hoy día, no se sitúa con frecuencia "al Oeste del Oeste". 

¿Qué hacer con Putin? La crisis ucraniana ha sido una de las raras ocasiones en que ha habido acuerdo entre socios europeos… 

Sí, pero de la peor manera: ¡colocando a Ucrania ante una elección imposible entre Europa y Rusia! Ese error que no había que cometer lo hemos cometido a remolque de los otros europeos y, sobre todo, de los Estados Unidos, que azuzan a ciertas fuerzas que no tienen por qué serlo. En 1998, el todavía influyente Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de Jimmy Carter, escribía en Le Grand échiquier que "el único medio de impedir que Rusia vuelva a ser un Imperio es sustraer Ucrania a su influencia". He ahí por qué la Unión Europea ha ido a ido a hacerle cosquillas en el bigote al oso ruso. La crisis ucraniana debe, por el contrario, ser la ocasión de hacer retroceder el espíritu de la guerra fría. Pero en lugar de buscar un compromiso sobre la creación de un espacio de libre circulación común a Europa, Rusia y Ucrania haciendo de ésta un puente entre Europa y Rusia, Europa apoyó el movimiento de Maidán y la destitución del Presidente Yanukovich ¡en contra de la Constitución y de los acuerdos que ella misma había apadrinado el 21 de febrero de 2014! Así se ha entrado, en beneficio exclusivo de los Estados Unidos, en una prueba de fuerza con Rusia, contraproducente para ambas partes. 

Política de fuerza que conviene también a Putin…

- ¿Es razonable desconocer el hecho de que el Estado ruso ha sido desde mediados del siglo XVIII, y sigue siendo hoy día, una potencia mundial de primer orden? ¿Es sensato querer deshacer las sinergias existentes en materia económica entre Ucrania y Rusia? Querer exportar a toda costa nuestros «criterios», nuestros «estándares», nuestros «valores», en suma, nuestra ideología de los «derechos humanos», a Ucrania y a Rusia es una forma de nacionalismo condescendiente que no deja de recordar el estado de ánimo que predominaba en los «imperios centrales» antes de 1914. Sería ya hora de darse cuenta de que la URSS ha desaparecido, que la Rusia actual, cualesquiera que sean sus defectos, no es un «Estado granuja», sino una gran nación que lleva legítimamente a cabo un proyecto nacional de modernización y pretende ser respetada internacionalmente. Es un gran error querer construir Europa contra Rusia: sin ésta, le faltaría a Europa algo esencial, y ésta se quedaría en un simple protectorado norteamericano. Nuestro país, así como su historia, son los mejor situados para comprenderlo y decirlo. Pues bien, Francia, que trató por un tiempo de aproximar a Putin y a Porochenko, no deja oír lo bastante alto una voz distinta, pese a que la relación franco-rusa ha sido siempre un elemento esencial del equilibrio europeo. Francia encontraría aliados, Alemania incluida, si se alinease a favor de una «Europa europea», extendida a Rusia. Como es natural, ello exige imaginación y audacia...

NOTAS:

[1] Hubert Védrine, Les mondes de François Mitterrand, Fayard, 1996. [2] Un capítulo de su libro Capital Rules, muy

documentado, ha sido reproducido en la revista Champ libre bajo el título « Le consensus de Paris ». [3] Jean-Pierre

Chevènement, La France est-elle finie ? Fayard, 2011. [4] Leer al respecto: Jean-Pierre Chevènement, Le Bêtisier de Maastricht, Editions Arléa, 1993. [5] Sistema monetario europeo.