Ni magia ni moda: qué necesita la inteligencia artificial para transformar la economía
Para la IA el desafío no es innovar, sino construir las capacidades para escalar y sostener su uso tanto en el sector público como en el productivo.
La discusión sobre la inteligencia artificial suele quedar atrapada entre dos extremos: el entusiasmo desmedido y el escepticismo absoluto.
Archivo.La inteligencia artificial (IA) está en boca de todos. Gobiernos, empresas, universidades. Se multiplican los anuncios, los pilotos, las promesas. Pero hay una pregunta clave que todavía no tiene una respuesta sencilla: ¿puede la IA convertirse realmente en un motor de crecimiento para economías como la argentina?
La respuesta es sí. Pero no de manera automática. La IA es una tecnología de propósito general, como lo fueron en su momento la electricidad o internet. Su impacto no depende tanto de la tecnología en sí, sino de cómo se la incorpora en los procesos productivos y en la gestión pública.
Y ahí es donde aparece el verdadero desafío. A partir del trabajo que venimos realizando desde Cippec con gobiernos provinciales en Argentina, vemos una realidad que se repite: hay ideas, hay experiencias, incluso hay casos concretos de uso. Pero lo que falta no es innovación, sino capacidad de escala.
En muchas provincias ya existen iniciativas de inteligencia artificial aplicadas a la gestión pública: asistentes virtuales, análisis de datos, automatización de procesos. Sin embargo, gran parte de estos desarrollos se encuentran todavía en etapas piloto o exploratorias, con dificultades para expandirse de manera sostenida en toda la administración.
Este es el punto central: la IA puede generar valor, pero solo si se convierte en parte del sistema. Si no, queda como una experiencia aislada, interesante, pero sin impacto real en el crecimiento.
Entonces, ¿qué hace falta para que eso ocurra? Cinco condiciones para que la IA genere crecimiento:
- Capacidad institucional: alguien tiene que ordenar, priorizar y sostener la agenda. En Argentina, esto empieza a aparecer: la gran mayoría de las provincias ya cuenta con áreas específicas de innovación o modernización dentro del Estado. Sin conducción institucional, la innovación se diluye.
- Datos de calidad: sin datos, la IA no funciona. Y acá aparece una de las principales deudas. La gobernanza de datos —cómo se organizan, comparten y utilizan— sigue siendo heterogénea y, en muchos casos, incipiente. Sin esa base, cualquier desarrollo tiene un techo muy bajo.
- Talento: no alcanza con formar perfiles técnicos, hay que retenerlos. El sector público enfrenta dificultades estructurales para competir con el sector privado, lo que limita la posibilidad de sostener procesos de transformación digital en el tiempo.
- Casos de uso que escalen: los casos existen y crecen. Pero muchos quedan en piloto. El desafío no es demostrar que la IA funciona, sino lograr que esas soluciones se integren de forma transversal en la gestión.
- Ecosistema: la IA no se desarrolla en soledad. Requiere articulación entre el Estado, universidades y empresas. En Argentina, este entramado existe, pero necesita consolidarse para sostener y escalar las iniciativas.
La IA puede generar valor
Lo interesante es que, en la mayoría de los casos, estas condiciones no están ausentes, están fragmentadas. Y ahí está el verdadero desafío: integrar. No se trata de empezar de cero. Se trata de conectar lo que ya existe, darle dirección y sostenerlo en el tiempo, porque la transformación que propone la inteligencia artificial no es solo tecnológica, es organizacional.
Implica cambiar cómo trabaja el Estado, cómo toma decisiones, cómo se relaciona con la ciudadanía. Para las provincias argentinas, esto abre una oportunidad concreta. No solo para mejorar la gestión pública, sino también para potenciar sus matrices productivas.
Sectores como el agro, la energía o el turismo pueden beneficiarse enormemente de la incorporación de inteligencia artificial. Pero, nuevamente, el impacto no va a depender de adoptar tecnología, sino de integrarla estratégicamente.
No es magia
La discusión sobre la inteligencia artificial suele quedar atrapada entre dos extremos: el entusiasmo desmedido y el escepticismo absoluto. Ninguno de los dos ayuda demasiado. La IA no es magia. No resuelve problemas por sí sola ni transforma economías de un día para el otro.
Pero tampoco es una moda pasajera. No es algo que pueda ignorarse esperando a que pase. Es una herramienta poderosa. Y como toda herramienta, su impacto depende de quién la use, cómo y para qué.
El crecimiento no va a venir simplemente de “tener IA”. Va a venir de tener Estados y empresas capaces de incorporarla en sus procesos de manera sostenida. Ahí es donde se juega la diferencia entre que la inteligencia artificial quede como una promesa más o se convierta en una verdadera palanca de desarrollo.
* David Groisman, director de Estado y Gobierno de Cippec



