La nueva era en la medicina de Mendoza: la IA, crisis de formación e inversiones
Andrés Donadi, referente del ámbito de la salud en la provincia, habló con MDZ Online sobre los principales desafíos para el negocio médico.
Andrés Donadi ha sido por 22 años el director de la Clínica de Cuyo y es uno de los referentes de la medicina en Mendoza.
Rodrigo D'Angelo / MDZEn tiempos donde la tecnología y la inteligencia artificial suben por ascensor y su adopción a los diferentes campos lo hace por escalera, la medicina es uno de los ámbitos donde se presentan los mayores desafíos. Considerada un derecho para todos, la salud se presenta como un interesante campo de inversiones donde quienes están apostando por esta transformación pueden lograr marcadas diferencias.
Con casi tres décadas de experiencia en la medicina y 22 años en la dirección médica de la Clínica de Cuyo -puesto que dejará el próximo 31 de enero en manos de Jorge Llensa-, Andrés Donadi es una de las palabras más que autorizadas para hablar sobre la salud en Mendoza.
-
Te puede interesar
Monotributo: se acerca el vencimiento de marzo, qué hace ARCA si no pagás
En una entrevista con MDZ Online, el cardiólogo y experto en diagnóstico por imágenes habló del momento de transformación que vive el sector, marcado por la incorporación de tecnología de alta complejidad, el avance de la inteligencia artificial, la articulación entre el sistema público y privado y las dificultades para formar y retener recurso humano calificado.
También habló del desafío económico en un negocio de lento retorno, sobre todo en la adopción tecnológica, y de la gestión de casos mediáticos en una institución médica, como la tan recordada internación de Charly García o el más reciente del deportista Juan Cruz Yacopini.
Mirá la entrevista completa
-¿Cómo llegaste a la medicina y a la Clínica de Cuyo?
-Estudié medicina, aunque no vengo de una familia con raíces médicas. Mi familia es de perfil comercial y yo tomé otro camino, me incliné por la medicina. Ya hace entre 25 y 27 años que soy médico. Me recibí en la UNC y, después de eso, me formé en Canadá, específicamente en el área de imágenes. Previamente hice la residencia en cardiología en el Hospital Español y luego completé esa especialización con la formación en imágenes en Canadá.
Cuando volví de Canadá, debía tener alrededor de 27 años, y comencé a trabajar en la Clínica de Cuyo, que en ese momento estaba dando sus primeros pasos. Era una clínica muy pequeña, con pocos profesionales. Junto a un grupo de cardiólogos jóvenes, nos hicimos cargo de la unidad coronaria. Éramos todos muy chicos, pero con muchas ganas y un fuerte compromiso con el proyecto.
Al año siguiente, cuando ya tenía 28 años, el dueño de la clínica en ese momento, don Federico López -quien junto a su familia era propietario del Banco Regional-, me ofreció asumir la dirección de la institución. Yo no tenía experiencia en gestión ni en conducción de organizaciones. Recuerdo que le dije: “Don Federico, ¿está seguro de lo que me está ofreciendo?”. Y él me respondió que sí, que me veía condiciones, que de alguna manera creía que tenía madera para ese rol.
A partir de esa decisión comenzó un proceso que hoy, 22 años después, llega a su cierre. Actualmente estoy finalizando este ciclo de 22 años de gestión al frente de la dirección de la clínica, una etapa que concluirá el próximo 31 de enero.
-¿Cómo fue la evolución de la clínica en estos 22 años?
-Fue un recorrido muy lindo. La verdad es que la primera etapa estuvo llena de desafíos, porque se trataba de una clínica con muchas oportunidades, pero que a la vez provenía de un producto muy venido a menos, que era el Policlínico de Cuyo. El Policlínico había nacido en 1947, pero en los últimos 10 o 15 años de su historia había sufrido una fuerte caída en términos de calidad. Ya no estaba asociado a la excelencia con la que había nacido y, de alguna manera, había que refundar ese nombre. Había que volver a poner en valor, en la cabeza del mendocino, la Clínica de Cuyo -que muchos todavía hoy siguen llamando Policlínico de Cuyo-.
Ese fue un gran desafío, tanto para la familia López, que fue la que realizó la inversión, como desde el punto de vista médico, para quienes apostamos a incorporarnos a una institución que prácticamente no tenía profesionales. Muchos de nosotros éramos médicos de mi generación, un poco outsiders del sistema, que no pertenecíamos ni al Hospital Español ni al Italiano, y que decidimos apostar por este proyecto.
El crecimiento de la clínica comenzó, en una primera etapa, con una fuerte inversión en recurso humano. Incorporamos médicos jóvenes, muy bien formados, muchos de ellos con experiencia en el exterior, que regresaban a la provincia y no encontraban un ámbito donde desarrollarse profesionalmente. La clínica fue el lugar ideal para eso: una institución joven que necesitaba crecer y consolidarse. A partir de allí empezamos a armar equipos de trabajo, a desarrollar servicios y a estructurar la organización. Esa fue, creo, la primera gran etapa de la clínica: la inversión en capital humano.
En esos primeros años trabajamos junto a Marta López y su esposo, hijos de don Federico. Luego, hace aproximadamente 11 años, se incorporó a la presidencia de la empresa Federico López, junto a su esposa, Gabriela Perelló. Con ellos llegó una impronta fuertemente tecnológica, con una clara apuesta a la innovación, a la modernización arquitectónica y a un cambio de visión estratégica.
A la sólida base médica que ya teníamos se le sumó una fuerte inversión en tecnología. Se refuncionalizó completamente el edificio de Vicente Zapata, se construyó el de Primitivo de la Reta, se desarrollaron centros periféricos y se incorporó tecnología de altísima complejidad. Hoy, por ejemplo, contamos con equipamiento en neurología y neurocirugía que es de los más avanzados del país, como neuronavegadores y tomógrafos 3D, tanto para diagnóstico como para tratamiento.
Esa fusión entre recurso humano y recurso tecnológico nos permitió consolidarnos como una institución de referencia. Pero, sobre todo, porque hubo una decisión clara de invertir en salud, algo poco habitual. La medicina se basa en la credibilidad: si la gente confía, elige. Con el tiempo pasamos de ser un producto poco creíble, marcado por la historia del Policlínico, a convertirnos en una institución confiable y hoy, sin soberbia, puedo decir que somos una de las más elegidas de Mendoza.
-Uno de los grandes desafíos hoy en día es la integración de la tecnología, ¿cómo lo ves hoy en Mendoza en la medicina?
-Puedo hablar desde mi experiencia en la clínica, que es el lugar donde me desarrollo. La institución ha realizado una inversión muy importante y una apuesta fuerte que, desde el punto de vista del negocio, es de muy difícil recuperación en muchos casos.
Esto ocurre porque la tecnología que hoy incorporamos es la misma que se compra en Chile, en Estados Unidos o en Europa, y al mismo precio. La diferencia es que los servicios no se venden al mismo valor. Una tomografía o una resonancia en Mendoza puede costar entre 200 y 300 dólares, cuando en esos países esos estudios rondan los 2.000 dólares.
En ese contexto, la tasa de recuperación o de amortización de los equipos se vuelve extremadamente compleja. Muchas veces, cuando llega el momento de recambiar un equipo, todavía no se ha terminado de pagar ni de amortizar el anterior.
Por eso es tan importante contar detrás con una familia como la familia López, que tomó la decisión de invertir en salud aun sabiendo que en algunos segmentos eso implica resignar rentabilidad. Se trata de una apuesta estratégica y de largo plazo, basada en la convicción de que Mendoza merece medicina de calidad.
La provincia necesitaba una alternativa. No podía ser que, ante situaciones de mayor complejidad, la única opción fuera trasladar pacientes a Buenos Aires o a Córdoba. Mendoza necesitaba contar con tecnología de alta complejidad, con equipos médicos multidisciplinarios, con una medicina moderna y de calidad.
Y no solo calidad desde el punto de vista asistencial o tecnológico, sino también desde lo humano. Que el paciente sienta que al entrar a la clínica lo reciben bien, que le abren las puertas, que el personal de enfermería lo trata con respeto y cercanía. Ese plus adicional en la calidad humana es también una de las características que nos ha diferenciado.
-Muchas veces ante tratamientos de alta complejidad un paciente tiene que trasladarse a Buenos Aires o al exterior. ¿Cómo está posicionada Mendoza en la atención médica y la variedad de los servicios respecto a otras plazas del país?
-Hoy, tanto el sistema de salud pública como el sistema de salud privada están brindando en Mendoza un servicio de salud de excelencia. Prácticamente cualquier patología que se desarrolle en la provincia puede tratarse aquí, sin necesidad de recurrir a otras plazas para recibir atención. Es más, en muchos casos Mendoza se ha convertido en un referente a nivel regional.
No hablo solo de la clínica. Un ejemplo claro es FUESMEN, la Fundación Escuela de Medicina Nuclear, que hoy es un referente regional indiscutido en todo lo vinculado a la medicina nuclear y a la oncología, tanto en el diagnóstico como en el tratamiento. Cuenta con tecnología en imágenes que no está disponible en gran parte del interior del país, como PET con producción propia de radiofármacos y trazadores.
Esto demuestra que en Mendoza existe una fuerte inversión en medicina, tanto desde el sector público como desde el sector privado y el sector mixto. En el sector privado, por ejemplo, la Clínica ha realizado una inversión monstruosa en tecnología. Ahora hemos incorporado un resonador de tres teslas con inteligencia artificial, y digo “incorporamos” porque continúo en la dirección hasta el 31 de enero. La inteligencia artificial ya es una realidad concreta en las aplicaciones médicas actuales. También contamos con tomógrafos de última generación y endoscopios con tecnología avanzada incorporada.
Tecnologías que antes tardaban muchos años en llegar al interior del país hoy están disponibles en Mendoza. Los tratamientos y procedimientos que se realizan en la provincia son los mismos que se hacen en Buenos Aires y, en muchos casos, equivalentes a los que se realizan en centros de Estados Unidos.
Hubo un tiempo en el que, frente a determinadas patologías, se sugería viajar a Buenos Aires o incluso al exterior. Hoy puedo decir que quien decide hacerlo es por elección personal, no porque en Mendoza no exista la capacidad de resolver esos casos con la misma calidad y nivel de complejidad.
-Me quedo con la inteligencia artificial, ¿cómo está avanzando en la medicina?
-Está avanzando a pasos agigantados. Es realmente impresionante cómo se va incorporando la inteligencia artificial en la medicina. Empezó de manera incipiente en el área de imágenes y diagnóstico y rápidamente demostró ser una herramienta de enorme valor. No reemplaza al médico, pero sí lo asiste de forma muy significativa, especialmente en la pesquisa y en la detección temprana de hallazgos que, de otro modo, podrían pasar inadvertidos.
Hoy también se está utilizando en el campo de la robótica quirúrgica. En esos sistemas, los movimientos que debe realizar el cirujano están previamente estandarizados. Si el profesional intenta realizar una acción que no corresponde al procedimiento previsto, el sistema puede interrumpir la maniobra y solicitar una confirmación. Esa verificación adicional permite evitar errores humanos que antes eran posibles y que ahora resultan ampliamente prevenibles gracias a la inteligencia artificial.
En ese sentido, la inteligencia artificial no solo va a contribuir a una medicina más eficiente, sino también a una medicina más segura. Hacia ahí es donde estamos yendo: a un sistema de salud en el que la tecnología acompañe al profesional para reducir riesgos y mejorar la calidad de la atención.
-¿Cómo funcionan estos equipamientos que tienen en la Clínica de Cuyo?
-La estamos utilizando en equipamiento diagnóstico, particularmente en resonancia magnética y tomografía. En el caso de la resonancia, la inteligencia artificial realiza una especie de preinforme sobre lo que se está observando. Eso no reemplaza al médico, pero le permite focalizar la atención, revisar con mayor precisión determinados hallazgos y, sobre todo, agilizar los procesos de diagnóstico.
En endoscopía, tanto digestiva alta como baja, ocurre algo similar. El sistema va marcando las zonas donde detecta posibles lesiones, como pólipos, y le indica al profesional dónde poner especial atención. El médico sigue evaluando todo el estudio, pero la herramienta va señalando lo que identifica, lo que facilita y ordena el procedimiento.
Más allá de la eficiencia, para mí el mayor aporte que la inteligencia artificial ya le está haciendo -y le va a hacer aún más- a la medicina es en materia de seguridad. Ese va a ser el verdadero diferencial: una práctica médica cada vez más segura para el paciente.
-¿Cómo ves la competencia de la salud privada y la salud pública en Mendoza?
-Creo que la gestión del ministro Montero ha sido realmente impecable. En los años que llevo como director de la clínica, ha sido el ministro de Salud que más veces convocó al sector privado para trabajar en conjunto y definir políticas sanitarias. Hubo múltiples reuniones en las que se buscó entender qué estaba ocurriendo en cada ámbito y cómo articular estrategias comunes.
En otros momentos, muchas veces uno conocía al Ministro solo por lo que aparecía en los diarios, en las redes o en alguna foto, pero no existía un vínculo directo ni instancias reales de diálogo. La salud pública y la salud privada estaban muy separadas, casi disociadas. Creo que uno de los grandes cambios que impulsó el ministro Montero fue justamente integrar al sector privado al sistema, promoviendo políticas complementarias y evitando competencias innecesarias.
Un ejemplo claro es el desarrollo de la medicina nuclear. Hoy la FUESMEN no solo cuenta con su centro en calle Garibaldi, sino también con centros de diagnóstico en Maipú, en el Valle de Uco y en otros puntos de la provincia. Contar con esa información permite planificar de manera inteligente: saber dónde tiene sentido invertir y dónde no, y conocer cuáles son las estrategias del gobierno a dos o tres años para evaluar si son compatibles con las decisiones que uno proyecta desde el sector privado.
Ese nivel de coordinación evita superposiciones y permite construir una medicina más estratégica y eficiente. Por eso creo que hoy no existe una competencia real entre el sistema público y el privado, sino complementariedad.
La salud pública en Mendoza está atravesando un proceso de desarrollo que, sinceramente, es de excelencia. No tiene nada que envidiarle al sector privado y hoy atenderse en el sistema público de salud de la provincia es, verdaderamente, un privilegio. Al mismo tiempo, el sistema privado también muestra un alto nivel de calidad, tanto en centros ambulatorios como en instituciones de internación. Mendoza cuenta hoy con una salud pública y privada muy sólida, bien articulada y con estándares realmente muy altos.
-Ahí entra en juego otro factor fundamental, el talento de los médicos. ¿Cómo ves la formación en la provincia y la retención de los talentos?
-Es un tema muy complejo. Hoy, en Mendoza, las universidades que forman médicos -tanto la universidad pública como las privadas- ofrecen una buena base académica. Está la Universidad Nacional de Cuyo y las universidades privadas, como la Universidad de Mendoza y la Universidad del Aconcagua, que cuentan con buenos niveles de formación y, en muchos casos, comparten planteles docentes. Los estudiantes egresan con una preparación sólida.
El principal desafío aparece en la formación de segundo grado: la residencia y la especialización. Ahí es donde se define gran parte de la calidad profesional. En ese sentido, creo que la gestión del ministro Montero también ha tenido un rol importante, incentivando la creación de nuevas residencias y fortaleciendo los espacios de formación, lo que permite captar y desarrollar nuevos talentos.
Hoy ya contamos -y vamos a seguir contando- con mucha tecnología. El verdadero desafío pasa por tener las “cabezas” adecuadas para hacer un buen uso de ese equipamiento y de esas herramientas. A nivel mundial existe una crisis de formación y una escasez de médicos bien formados, y Argentina no es ajena a esa realidad.
En ese contexto, se genera una competencia, en el buen sentido de la palabra, entre el sector público y el sector privado por el recurso humano. Muchas veces el principal incentivo es el económico, y los profesionales se mueven en función de esas condiciones, o combinan su desarrollo en ambos ámbitos. Creo que el desafío más grande que vamos a enfrentar no será tecnológico, sino humano: cómo conseguimos y formamos el recurso necesario para acompañar el recambio generacional de médicos que ya se está dando y que va a profundizarse en los próximos años.
-A lo largo de más de 20 años al frente de la Clínica te ha tocado gestionar casos médicos muy mediáticos. ¿Cómo se gestionan esas situaciones?
-Siempre hemos priorizado la decisión de la familia. Lo primero que hacemos es hablar con ellos y preguntarles cómo quieren manejar el tema de los medios y de la exposición pública. En muchos casos la familia prefiere ser la vocera y manejar directamente la relación con la prensa; en otros, nos dicen que lo manejemos nosotros.
Creo que ese ha sido siempre un valor central de la clínica. Como decía antes, la clínica es una institución creíble y discreta. Y la discreción es un objetivo fundamental en la medicina. Si una familia dice que no quiere exposición, eso se respeta. Hay muchos casos que han trascendido públicamente y otros tantos que nunca se conocieron, aun tratándose de personalidades muy importantes de Mendoza y del país.
Eso ha sido posible, en primer lugar, porque el manejo de la información queda en manos de un grupo reducido de personas. El personal está absolutamente comprometido con la visión y la misión de la institución, y parte de esa misión es la discreción. Sabemos que muchas veces recibimos personas que necesitan anonimato total, y eso se respeta.
Gracias a ese trabajo, nunca se han filtrado fotos ni información sensible. Hemos tenido pacientes internados de alta exposición pública y no se ha generado ninguna situación que haya provocado inconvenientes para ellos o para sus familias. Y eso no es solo una cuestión organizativa, sino principalmente una cuestión de respeto. Para mí, la medicina debe basarse en el respeto.
Hubo casos muy resonantes, como el de Charly García, cuando estuvo internado. Ese fue, sin duda, el más emblemático y también el más caótico. La situación fue realmente muy particular y generó una enorme presión externa. Pero más allá de ese episodio, en otros casos igualmente relevantes logramos que todo transcurriera con total normalidad y sin exposición.
Creo que eso se logra gracias a la construcción del equipo humano que trabaja en la clínica, que entiende claramente qué es lo que queremos como autoridades, qué buscan los dueños de la institución y cómo debe hacerse el trabajo. Ese compromiso permitió sostener, a lo largo del tiempo, una línea clara de respeto, discreción y profesionalismo.





